Los viernes no son para enamorarse Capítulo 10
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Capítulo 10

La verdad detrás de todas las bromas

Dante había imaginado muchas veces cómo sería decirle la verdad a Karla.

En ninguna de esas versiones estaban discutiendo junto a una impresora industrial mientras un técnico fingía no escuchar desde el otro lado del taller.

Tampoco había imaginado que ella llevaría el cabello recogido con un lápiz, una mancha de tinta sobre la muñeca y una expresión capaz de convertir cualquier confesión en una mala idea.

Pero, durante años, casi todo lo relacionado con Karla había ocurrido de una manera distinta a la que él esperaba.

La presentación de la nueva campaña estaba programada para el lunes. El cliente había solicitado una prueba física del material y, por un error del proveedor, los colores de las primeras impresiones parecían haber sido elegidos por alguien con una profunda enemistad hacia la vista humana.

Karla había enviado un correo a las ocho de la mañana.

Dante lo había leído a las ocho con tres minutos.

A las ocho con cinco, ella estaba frente a su escritorio.

—Tenemos que ir a la imprenta.

Dante levantó la vista de la pantalla.

—Buenos días.

—El azul está mal.

—También es un gusto verte.

Karla dejó una muestra sobre su teclado.

El color no se parecía en nada al aprobado.

—Eso no es azul —dijo Dante.

—Gracias por confirmar que aún puedes identificar colores.

—Parece morado deprimido.

—Debemos corregirlo hoy.

—Ya llamé.

Karla frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Cuando vi tu correo.

—Acabo de enviarlo.

—Hace seis minutos.

Ella miró el reloj.

—Cinco.

—Entonces fui más rápido.

Dante volvió a la computadora. Karla permaneció frente a él.

Después de la conversación del día anterior, cualquier silencio entre ambos parecía contener demasiado. Ella le había dicho que le importaba. Había admitido que sus citas no habían funcionado y prometido que dejaría de correr.

Dante había pasado toda la noche pensando en ello.

No había llegado a ninguna conclusión.

Una parte de él quería creerle. La otra recordaba con demasiada precisión la manera en que Karla había comenzado a borrarlo de sus rutinas sin ofrecer una explicación.

—El técnico puede recibirnos a las once —dijo—. Roberto puede ir conmigo.

—Yo iré.

—No es necesario.

—La campaña es mía.

—También es mía.

—Precisamente.

Dante cerró el correo.

—Karla, puedo solucionarlo.

—No dije que no pudieras.

—Entonces deja de hablar como si fuera a incendiar la imprenta.

—No creo que vayas a incendiarla.

—Eso es casi tierno.

—Creo que vas a aceptar una corrección mediocre para salir más rápido.

Dante apoyó la espalda en la silla.

—Y ahí está.

—¿Qué cosa?

—La confianza que estabas intentando demostrar.

Karla apretó la carpeta contra el pecho.

—No tiene que ver con confianza.

—Claro.

—Tiene que ver con que yo aprobé el diseño.

—Y yo supervisé la producción.

—Entonces deberías haber notado el error antes.

El comentario lo golpeó en el lugar exacto.

Dante dejó de sonreír.

—Lo noté cuando llegó la muestra. Igual que tú.

—No era una acusación.

—Sonó bastante parecida.

Karla abrió la boca, pero Claudia apareció con una taza en la mano y evaluó la escena desde una distancia prudente.

—¿Todo bien?

—Perfecto —respondieron ambos.

Claudia asintió lentamente.

—Me alegra ver que volvieron a la normalidad.

Se alejó sin esperar respuesta.

Karla dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Salimos en veinte minutos.

—Puedes ir con Roberto.

—No quiero ir con Roberto.

—Eso va a herir sus sentimientos.

—Dante.

Él sostuvo su mirada.

Había algo distinto en la forma en que ella lo observaba. Ya no parecía decidida a escapar, pero tampoco sabía cómo acercarse. Era como verla permanecer frente a una puerta abierta sin atreverse a cruzarla.

—Está bien —dijo finalmente—. Vamos juntos.

El trayecto a la imprenta duró treinta minutos.

Karla pasó los primeros diez revisando correos, los siguientes cinco haciendo una lista de correcciones y el resto mirando por la ventana como si el paisaje requiriera toda su concentración.

Dante mantuvo la radio encendida.

No hizo bromas.

No preguntó por qué ella había insistido en acompañarlo.

No mencionó la conversación de la mañana anterior.

Había descubierto que, después de tantos años llenando silencios, podía soportarlos cuando no tenía nada seguro que decir.

A Karla, al parecer, no le resultaban tan fáciles.

—¿Vas a ver el departamento hoy? —preguntó.

Dante mantuvo la atención en el camino.

—Ya lo vi ayer.

—¿Y?

—Está bien.

—Eso no dice nada.

—Tiene dos habitaciones. Buena luz. Un parque cerca para Dog.

—¿Te vas a mudar?

—Probablemente.

Karla se acomodó en el asiento.

—¿Lejos?

—A veinte minutos de la oficina.

—Ah.

Dante bajó el volumen de la radio.

—No me voy del país.

—No dije eso.

—Lo preguntaste como si necesitara pasaporte.

—Solo quería saber.

—Ahora sabes.

Ella guardó el teléfono dentro del bolso.

—Antes me habrías contado más.

Dante apretó las manos sobre el volante.

—Antes hacías preguntas sin parecer molesta por las respuestas.

—No estoy molesta.

—Entonces tienes una forma interesante de mostrar curiosidad.

—Estoy intentando hablar contigo.

—Lo noté.

—No parece.

Él soltó aire lentamente.

—¿Qué quieres que haga, Karla?

—No sé.

—Ese es el problema.

Ella giró hacia él.

—Te dije que iba a intentarlo.

—Sí.

—¿Y no significa nada?

—Significa que vas a intentarlo.

—Suena como si no me creyeras.

—No sé si creerte.

Karla permaneció en silencio.

Dante se arrepintió de la dureza, pero no retiró la frase. Había pasado demasiado tiempo suavizando lo que sentía con bromas. Cada vez que algo amenazaba con volverse serio, encontraba una manera de hacerlo más fácil para ella.

Quizá también lo hacía más fácil para sí mismo.

—Al menos soy honesto —añadió.

—Yo también fui honesta ayer.

—Después de semanas.

—Ya te pedí perdón.

—Y te escuché.

—Pero no aceptaste.

Dante se detuvo frente a un semáforo.

—No sabía que tenía que firmar algo.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí. Quieres que todo vuelva a ser como antes porque finalmente decidiste que no quieres perderlo.

Karla lo miró como si la hubiera abofeteado.

Dante volvió la atención al frente cuando el semáforo cambió.

—Eso fue injusto —dijo ella.

—Probablemente.

—Entonces retíralo.

—No puedo.

—Claro que puedes.

—No quiero.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Esta vez ninguno intentó romperlo.

La imprenta ocupaba una nave amplia con techos altos, rollos de papel apilados y máquinas que producían un ruido constante. El técnico los condujo hacia una mesa donde había varias pruebas de color.

Karla se transformó en cuanto comenzó a trabajar.

Dejó el bolso a un lado, se inclinó sobre las muestras y señaló cada diferencia con precisión. Dante la observó explicar los ajustes, comparar tonos y discutir el acabado del papel. Su molestia no desapareció, pero encontró un lugar detrás de la concentración.

Había amado esa versión de ella mucho antes de conocer las otras.

La Karla que defendía una idea como si tuviera vida propia.

La que detectaba un margen incorrecto desde el otro extremo de una sala.

La que no aceptaba una solución solo porque fuera más fácil.

Durante años, Dante había convertido su admiración en competencia. Era más seguro molestarla que decirle que le gustaba verla trabajar. Más sencillo provocar una discusión que admitir que buscaba cualquier excusa para quedarse cerca.

—Necesitamos otra prueba —dijo Karla.

El técnico revisó la pantalla.

—Podemos tenerla en una hora.

—No tenemos una hora —respondió ella.

—Sí tenemos —dijo Dante.

Karla giró.

—La presentación debe quedar lista hoy.

—Y quedará.

—Todavía falta revisar el resto.

—Ya lo revisé esta mañana.

—Sin mí.

El técnico bajó la mirada hacia los controles.

Dante sintió que la paciencia se desgastaba.

—Otra vez con eso.

—¿Con qué?

—Con actuar como si hacer algo sin ti fuera excluirte.

—No dije eso.

—Lo insinuaste.

—Porque no me avisaste.

—Estabas revisando las mismas diapositivas por séptima vez.

—Eso no te da derecho a decidir por ambos.

—Alguien tenía que avanzar.

Karla cruzó los brazos.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa?

—Decides que sabes lo que necesito.

Dante soltó una risa breve, sin humor.

—Interesante.

—¿Qué?

—Que te molestara tanto cuando dejé de hacerlo.

La expresión de Karla cambió.

El técnico señaló vagamente hacia otra máquina.

—Voy a revisar el papel.

Se marchó con suficiente rapidez para confirmar que había escuchado demasiado.

Karla bajó la voz.

—No estamos hablando de eso.

—Siempre estamos hablando de eso.

—Estamos trabajando.

—Tú eres la que convirtió una prueba de color en una discusión personal.

—Porque no estás escuchando.

—Te llevo escuchando durante años.

La frase cayó entre ambos.

Karla se quedó inmóvil.

Dante quiso retirarla, convertirla en otra cosa o acompañarla con una sonrisa que le quitara peso.

No lo hizo.

—No actúes como si yo te hubiera pedido eso —dijo ella.

—Nunca te he culpado por hacerlo.

—Entonces deja de usarlo contra mí.

—No lo estoy usando contra ti.

—Acabas de decirlo como si te debiera algo.

—No me debes nada.

—No parece.

Dante pasó una mano por su cabello.

El ruido de las máquinas llenaba todos los espacios que ellos no ocupaban.

—¿Sabes qué? Olvídalo.

Tomó una de las muestras y comenzó a revisar las notas del técnico.

Karla no se movió.

—Eso haces siempre.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—Dices algo importante y después finges que no lo fue.

—Pensé que preferías mis bromas.

—No ahora.

—¿Ahora cuándo?

—Ahora que estoy intentando entender qué pasó.

Dante dejó la muestra sobre la mesa.

—Sabes qué pasó.

—No. Sé que te alejaste.

—Porque tú lo hiciste primero.

—Ya te expliqué por qué.

—Me dijiste que tenías miedo.

—¿No es suficiente?

—Para entenderlo, sí. Para olvidar cómo se sintió, no.

Karla apretó la mandíbula.

—No te pedí que lo olvidaras.

—Entonces ¿qué estás pidiendo?

—Una oportunidad.

—¿Para qué?

La pregunta la desconcertó.

—Para arreglarlo.

—¿Arreglar qué?

—Esto.

Karla hizo un gesto entre ambos.

Dante sintió que el cansancio se convertía lentamente en enojo.

—No puedes pedir una oportunidad sin decirme qué quieres hacer con ella.

—Quiero que volvamos a estar bien.

—Eso no significa nada.