Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Las brujas y brujos levantan un muro de viento protector siguiendo el ejemplo del brujo de cabello castaño rojizo.

Él examina la fila de seres mágicos, observando a cada uno mientras avanza entre nosotros y los manifestantes, como un general del Círculo de la Concordia, hasta que llega a mi altura.

Sus ojos se detienen en los míos, pero no con el temor de siempre.

Me mira como si viera algo distinto, algo tal vez curioso; y un leve estremecimiento me recuerda cuánto he echado de menos que alguien me mire con algo que no sea miedo o tristeza.

Entonces, el brujo se dirige hacia mí, sus ojos azules oscuros e impertérritos siguen clavados en los míos. Se detiene cuando llega hasta Vaughn.

—Wycherley, ¿para qué la has traído contigo?

Mi hermano nunca ha sido propenso a la ira, pero sus ojos echan chispas.

—No es asunto tuyo, pero es ella la que me ha seguido —responde Vaughn.

—¿Y eso te ha parecido prudente?

—Desconocía la magnitud del peligro —Vaughn entrecierra los ojos.

—Bueno, ahora lo conoces. Deberías volver a tu carruaje. Igual te sigue como una ovejita blanca.

—No me voy a ningún lado. Puede que no tenga una varita, pero tengo mi magia —le respondo de forma directa, me siento segura de lo que sé, aunque sólo he recibido unas pocas lecciones en la Academia Mágica.

El brujo aprieta los dientes, irritado. No debe de estar acostumbrado a que le lleven la contraria, y noto que está a punto de soltar algo desagradable cuando otro proyectil, esta vez más grande, sale disparado hacia nosotros.

Vaughn y Martyn ejecutan la misma magia que el brujo de cabello rojizo; actúan como si fueran un espejo el uno del otro, mantienen las manos unidas y mueven las varitas al unísono.

Me sobresalto cuando el enorme objeto se detiene en el aire.

El brujo alto toma las manos del ser mágico que tiene a su lado y también conjuran un hechizo; su magia secundaria empuja el proyectil hacia atrás, ayudando a Vaughn y Martyn.

Pero entonces aparece otro proyectil.

La magia que me rodea agita la mía, como si respondiera a una llamada. Sin varita, no logró dominar mis poderes. Noto cómo mis pies se separan del suelo, igual que sucedió en aquella luna llena, cuando recibí mi magia.

Me detengo en seco al notar una mano firme que me agarra del tobillo y me arrastra al suelo de un tirón. El brujo de cabello rojizo me sujeta por los hombros y, sin miramientos, me empuja hacia un carruaje cercano.

Abre la puerta de golpe y me mete dentro. Me doy la vuelta hacia él mientras usa su magia para sellar la puerta.

—¿Cómo te atreves a tratarme de esta manera? ¡Déjame salir ahora mismo! —grito, y noto cómo la indignación me arde por dentro.

—¿Nightly? —lo llama alguien cuando él se aleja. Se gira hacia el carruaje y me lanza una mirada gélida.

«¿Nightly?». Apoyo las manos contra la ventana y mi magia hace añicos el cristal, pero éste se mantiene en su sitio y me pregunto qué tipo de hechizo habrá usado para encerrarme.

Aprieto el rostro contra el cristal roto y veo a Vaughn y a los demás esquivando los proyectiles, tratando de devolver el mayor número posible. Los caballos se encabritan, el carruaje se balancea.

Veo que alguien señala hacia arriba y sigo su mirada. Las brujas y brujos vestidos de negro del Círculo de la Justicia son un espectáculo formidable. Los veo lanzarse en picado sobre sus escobas y, acto seguido, utilizar su magia vinculada para alzar muros de protección junto a la línea de sal.

Lazos de luz surcan el aire, se enroscan en los manifestantes y los inmovilizan: las brujas y brujos emplean magia de nudos para impedir que huyan o causen más daño.

Las figuras del Círculo de la Justicia se mueven con una elegancia impresionante; inclinan el cuerpo al invocar la magia, la canalizan con precisión y la proyectan con fuerza y control.

Con los ojos muy abiertos y una sonrisa en los labios, no puedo evitar pensar: «Algún día, así seré yo». Pero enseguida la realidad me golpea: sé que no, que nunca llegaré a ser como ellos.

Aporreo la puerta justo cuando las brujas y brujos del Círculo de la Justicia han rodeado a todos los manifestantes. Vaughn y Martyn colocan las manos sobre el carruaje y rompen el hechizo que lo sellaba. El cristal estalla en mil pedazos en cuanto la magia se desvanece.

Salgo de un salto, con la mirada encendida, buscando a Nightly.

—¡Aurelia, no! No vale la pena. ¡Ningún Nightly lo vale! —Vaughn intenta sujetarme, pero sé cómo esquivarlo cuando quiero.

—¿Pero se puede saber en qué estabas pensando? ¡En nombre de todo lo que es mágico! —Gesticulo con exasperación hacia el carruaje mientras Nightly se vuelve hacia mí. Su expresión es indolente cuando se aparta el pelo de la cara; lo tiene demasiado largo y necesita un buen corte.

Alzo la vista. No soy precisamente baja, pero Nightly me saca una cabeza, y odio tener que mirarlo desde abajo. Se inclina hacia mí y me susurra algo que me crispa.

—Pensaba en la buena magia. En que estás sin adiestrar, en que careces de varita y en que tu poder aún no ha sido domado.

Pensaba en que, si te hubieras elevado demasiado, habrías sido un objetivo fácil para los manifestantes con tu vestido inmaculado y tus cabellos blancos.

Pensaba en que ha sido una insensatez que siguieras a tu hermano, y en que él ha sido igual de insensato al permitirlo.

En que pusiste a Vaughn, a ti misma y al resto de las brujas y brujos en más peligro del que ya estábamos.

Así que, Wycherley, te he llevado a un lugar donde no pudieras causar ningún daño.

Se endereza y me observa desde arriba. Me siento pequeña y estoy furiosa. Porque, por desgracia, tiene razón.

Antes de que yo conteste, Vaughn se coloca a mi lado y me aparta.

—Vamos, Nightly, no hace falta hablar así. No es culpa suya que...

—No, es tuya —lo corta Nightly, girándose hacia él. Un escalofrío me sube por la espalda; mi magia se agita, dispuesta a defender a mi hermano—. Podría haber salido herida. A las hermanas hay que protegerlas y valorarlas. Si la pierdes, será para siempre.

Nightly no espera respuesta. Se aleja, dejándome allí, ardiendo de rabia… porque, para colmo, vuelve a tener razón.