Capítulo 10 #3
—Sí lo es.
Dante se acercó lo suficiente para que pudiera hablar sin elevar la voz.
—Yo ya elegí hace mucho tiempo.
Karla lo miró.
Él sintió el impulso de tocarla. Apartar el lápiz que sostenía su cabello, limpiar la mancha de tinta de su muñeca o tomar su mano.
No hizo ninguna de esas cosas.
—Estoy enamorado de ti —dijo—. No desde la cita. No desde que conociste a Dog ni desde aquella noche del evento. Desde mucho antes.
Karla respiró temblorosamente.
—Nunca quise que eso fuera un problema para ti. Por eso no dije nada. Por eso hacía bromas. Era más fácil dejar que pensaras que solo quería molestarte.
—¿Y ahora?
Dante tardó un segundo.
—Ahora ya es un problema para mí.
La frase la lastimó. Pudo verlo.
Pero no era una amenaza ni un reproche.
Era la verdad.
—No puedo volver a fingir que me basta con estar cerca mientras tú decides si sentir algo por mí es un riesgo demasiado grande —continuó—. Tampoco quiero convencerte. Si tengo que explicarte por qué deberías elegirme, entonces no quiero que lo hagas.
—No se trata de que no seas suficiente.
—Lo sé.
—Se trata de mí.
—También lo sé.
Dante se alejó un paso.
—Por eso la decisión es tuya.
—¿Y si no sé qué decidir?
—Entonces no decidas todavía.
—¿Vas a esperar?
La pregunta salió tan baja que casi se perdió bajo el ruido de las máquinas.
Dante sintió que algo se rompía con suavidad dentro de él.
—No.
Karla cerró los ojos.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
Ella volvió a mirarlo.
—No voy a salir corriendo a buscar a otra persona ni dejar de sentirlo mañana —dijo—. Pero no voy a seguir viviendo alrededor de la posibilidad de que algún día dejes de tener miedo.
Karla tragó saliva.
—Eso es lo que he hecho durante años.
Dante asintió.
—Sí.
No había orgullo en decirlo.
Solo cansancio.
—Y fue mi decisión. No tu culpa.
El teléfono vibró en su bolsillo. El conductor había llegado.
Dante tomó la carpeta con sus notas y la dejó frente a ella.
—El azul correcto está marcado. Revisa también el acabado de la última muestra.
Karla miró los papeles sin verlos.
—¿Eso es todo?
Dante pensó en todas las cosas que podría decir.
Que había imaginado besarla desde mucho antes de la cita.
Que guardaba una fotografía del dibujo de Dog porque ella había permitido que la tomara.
Que cada viernes en que la veía salir con alguien había deseado pedirle que se quedara.
Que sus bromas nunca habían sido falta de seriedad, sino la única forma que encontró de quererla sin asustarla.
No necesitaba decirlo.
Ya había dicho lo importante.
—Sí —respondió—. Eso es todo.
Caminó hacia la salida.
—Dante.
Se detuvo, pero no se volvió.
—¿Qué pasa si te elijo?
La pregunta le cerró la garganta.
Dante miró al frente.
—Entonces tendrás que decírmelo cuando estés segura.
—¿Y qué harás?
Él respiró hondo.
—Escucharte.
No prometió que todo estaría bien.
No dijo que olvidaría las semanas de distancia ni que la esperaría sin límites. Tampoco intentó transformar la confesión en algo romántico que hiciera más sencillo el miedo de Karla.
Simplemente abrió la puerta.
Antes de salir, giró hacia ella una última vez.
Karla seguía junto a la mesa, con la carpeta entre las manos y la mirada fija en él.
Dante sonrió apenas.
No era una de sus sonrisas provocadoras.
No había ninguna broma detrás.
—Nos vemos en la oficina.
Y se marchó.
El viaje de regreso duró más de lo previsto.
Dante observó la ciudad a través de la ventana mientras el tráfico avanzaba con lentitud. El conductor escuchaba un programa de radio y golpeaba el volante siguiendo una canción que él no reconocía.
Debería haberse sentido libre.
Había dicho la verdad después de tres años de esconderla bajo discusiones, cafés y comentarios absurdos. Ya no tenía que interpretar cada mirada de Karla ni preguntarse si la cena había significado algo para ella.
La decisión estaba en sus manos.
Eso no trajo alivio.
Solo una sensación extraña de vacío.
Al llegar a la oficina, Roberto levantó la vista.
—¿Dónde está Karla?
—En la imprenta.
—¿Y por qué regresaste solo?
Dante dejó el saco sobre la silla.
—Necesitaba espacio.
Roberto lo observó durante varios segundos.
—¿Todo bien?
—No.
La respuesta pareció sorprenderlo.
Dante encendió la computadora.
—Pero lo estará.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres que haga una broma mala?
Dante lo miró.
—Definitivamente no.
Roberto asintió y regresó a su lugar.
Dante abrió el proyecto, revisó los correos y respondió dos mensajes pendientes. Sus manos se movían de forma automática, cumpliendo pequeñas tareas que no requerían pensar.
A las cuatro y diecisiete llegó un correo de Karla.
Prueba aprobada. El color quedó correcto.
Nada más.
Dante respondió:
Perfecto. Gracias.
Después cerró la conversación.
No añadió un comentario.
No hizo una broma.
No buscó una razón para extender el mensaje.
Por primera vez desde que la conocía, había puesto toda la verdad entre ellos y se había retirado.
No porque hubiera dejado de amarla.
Sino porque, finalmente, había entendido que querer a alguien no significaba quedarse eternamente en el mismo lugar esperando que lo eligieran.