Capítulo 11 #2
En aquel momento todavía esperaba que él le explicara el resultado. Que prometiera una vida sin errores, despedidas o dolor.
Ahora entendía que elegirlo no garantizaba nada.
Solo significaba dejar de escapar.
—Sí.
Dante la observó con tanta atención que Karla tuvo que contener el impulso de bajar la mirada.
—No quiero que hagas esto porque te asusta perderme —dijo él.
—Me asusta.
—Eso no responde.
—Me asusta perderte —admitió—, pero no es la única razón.
Dante esperó.
Karla apretó la correa del bolso.
—También me asusta quedarme.
—Eso suena peor.
—Mucho peor.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Dante.
Karla continuó antes de perder el valor.
—Llevo años creyendo que, si no esperaba nada de nadie, nadie podría decepcionarme. Que si mantenía todo bajo control, iba a estar bien.
—¿Y funcionó?
—No.
—Eso explica muchas cosas.
—Dante.
—Perdón.
No parecía arrepentido.
Karla puso los ojos en blanco, y aquella reacción familiar alivió algo entre ambos.
—No sé cómo hacer esto —dijo—. Tal vez vuelva a asustarme. Quizá intente organizar cosas que no pueden organizarse o me enoje cuando no entienda lo que está pasando.
—Eso suena bastante probable.
—¿Vas a dejarme terminar?
—Sí.
Dante hizo el gesto de cerrar la boca con una llave imaginaria.
Karla respiró hondo.
—No puedo prometerte que nunca voy a tener miedo. Pero sí puedo prometer que voy a decirlo en lugar de desaparecer.
Dante dejó caer la mano.
—Eso es bastante.
—También quiero que me digas cuando algo te lastime.
—Lo hice ayer.
—Después de tres años.
—Estaba construyendo confianza.
—Estabas escondiéndote detrás de bromas.
—Funcionó un tiempo.
—No funcionó.
—Llegaste a odiarme con mucha intensidad. Yo diría que produjo resultados.
Karla intentó parecer molesta.
No pudo.
La sonrisa apareció antes de que tuviera tiempo de detenerla.
Dante la vio.
Esta vez no la señaló como un premio.
Solo sonrió también.
—Entonces —dijo—, ¿quieres repetir nuestra peor cita?
—Quiero corregirla.
—Eso es muy tú.
—Hay varios errores que deben solucionarse.
—La comida estuvo bien.
—Llegaste tarde.
—Llegué primero.
—La otra persona llegó tarde.
—Técnicamente, ambos éramos la otra persona.
Karla abrió la puerta.
—¿Vienes o no?
Dante permaneció en su lugar durante un segundo.
—Sí.
La palabra fue sencilla.
Pero cuando pasó junto a ella, sus dedos rozaron los de Karla.
Ninguno se apartó de inmediato.
Amaretto estaba lleno.
Por supuesto.
Karla había llamado desde el coche, pero el encargado le explicó que no aceptaban reservaciones con tan poco tiempo. La lista de espera era de cuarenta minutos y la mesa disponible estaba junto a la cocina.
—Esto parece familiar —dijo Dante cuando llegaron al mostrador.
—No empieces.
La mujer de recepción revisó la lista.
—¿Nombre?
Karla abrió la boca.
—Dante —respondió él.
Ella giró hacia él.
—¿Por qué el tuyo?
—Porque la última vez la reservación estaba a nombre de otra persona y mira cómo terminó.
—Terminó bien.
Dante la observó.
Karla sintió calor en el rostro.
—Eventualmente —corrigió.
La recepcionista sonrió.
—¿Mesa para dos?
—Sí —dijeron al mismo tiempo.
Esta vez ninguno contradijo al otro.
Esperaron junto a la barra.
Dante pidió agua. Karla revisó el menú aunque ya conocía cada platillo. El silencio entre ellos no era incómodo, pero sí nuevo. Había una conciencia constante de lo que acababan de decidir.
O de lo que estaban comenzando a decidir.
—¿Vas a seguir mirándome así? —preguntó Karla.
—¿Así cómo?
—Como si esperases que salga corriendo.
Dante giró el vaso entre los dedos.
—No lo descarto.
—No voy a hacerlo.
—Lo sé.
—No parece.
—Estoy ajustándome.
Karla cerró el menú.
—¿Te arrepientes?
—No.
La respuesta llegó sin vacilación.
—Pero tampoco quiero fingir que ayer no pasó —añadió.
—No te lo estoy pidiendo.
—Lo sé.
—Puedes estar enojado.
—No estoy enojado.
—Estás herido.
Dante sostuvo su mirada.
—Sí.
Karla asintió.
Aceptar aquella respuesta dolía, pero era mejor que permitirle esconderla.
—Voy a necesitar tiempo —dijo él.
—Está bien.
—Y tú también.
—Probablemente.
—No tenemos que resolver todo hoy.
Karla miró hacia las mesas.
—Eso es difícil para mí.
—También lo sé.
Una risa pequeña escapó de ella.
—Sabes demasiadas cosas.
—Tres años de investigación.
—Eso suena ilegal.
—Solo si encuentras las cámaras.
Karla le dio un golpe con el menú.
Dante se rio.
La recepcionista los llamó antes de que pudiera responder.
Los condujeron a la misma zona donde habían cenado la primera vez. No era exactamente la misma mesa, pero estaba lo bastante cerca para que ambos la reconocieran.
Dante apartó la silla para Karla.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Comportarte raro.
—Estoy siendo educado.
—Nunca eres tan educado.
—Es una cita.
Karla se sentó.
—No quiero que actúes diferente.
Dante tomó su lugar frente a ella.
—¿Quieres que empiece una discusión?
—No dije eso.
—Dame cinco minutos.
El mesero llegó con los menús.
—Buenas noches. ¿Desean comenzar con algo de beber?
Dante miró a Karla.
Ella levantó una ceja, esperando que recordara.
—Un capuchino sin azúcar y con poca espuma —dijo él—. Pero tráigalo después de la cena. Si lo toma ahora, no duerme.
Karla lo miró.
Dante continuó.
—Para mí, café negro.
El mesero anotó.
—¿Alguna entrada?
—La tabla de panes —respondió Karla—, pero sin la salsa de cebolla.
Dante señaló el menú.
—La salsa viene aparte.
—No quiero que toque el plato.
—La cebolla no se transmite por proximidad.
—El olor sí.
El mesero miró entre ambos.
—Puedo pedir que no la incluyan.
—Gracias —dijo Karla.
Dante esperó hasta que se alejara.
—Eso fue excesivo.
—Tú pediste una pizza individual para que no tuviera que quitar cebolla.
—Era una emergencia.
—Exacto.
Se observaron durante un segundo.
Después ambos sonrieron.
La cena comenzó con cautela.
Hablaron del proyecto del lunes, aunque habían prometido no discutir de trabajo. Dante le contó que el nuevo departamento tenía un balcón donde Dog podría acostarse al sol. Karla preguntó si necesitaba ayuda para elegir muebles y él la acusó de intentar controlar una casa que todavía no era suya.
—Solo quiero evitar que compres un sofá gris.
—Me gustan los sofás grises.
—Son tristes.
—Combinan con todo.
—Eso es lo que dice la gente sin personalidad decorativa.
—Mi departamento actual te gustó.
—Contra todo pronóstico.
—Entonces confía en mí.
Karla inclinó la cabeza.
—Estoy trabajando en eso.
La broma desapareció.
Dante la miró con suavidad.
—Yo también.
No necesitaban explicar más.
Continuaron comiendo.
Hablaron de sus hobbies como en el evento, pero esta vez sin el cuidado de quienes temen revelar demasiado.
Karla le contó que había pensado en inscribirse a un taller de ilustración, aunque llevaba meses posponiéndolo.
Dante prometió no llamarlo “clase para hacer dibujitos” si ella aceptaba no criticar su postura al levantar pesas.
—Tu postura es terrible.
—Nunca me has visto entrenar.
—Vi un clip.
Dante dejó el tenedor.
—¿Ves mis streams?
—A veces.
—¿Con cuenta?
—No.
—Eres una espectadora fantasma.
—No quería que lo supieras.
—¿Por qué?
Karla miró su plato.
—Porque me gustaba verte cuando no sabías que estaba ahí.
Dante permaneció callado.
Karla levantó la vista.
—No hagas una cosa grande de eso.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Parece que vas a sonreír.
—No puedo controlar mi rostro.
—Claro que puedes.
—Tú llevas meses intentándolo y no te sale.
Karla estiró la pierna bajo la mesa y golpeó suavemente su zapato.
Dante se rio.
El sonido le resultó familiar y nuevo al mismo tiempo.
No era la risa de la oficina después de haberla provocado ni la que usaba frente a su comunidad para llenar el silencio.
Era una risa tranquila.
Para ella.
Cuando terminaron los platos principales, el mesero regresó con los cafés.
—¿Desean ver la carta de postres?
Karla y Dante respondieron al mismo tiempo.
—Sí.
El mesero les entregó una.
Solo una.
Dante la abrió en el centro de la mesa.
—Hay pastel de cajeta.
—Ya lo sabía.
—¿Revisaste el menú antes de invitarme?
—Planeación básica.
—Creí que estabas dejando de controlar todo.
—No exageres.
—Podríamos pedir chocolate.
Karla lo miró horrorizada.
—No.
—Tiramisú.
—Dante.
—Fruta.
—Voy a pedirte que te vayas.
Él sonrió y levantó una mano para llamar al mesero.
—Un pastel de cajeta.
—Dos —corrigió Karla.
Dante la miró.
—La última vez compartimos.
—La última vez no sabía que robabas porciones demasiado grandes.
—Compartir implica riesgo.
—No cuando hay límites.
—Otra regla.
—Necesaria.
Dante se inclinó hacia ella.
—¿Y si solo queda uno?
Karla sostuvo su mirada.
—Lo compartimos.
—¿Mitad y mitad?
—No.
—Entonces seguimos igual.
—Nunca dije que fuera a cambiar todo.
El mesero regresó con una expresión apenada.
—Solo nos queda una porción.
Dante comenzó a reírse.
Karla cerró los ojos.
—Por supuesto.