Los viernes no son para enamorarse Capítulo 11
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Capítulo 11

La única cita que sí que r ía repetir

Karla siempre había pensado que tomar una decisión importante se sentiría distinto.

Más claro.

Más solemne.

Imaginaba que, llegado el momento, habría una certeza absoluta que ordenaría todas las piezas. Una voz tranquila indicándole qué hacer. Una seguridad suficiente para borrar las dudas antes de dar el primer paso.

No ocurrió así.

La decisión llegó mientras estaba sentada en el suelo de su departamento, rodeada de cajas de zapatos, con un frasco abierto de cajeta sobre la mesa y el cuaderno de dibujos apoyado sobre las piernas.

Había pasado el sábado intentando organizar el armario.

No porque lo necesitara.

Porque ordenar siempre había sido la forma más efectiva de evitar pensar.

Separó ropa por temporada, acomodó bolsos por tamaño y dobló tres veces una blusa que ya estaba perfectamente doblada. Después reorganizó un cajón de accesorios y revisó una caja donde guardaba entradas de cine, fotografías viejas y recibos que no tenía ninguna razón para conservar.

Nada funcionó.

Dante seguía allí.

En la forma en que el departamento parecía demasiado silencioso.

En la taza de café que había preparado sin darse cuenta como a él le gustaba.

En el espacio vacío de la página cada vez que intentaba dibujar algo que no fueran sus manos, su sonrisa o la forma en que inclinaba la cabeza cuando esperaba que ella admitiera que tenía razón.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde la discusión en la imprenta.

Dante no había escrito.

Karla tampoco.

Ninguno tenía una razón práctica para hacerlo. El proyecto estaba terminado, la prueba había sido aprobada y la presentación del lunes ya no necesitaba modificaciones.

Todo estaba en orden.

Ella no.

Abrió el cuaderno por la primera página que encontró.

Era el dibujo de Dog dormido junto al sofá.

Pasó a la siguiente.

Dante frente a la computadora, usando audífonos y sonriendo hacia una pantalla que ella no había dibujado.

Continuó avanzando.

Una mano sosteniendo un vaso de café.

Una botella de agua sobre un escritorio.

El perfil de un hombre inclinado sobre una presentación.

Una figura corriendo bajo la lluvia con un cuaderno protegido bajo el saco.

Karla cerró los ojos.

Había llenado páginas enteras de él antes de ser capaz de admitir que lo estaba mirando.

Antes de la cita.

Antes del evento.

Antes de entrar en su departamento y conocer a Dog.

La diferencia era que Dante lo había sabido durante años.

Ella había necesitado verlo alejarse para comprenderlo.

No quería que la convenciera.

No necesitaba que insistiera, esperara o demostrara algo más.

Ya lo había hecho.

No mediante grandes declaraciones, sino en cada gesto que ella había decidido minimizar porque aceptar su significado resultaba demasiado peligroso.

Karla miró la habitación.

Todo estaba exactamente donde debía estar.

Los zapatos alineados.

La ropa organizada.

Las cajas apiladas por tamaño.

Su vida siempre había parecido más segura cuando podía anticipar cada movimiento. Evitaba las sorpresas, preparaba rutas de escape y se retiraba antes de que alguien tuviera la oportunidad de abandonarla.

Había confundido control con protección.

Y soledad con independencia.

No quería seguir haciéndolo.

La certeza no apareció.

El miedo tampoco desapareció.

Simplemente dejó de parecerle una razón suficiente para quedarse quieta.

Karla tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Dante.

El último mensaje seguía siendo aquel intercambio sobre la prueba de color.

Prueba aprobada. El color quedó correcto.

Perfecto. Gracias.

Era demasiado formal.

Parecía escrito por dos personas que solo compartían una oficina, no por alguien que acababa de confesar que llevaba más de tres años enamorado y otra persona que había pasado la noche intentando decidir si merecía la oportunidad de corresponderle.

Karla escribió:

¿Estás ocupado?

Lo leyó.

Lo borró.

Escribió:

Necesito hablar contigo.

También lo eliminó.

Sonaba a reunión.

Probó una tercera vez.

¿Podemos vernos?

Demasiado inseguro.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se llevó una cucharada de cajeta a la boca. Estaba comiendo directamente del frasco, algo que habría negado incluso bajo interrogatorio.

No sabía hacer aquello.

Podía dirigir reuniones, cuestionar proveedores y defender una campaña frente a veinte personas. Podía discutir durante una hora sobre una tipografía y convencer a un cliente de cambiar una idea que llevaba meses aprobada.

Pero invitar a un hombre a cenar parecía exigir una valentía completamente distinta.

Quizá porque esta vez no quería que fuera una cena cualquiera.

No quería reglas.

No quería una salida programada a los sesenta minutos ni una excusa preparada en caso de sentirse incómoda.

Quería una cita.

Con Dante.

Quería escucharlo hablar demasiado, verlo robarle postre y discutir sobre cosas sin importancia. Quería volver a Amaretto y comprobar si la primera noche había sido tan insoportable como ambos afirmaban.

Quería quedarse.

Karla tomó nuevamente el teléfono.

No escribió.

Buscó el nombre de Dante y presionó el botón de llamada antes de que pudiera arrepentirse.

Él respondió después del cuarto tono.

—¿Karla?

Su voz sonaba cautelosa.

Eso dolió.

—Hola.

—Hola.

El silencio apareció de inmediato.

En otro momento, Dante lo habría llenado con alguna broma. Esta vez esperó.

La decisión era de ella.

Karla se puso de pie y comenzó a caminar por la sala.

—¿Estás ocupado?

—Estoy terminando el stream.

Escuchó voces digitales y algunos efectos de videojuego al fondo.

—Puedo llamar después.

—No.

Dante hizo una pausa. El ruido se apagó.

—Dame un segundo.

Karla oyó cómo se alejaba del micrófono. Después su voz sonó a lo lejos, despidiéndose de la audiencia y prometiendo regresar al día siguiente. Hubo protestas, notificaciones y un último sonido antes de que todo quedara en silencio.

—Ya —dijo—. ¿Pasó algo?

—No.

—¿Todo está bien?

—Sí.

Dante no respondió.

Karla apretó el teléfono contra la oreja.

—Bueno, no exactamente.

—¿Es por lo de ayer?

—Sí.

—Karla, no tienes que decirme nada todavía.

—Lo sé.

—Hablaba en serio cuando dije que podías tomarte tiempo.

—También dijiste que no ibas a esperar.

Silencio.

—Sí.

Karla respiró hondo.

—No quiero que lo hagas.

Dante tardó en responder.

—No entiendo.

—No quiero que esperes.

—Eso quedó claro.

—No. No me refiero a eso.

Karla cerró los ojos.

Era increíble que hubiera logrado sobrevivir tantos años sin aprender a expresar una emoción de forma directa.

—¿Puedes venir?

—¿A tu departamento?

—Sí.

—¿Ahora?

Karla miró la hora.

Eran las siete y media.

—Sí.

—¿Para hablar?

—No exactamente.

—Karla.

—Ven.

Dante exhaló al otro lado de la línea.

—No sé si sea buena idea.

La misma respuesta que le había dado cuando ella pidió hablar después de su stream.

Karla sintió el impulso de retroceder.

Decir que no importaba.

Colgar.

Regresar al armario perfectamente ordenado y convencerte de que había sido mejor intentarlo que arriesgarse a escuchar un rechazo.

No lo hizo.

—Por favor —dijo.

Dante guardó silencio.

—Está bien.

La llamada terminó.

Karla permaneció inmóvil con el teléfono en la mano.

Después miró su ropa.

Llevaba pantalones cómodos, una camiseta demasiado grande y el cabello sujeto en un moño que había comenzado a deshacerse. Corrió hacia el dormitorio, abrió el armario y sacó tres vestidos.

Los dejó sobre la cama.

Volvió a guardarlos.

No quería presentarse como una versión preparada para impresionar a un desconocido.

Dante ya la había visto con tinta en las manos, ojeras después de una entrega y el cabello mojado por la lluvia. Había entrado en su vida por los espacios que ella no mostraba durante las citas.

Eligió unos jeans, una blusa sencilla y el abrigo claro que había usado en el evento.

Después se quedó frente al espejo.

—Es solo una cena —murmuró.

Su reflejo no pareció creerle.

Dante llegó veinticinco minutos después.

Karla abrió antes de que tocara por segunda vez.

Él estaba de pie en el pasillo con una sudadera oscura, jeans y el cabello desordenado. Parecía haber salido tan rápido que ni siquiera se había molestado en ocultar el cansancio de su expresión.

No llevaba flores.

No llevaba café.

Solo una cautela que Karla no estaba acostumbrada a ver en él.

—Hola —dijo.

—Hola.

Dante miró detrás de ella.

—¿Puedo pasar?

Karla sostuvo la puerta abierta.

—Sí.

Entró y se quedó junto a la sala, sin quitarse la sudadera. Sus ojos recorrieron las cajas y la ropa que ella no había terminado de guardar.

—¿Estabas mudándote?

—Ordenando.

—Parece que perdiste una pelea con el armario.

Normalmente, Karla habría defendido su sistema.

En cambio, sonrió.

Dante la observó como si no supiera qué hacer con la reacción.

—¿Quieres algo de tomar? —preguntó ella.

—No.

—Tengo agua.

—Estoy bien.

—Café.

—Son casi las ocho.

—Tú haces streams hasta la madrugada.

—Karla.

Ella dejó de hablar.

Dante metió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué estoy aquí?

La pregunta era directa.

No había bromas detrás.

Karla sintió que todas las frases que había practicado desaparecían.

—Tengo hambre.

Dante parpadeó.

—¿Ah sí?

Karla asintió.

—Conozco un restaurante.

Él la miró durante varios segundos.

La comprensión apareció lentamente en su rostro, acompañada por una esperanza que intentó contener.

—¿Con pastel de cajeta?

Karla sonrió.

—Obviamente.

Dante bajó la mirada.

Una risa breve escapó de su boca, más sorprendida que divertida.

—Karla…

—No es una explicación.

—Lo noté.

—Tampoco es un discurso.

—Gracias a Dios.

—No arruines el momento.

—Estoy intentando entenderlo.

Ella tomó el bolso del respaldo de una silla.

—Quiero cenar contigo.

—Ya hemos cenado juntos.

—Quiero que sea una cita.

Dante dejó de sonreír.

Karla sintió el miedo otra vez. Estaba allí, intacto, recordándole todas las razones por las que aquello podía salir mal.

Lo miró de frente.

—Una cita de verdad —añadió—. Sin trabajo. Sin amigos confundiendo reservaciones. Sin fingir que estamos allí por accidente.

Dante no se movió.

—¿Estás segura?

Karla pensó en la pregunta que le había hecho en la imprenta.

¿Qué pasa si te elijo?