Capítulo dos #3
A su lado, la princesa regente se estremece levemente cuando avanzo hacia ella, pero no dejo de ser yo misma.
Miro a Constance por el rabillo del ojo y veo que me sonríe.
Justo detrás de mi mejor amiga veo a Jules Nightly, observándome con esa mirada inquisitiva suya, como si estuviera analizando cada centímetro de mí en busca de flaquezas.
Le devuelvo la misma expresión que le ofrecí a su madre, y él esboza una pequeña sonrisa con la que sin duda pretende desarmarme. No lo permito.
Cuando me detengo frente a la princesa y su consejo, hago una reverencia profunda. Luego me quito la capucha de la capa, dejando que mi cabello blanco caiga sobre mis hombros y por la espalda. Bajar la capucha simboliza la lealtad de una bruja hacia la Corona.
La princesa saca una espada, Excalibur, de un sencillo cofre de madera tallada; la hoja, fina y más parecida a una aguja que a un arma, tiene la empuñadura ornamentada y engastada con un gran diamante transparente. Apunta la espada hacia mí, y yo avanzo un paso hasta alinear la hoja con mi corazón.
—¿Juras, Aurelia Hathor Wycherley, por tu propia sangre, que nunca usarás la magia que corre por tus venas para dañar a la Corona y a su pueblo?
—Lo juro —respondo.
Extiendo un dedo y lo apoyo en la afilada punta de la hoja.
Un pinchazo, y la sangre espesa y roja cubre el metal por un instante antes de deslizarse por un fino canal, como si algo la absorbiera hacia la empuñadura.
La sangre brilla un momento antes de desaparecer.
Entonces noto que el diamante ha cambiado: ahora es un rubí, y en su interior el rojo gira y se arremolina antes de aclararse de nuevo.
La princesa entrega la espada a mi madre, que la devuelve ceremoniosamente al cofre. Cuando se vuelve hacia mí, me dedica una leve inclinación de cabeza y una sonrisa. Frances, que está al otro lado de la princesa, le pasa una varita de madera con una punta de cristal.
—De rodillas, Wycherley —ordena la princesa regente.
Dudo un instante. Mi madre siempre ha dicho que no llevo bien la autoridad, y la orden me provoca un impulso de rebeldía.
Aun así, me arrodillo frente a la princesa sin apartar la vista de ella.
Ahora que la tengo cerca, me doy cuenta de que no es mucho mayor que Vaughn, pero hay algo en su actitud —aburrida y altiva— que me hace creer los rumores de que, como su madre, no siente aprecio por los seres mágicos.
La princesa regente me tiende la varita y, con el mismo dedo herido por la espada, toco la punta de cristal.
De nuevo mi sangre se desliza en su interior, creando un hilo brillante que refleja todos los colores del arcoíris y luego se oscurece al entrar en contacto con el potencial de mi magia: el gris turbulento de mi maldición.
La princesa parece sorprendida y lanza una mirada fugaz a mi madre, que, por un instante, parece preocupada antes de recomponerse.
—Es un efecto secundario de una maldición familiar, nada que pueda dañar a la Corona —le susurra a la princesa regente, que observa la varita con desagrado y luego me mira a mí, y me pregunto si mi madre realmente sabe la verdad o si sólo está improvisando.
Extiendo la mano y la princesa parece aliviada al soltar la varita en mi palma abierta.
Al cerrar los dedos en torno a ella, siento la madera calentarse mientras se retuerce y alarga bajo mi tacto.
La varita se moldea a mi contacto y se desliza alrededor de mi muñeca como un brazalete retorcido, donde permanecerá hasta que la necesite.
En la madera aparecen grabados resplandecientes: decoraciones coloridas y runas, mientras la punta de cristal brilla.
Una oleada de emoción y seguridad me recorre al darme cuenta de que la varita siempre estará ahí, lista para responder a mi llamada en cualquier momento, ayudándome a concentrarme y dominar mi magia de una manera que hasta ahora me había sido esquiva.
Incluso cuando mi magia desaparezca, seguirá existiendo; será inerte, nada más que una joya, pero seguirá ahí.
La princesa regente me hace una leve inclinación de cabeza, señal de que debo levantarme y seguir al asistente que me guía hasta donde están las demás debutantes.
Constance me hace un hueco y me coloco a su lado.
Las brujas a su alrededor se apartan de mí como si tuviera mi propio círculo de protección, un anillo de sal que no pueden cruzar.
Normalmente, eso me retraería, pero estoy cansada de esconderme y de avergonzarme.
Ésta es la bruja que soy, me guste o no, a mí o a cualquiera.
La princesa regente desciende del estrado y avanza hacia el centro del salón. Igual que antes todas las miradas se posaban sobre mí, ahora se clavan en ella.
—Brujas del reino, nos reunimos esta noche de Mabon no sólo para celebrar el final de la cosecha y el equilibrio entre luz y oscuridad, sino también para dar la bienvenida a las nuevas brujas y brujos de nuestro mundo.
Hace ya más de ciento cincuenta años del amanecer de esta Tercera Era de la Magia, desde que los artífices de la magia maligna se alzaron contra estas islas, antaño benditas, y sumieron a nuestro pueblo en una guerra mágica de una magnitud jamás vista antes, y que confío en que jamás volvamos a ver.
»Durante aquel tiempo, mi tatarabuelo llamó desde su palacio a las brujas y brujos de estas tierras y les pidió que se unieran a él en el campo de batalla.
Muchos lleváis hoy los nombres y la magia de quienes se alzaron contra las tinieblas de la magia maligna, pero también hubo muchas bajas en la guerra, de seres tanto mágicos como no mágicos.
A todos les debemos el equilibrio que devolvieron al mundo.
»Hoy volvemos a medir ese equilibrio, pues Mabon nos ofrece partes iguales de luz y oscuridad, y con ello nos recuerda que todos debemos trabajar unidos para preservar la estabilidad.
»En este día os damos las gracias, debutantes de la magia, y a vuestras hermanas y hermanos del círculo, porque sois los que traéis ese equilibrio.
Con vuestra luz, con vuestra magia. Desde aquellos días de guerra, los círculos de esta tierra han mantenido a raya la malevolencia, y un día os corresponderá a vosotras ocupar vuestro lugar entre los demás seres mágicos y continuar esa tarea.
»Cuando llegue ese momento, no estaréis solas. Desde el instante de vuestro vínculo hasta que el hilo se rompa, compartiréis vuestra magia con otra persona. Hoy comienza la búsqueda de vuestra alma afín. Os deseo el más venturoso de los vínculos, por el reino y la magia.
—Por el reino y la magia —responde la multitud.