Capítulo dos
Dos
E l sol casi se ha puesto cuando, por fin, nos detenemos ante las escalinatas del palacio de Carlton.
Noto un aleteo de mariposas en el estómago.
Si no fuera por mis circunstancias, ya habrían tomado el control, batiendo en mi pecho y dejándome sin aliento ante la emoción de presentarme en sociedad y tal vez encontrar mi vínculo.
En lugar de eso, bajo del carruaje con aire desafiante.
A pesar de la maldición, mi magia sigue siendo mía. Si forjar un vínculo con otro ser mágico no es una opción, encontraré otro modo de conservarla... No me queda otra.
No siempre fue así para nosotras. Hubo un tiempo en que la magia era libre, estable, a veces salvaje.
En la Primera y la Segunda Era de la Magia, nadie tenía que forjar un vínculo con otro ser mágico: al recibirla en la primera luna llena tras cumplir los diecisiete, la magia te acompañaba toda la vida.
Todo cambió con la Gran Guerra de la Brujería.
Pero tiene que haber una forma de conservar mi magia, como sucedía entonces.
Los escalones del palacio están adornados con frutas y flores de la cosecha: el aroma del grano de cebada maduro y dulce y del maíz se mezcla con el de las rosas de finales de verano.
Me invade una sensación de ligereza cuando Vaughn me ofrece el brazo.
Lo tomo mientras otro carruaje se detiene tras nosotros y Constance Prior desciende sola; es la única de su familia que se presenta como debutante esta temporada.
La última de sus hermanas mayores, Faith, encontró pareja el año pasado.
—Aurelia, ¿qué ha pasado antes? —inquiere con los ojos muy abiertos.
Extiendo mi mano libre hacia mi mejor amiga, y ella la toma al bajar del carruaje.
—Manifestantes. El Nuevo Amanecer —responde Vaughn, y le tiende el otro brazo.
Constance me suelta y enlaza su brazo con el de Vaughn, que sube hacia las escaleras del palacio con una bruja a cada lado.
—Ya se han ido —continúa Vaughn—. Los mantuvimos a raya hasta que llegó el Círculo de la Justicia.
Miro a Constance al otro lado de Vaughn; parece impresionada de que mi hermano haya ayudado a contener el ataque.
Luce un vestido blanco precioso. El mío es sencillo; el suyo, en cambio, está hecho con una seda estampada que realza con elegancia su piel oscura.
Lleva el pelo recogido, adorna- do con pequeñas flores de gipsófila blanca.
La capa, a juego con el vestido, tiene un ribete de piel suave y en el cuello brillan unos diamantes.
—Estás preciosa —le digo, y noto que Vaughn también lo cree, porque la observa como si nunca la hubiera visto antes, como si no fuera la misma bruja que lo empujó al Támesis hace dos veranos o que solía perseguirlo con ranas cuando jugaban de niños en los jardines de la plaza Hemlock.
Constance se sonroja (no sé si por mis palabras o por la mirada de Vaughn), pero sé bien lo que piensa del vestido.
Como la menor de las siete hermanas Prior-Okore, todo lo que tiene ha pasado antes por otras manos.
De hecho, este vestido lo han llevado todas sus hermanas: Amity, Verity, Felicity, Honour, Joy y Faith.
Cada una lo usó en su presentación, una tradición familiar de los Prior, pero estoy segura de que, de todas, a quien mejor le queda es a Constance.
—Vamos, brujas, es vuestra noche para brillar —sonríe Vaughn, aunque hay un deje de tristeza en su mirada.
A pesar de todo lo que siento, sé que este momento no volverá, así que me obligo a saborearlo.
En lo alto de la escalinata, las enormes puertas dobles se abren de par en par y entramos en un gran vestíbulo, decorado con todos los colores y ornamentos de la temporada.
El sol poniente se cuela por las puertas y los ventanales, bañando la sala con una calidez suave que alcanza la gran escalera doble del fondo.
Las barandillas curvas están adornadas con flores silvestres de finales de verano y manojos de maíz dorado.
Por toda la sala hay calderos rebosantes de arreglos florales, frutas de temporada y semillas, y velas encendidas que flotan en el aire. Lo retengo todo en mi interior.
La escalera de la izquierda está llena de brujas y brujos vestidos de gris, formando un mosaico de tonos claros y oscuros. En la de la derecha, cada peldaño lo ocupa una figura de blanco.
—Nos vemos después de la presentación —susurra Vaughn, apretándome el brazo. Se despide rápidamente de Constance y me suelta.
No sé si estoy lista. Lo veo subir por la escalera de la izquierda y siento un leve escozor en los ojos al pensar que pronto encontrará pareja, que formará su vínculo y vivirá una vida mágica con su bruja o brujo, una vida que yo nunca conoceré.
Me siento tan sola. Por más decidida que esté a encontrar otra forma de conservar mi magia, la posibilidad real de no lograrlo me parte el corazón.
Vaughn gira la cabeza y me lanza una mirada curiosa.
Me señala la otra escalera, donde Constance ya va por la mitad.
Le devuelvo una leve sonrisa, respiro hondo y me recompongo.
Enseguida me siento algo más segura. Entonces me giro…
y choco de frente con Nightly. Me disculpo sin saber aún que es él.
—Veo que has llegado sana y salva —dice, lanzando una mirada de reproche a Vaughn, que duda en la escalera, claramente tentado de volver a rescatarme. Nightly sacude la cabeza—. Ahora está preocupado por ti —añade, mientras su cabello de tonos otoñales se agita como hojas al viento.
—¿Se te ha perdido algo, Nightly? —pregunto con filo suficiente como para cortar una capa de terciopelo, apoyando las manos en las caderas.
No sé si Nightly está entretenido, impresionado o simplemente le da igual.
—Te aseguro, Wycherley, que no se me ha perdido nada.
Se aleja en la misma dirección que Vaughn, por la escalera de la izquierda, la de las figuras vestidas de gris. No le quito ojo de encima. Se sube la capucha de la capa gris oscuro mientras sube los escalones de dos en dos, adelantando a los que van delante.
Subo por la escalera de la derecha, me pongo la capucha al igual que los demás y no le quito la vista de encima.
Si supiera un hechizo para hacerlo tropezar, lo usaría.
Si conociera uno para atarle las piernas, lo lanzaría sin pensarlo.
Si tuviera un conjuro para hacerle sangrar la nariz, lo ejecutaría ahora mismo.
Al llegar arriba, se detiene un segundo, como si notara lo mucho que lo detesto.
Por un momento creo que va a girarse… pero no. Desaparece.
Me gustaría creer que, como toda bruja o brujo que se precie, estoy aprendiendo a controlar mis emociones, a dominarlas y ponerlas a mi servicio.
Pero lo cierto es que hay algo en Jules Nightly que me hace desear tener una varita.
Nos conocemos desde hace apenas unas horas, aunque, claro, yo ya sabía quién era.
No hace falta ser una Wycherley para conocer a los Nightly.
—¿Estás bien, Aurelia? —pregunta Constance, tomándome del brazo y guiándome hacia el gran salón de recepción, abarrotado de debutantes—.
No voy a mentirte, estoy un poco nerviosa con la presentación, pero no se lo digas a nadie.
Para todo el mundo, en especial para mis hermanas, soy imperturbable y estoy en mi elemento —añade con una sonrisa.
Constance avanza rápido, y me arrastra con ella hasta una mesa a la que hay sentados un brujo y una bruja vestidos de púrpura.
Es el color que visten los sabios: el Círculo de la Sabiduría.
Se encargan de registrar el nombre de cada debutante que preste el Juramento de Obediencia.
Me pregunto cuántas somos este año; cada vez hay menos seres mágicos en el mundo.
Desde el final de la Primera Era de la Magia, la cantidad de brujas y brujos y de magia ha ido disminuyendo.
Antes de morir, mi padre intentaba averiguar el porqué; él lo llamaba «el gran problema».
—Nombres —ordena una de las figuras que visten de púrpura sin alzar la vista.
—Constance Prior.
—Aurelia Wycherley.
El brujo y la bruja alzan la vista al oír mi apellido. Estoy acostumbrada: con una familia tan conocida y una madre en el Real Consejo Mágico, es normal que llame la atención. Pero a lo que aún no me acostumbro es a cómo me miran ahora.
La bruja más cercana a mí es la primera en recuperar la compostura. Es mayor que mi madre, y en su rostro redondeado se dibuja una expresión de lástima, otro gesto que aún no logro asimilar.
—Os llamarán en orden alfabético. Tendrás que esperar un poco, Prior. Y tú, Wycherley, aún más.
Constance y yo nos retiramos hacia una zona más tranquila de la sala, y las brujas se apartan a nuestro paso.
Alzo la cabeza con orgullo. No voy a darles el gusto de que vean cuánto duele.
Porque duele. Mucho. Sobre todo cuando veo a Sebastian Crenshaw desviar la mirada de golpe y fingir un repentino interés por el puño de su chaqueta.
—Te juro, Aurelia, que en cuanto aprenda hechizos fuertes de verdad, voy a buscar a Sebastian Crenshaw y le voy a lanzar tal conjuro que no sabrá qué hacer consigo mismo.
—No pasa nada —le aseguro a Constance, aunque, en realidad, sí pasa. El pinchazo en el pecho y el nudo en el estómago no dejan lugar a dudas.