Los viernes no son para enamorarse Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Significa que no quiero esta distancia.

—Tampoco querías que me acercara.

—Porque estaba asustada.

—Y yo estaba enamorado.

El mundo no se detuvo.

Las impresoras continuaron funcionando. Una puerta metálica se cerró al fondo y alguien arrastró un carrito cargado de papel.

Pero Karla dejó de respirar.

Dante también.

No había planeado decirlo.

Mucho menos así.

La palabra permaneció entre ambos, demasiado grande para regresar a su boca.

Karla parpadeó.

—¿Estabas?

Dante cerró los ojos un instante.

Había muchas maneras de salir de aquello.

Podía hacer una broma. Decir que hablaba en pasado porque ya lo había superado. Fingir que el comentario había sido una exageración provocada por el enojo.

Durante años había utilizado el humor para esconder la verdad.

Ya no quería hacerlo.

—Estoy —corrigió.

Karla lo observó sin moverse.

Dante sintió algo parecido al alivio y al desastre al mismo tiempo.

—No tienes que decir nada —añadió.

—Dante...

—En serio.

—Acabas de decir que estás enamorado de mí.

—Lo sé. Estaba aquí.

—¿Desde cuándo?

Él desvió la mirada hacia las muestras de color.

Esa era la parte que nunca había imaginado contarle. La duración hacía que todo pareciera más absurdo, más vulnerable y quizá más difícil de perdonar.

—No fue después de la cita —dijo.

Karla tardó en comprender.

—¿Qué?

—La cena no cambió eso.

—Entonces ¿cuándo?

Dante apoyó ambas manos sobre la mesa.

No necesitaba convertirlo en un discurso. No quería enumerar cada momento en que ella le había gustado ni ofrecer años de sentimientos como prueba de que merecía una oportunidad.

Solo podía decir la verdad.

—Hace años.

Karla abrió los labios, pero no habló.

—No sé exactamente cuándo empezó —continuó—.

Tal vez cuando discutiste con un cliente porque quería usar una imagen que no representaba a la gente a la que iba dirigida.

O cuando te quedaste hasta tarde arreglando el trabajo de una practicante para que no la despidieran, pero al día siguiente fingiste que solo te molestaban los errores.

Una sonrisa cansada apareció en sus labios.

—Quizá fue cuando descubrí que llevabas dulces de cajeta en todos los bolsos o cuando empezaste a corregir los nombres absurdos de mis archivos sin eliminarlos.

Karla bajó la mirada.

—Pensé que no te dabas cuenta.

—Me daba cuenta de casi todo.

—¿Durante cuánto tiempo?

Dante exhaló.

—Tres años. Tal vez un poco más.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—¿Tres años?

—Sí.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí tampoco fue muy práctico.

—Pero salías con otras personas.

—Tú también.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

Karla pareció buscar una respuesta.

—Porque tú...

No terminó.

Dante sabía lo que quería decir. Porque él hacía bromas. Coqueteaba sin intención, hablaba con facilidad y rara vez mostraba cuándo algo le importaba.

Había creado una versión de sí mismo que volvía imposible tomarlo en serio.

—Nunca intentaste nada —dijo ella.

—Sí intenté.

Karla frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Todo el tiempo.

—Llevarme café no es intentar algo.

—No. Era llevarte café.

La respuesta la hizo callar.

—No hice esas cosas esperando que un día me debieras sentir algo —continuó—. No era una estrategia.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijiste?

Dante sostuvo su mirada.

—Porque no quería incomodarte.

Karla dejó escapar una risa incrédula.

—Me molestabas todos los días.

—Eso era diferente.

—¿Cómo?

—Sabía dónde estaba el límite.

—No, no lo sabías.

—Sí lo sabía.

Dante bajó la voz.

—Podía hacerte enojar por un nombre de archivo y cinco minutos después seguíamos trabajando. Podía discutir contigo, llevarte café o preguntarte por tus dibujos. Pero decirte esto...

Se interrumpió.

La verdad era sencilla, aunque admitirla seguía costando.

—No quería que sintieras que tenías que cuidarte de mí.

La expresión de Karla perdió toda dureza.

—Nunca pensé eso.

—Porque no te di una razón.

—¿Y la cita?

—Creí que era una oportunidad.

Dante sonrió sin alegría.

—Después descubrí que me habías odiado durante casi toda la cena.

—No te odié.

—Pediste la cuenta dos veces.

—El mesero tardaba demasiado.

—Intentaste irte bajo la lluvia.

—Quería llegar a casa.

—Claro.

Por primera vez, Karla no discutió.

Dante miró hacia el pasillo por donde había desaparecido el técnico. Probablemente no regresaría hasta que dejara de escuchar voces elevadas.

—Después de esa noche pensé que algo había cambiado —dijo—. No porque te enamoraras de mí de pronto. Solo porque comenzaste a verme de otra forma.

—Lo hice.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué no dijiste nada?

—Porque cada vez que me acercaba, tú dabas un paso atrás.

Karla apretó los dedos contra la carpeta.

—No sabía lo que sentías.

—Tampoco sabías lo que sentías tú.

—Ahora sí.

El corazón de Dante golpeó una vez, fuerte.

No permitió que la esperanza creciera.

—¿Qué sientes?

Karla se quedó callada.

Un segundo.

Dos.

Demasiado.

Dante asintió lentamente.

—Eso pensé.

—No es tan fácil.

—Nunca dije que lo fuera.

—Necesito tiempo.

—Has tenido años sin saberlo y semanas desde que empezaste a sospechar.

—Eso no es justo.

—No intento ser justo.

La honestidad parecía haber abierto una herida que ya no podía cerrar.

—Estoy cansado de hacer como si esto no me importara —dijo—. Estoy cansado de decir algo a medias para que tú no te asustes y yo no quede demasiado expuesto.

Karla lo miraba con los ojos brillantes.

—No te pedí que hicieras eso.

—Lo sé.

—Entonces no puedes culparme.

—No te estoy culpando.

—Parece que sí.

—Estoy explicándote por qué ya no puedo seguir igual.

El técnico apareció a lo lejos, vio que continuaban hablando y volvió a desaparecer detrás de una máquina.

Dante tomó su saco del respaldo de una silla.

—La prueba tardará una hora. Puedes revisarla cuando esté lista.

Karla dio un paso hacia él.

—¿A dónde vas?

—A la oficina.

—Vinimos en tu coche.

—Pediré uno.

—No puedes decir todo esto y marcharte.

Dante soltó una risa breve.

—Claro que puedo.

—Dante.

—¿Qué quieres que haga? ¿Qué me quede aquí mientras decides qué responder porque te incomoda que ya no esté esperando en silencio?

—No dije eso.

—No tienes que decirlo.

Ella se detuvo.

Dante colocó el teléfono en el bolsillo.

—No te estoy pidiendo que me elijas.

—Pero me estás dejando toda la decisión.

—Siempre fue tuya.

—Eso no es cierto.