Capítulo 9 #3
—Hoy no puedo.
Karla sintió que la valentía recién encontrada se debilitaba.
—¿Por la llamada?
—Sí.
—¿Tienes una cita?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Dante la observó durante un largo segundo.
—Voy a ver un departamento.
Karla parpadeó.
—¿Te vas a mudar?
—Estoy pensando en hacerlo.
—¿Por qué?
—Necesito un lugar con una habitación extra para trabajar. Los streams están creciendo.
—Ah.
Sintió alivio.
Después vergüenza por sentirlo.
Dante giró el café entre sus manos.
—Podemos hablar el lunes.
—No quiero esperar hasta el lunes.
—Karla…
—Mañana.
—Tengo stream.
—Después.
Dante desvió la mirada hacia la computadora.
—No creo que sea una buena idea.
Aquello la dejó sin aire.
—¿Por qué?
Él se quitó por completo los audífonos.
—Porque cada vez que parece que vamos a acercarnos, te alejas. Y está bien. No voy a obligarte a querer algo que no quieres.
—No sabes lo que quiero.
—Exacto.
No había enojo en su voz.
Solo cansancio.
—Y ya no puedo seguir intentando adivinarlo.
Karla apretó los dedos contra el borde de su escritorio.
—Yo no te pedí que adivinaras.
—No. Pero tampoco me dijiste nada.
—Tenía miedo.
Dante se quedó quieto.
Era la primera verdad que ella lograba ofrecerle sin disfrazarla.
Él bajó la mirada hacia el café.
—Lo siento.
La respuesta no era la que esperaba.
—¿Eso es todo?
Dante volvió a mirarla.
—No sé qué quieres que diga.
—Algo.
—Llevo semanas intentando no decir algo.
—¿Qué?
Su mandíbula se tensó.
Por un instante, Karla creyó que finalmente lo escucharía. Que Dante diría aquello que ambos habían evitado desde la primera cena.
En cambio, él negó con la cabeza.
—No importa.
—A mí sí.
—Ahora.
La palabra fue suave, pero dolorosa.
Karla retrocedió como si él la hubiera empujado.
Dante cerró los ojos durante un segundo.
—No quise decirlo así.
—Pero lo dijiste.
—Porque estoy cansado, Karla.
Ella se quedó en silencio.
—No de ti —añadió—. De no saber si puedo acercarme sin que después me hagas sentir que hice algo mal.
Karla tragó saliva.
—No hiciste nada mal.
—Pero te alejaste.
—Porque me importabas.
Dante dejó de respirar.
Karla sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No había planeado decirlo de aquella manera, rodeada de computadoras y con Claudia fingiendo no escuchar desde el otro extremo de la oficina.
Pero ya estaba dicho.
Dante la miró con una mezcla de esperanza y dolor que casi la hizo apartar la vista.
No lo hizo.
—Me importas —repitió—. Y no supe qué hacer con eso.
Él bajó la voz.
—¿Por eso comenzaste a salir con otras personas?
Karla asintió.
—Quería demostrarme que nada había cambiado.
—¿Y funcionó?
—No.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Eso no debería hacerme sentir mejor.
—No intento que te sientas mejor.
—¿Entonces qué intentas?
Karla pensó en Renata.
En la habitación cerrada.
En todas las veces que había huido primero para no experimentar cómo alguien se marchaba.
—Intento dejar de correr.
Dante sostuvo su mirada.
La oficina parecía haberse quedado en silencio, aunque los teléfonos continuaban sonando y alguien hablaba en la sala contigua.
—No sé si puedo volver a estar donde estaba hace unas semanas —dijo él.
Karla sintió el golpe, pero asintió.
No podía pedirle que borrara el daño solo porque finalmente había entendido su miedo.
—Lo sé.
—Creí que había una oportunidad —continuó Dante—. Durante mucho tiempo. Después pensé que quizá solo estaba viendo lo que quería ver.
—No lo estabas.
Él apretó los labios.
—Eso también habría sido útil saberlo antes.
—Sí.
Karla no buscó defenderse.
—Lo siento.
Dante observó el vaso que ella había dejado.
—Yo también.
La conversación parecía estar terminando y Karla sintió el impulso de detenerla. Decir algo más grande. Prometer que iba a cambiar, que no volvería a alejarse, que podía confiar en ella.
Pero las promesas grandes no significaban nada sin los gestos pequeños.
Eso lo había aprendido de él.
—No voy a pedirte que me creas ahora —dijo—. Tampoco voy a exigirte que me esperes.
Dante levantó la vista.
—¿Entonces?
—Voy a demostrarlo.
—¿Cómo?
Karla sintió una sonrisa nerviosa.
—Todavía no lo sé.
Por primera vez en semanas, algo de la antigua expresión de Dante apareció en su rostro.
—Eso debe ser aterrador para ti.
—Muchísimo.
Él casi sonrió.
Casi.
—Tengo que trabajar.
Karla asintió.
—Está bien.
Regresó a su escritorio con las piernas débiles.
Había dicho la verdad.
No había solucionado nada.
Dante todavía estaba herido. No había confesado lo que sentía ni prometido darle otra oportunidad. Tal vez de verdad había decidido dejar de perseguir algo imposible.
Karla encendió la computadora.
Por primera vez en años, no tenía un plan que garantizara el resultado.
No podía controlar lo que Dante haría con sus palabras.
No podía obligarlo a confiar en ella.
No podía saber si el daño tenía arreglo.
Solo podía elegir no escapar.
Al otro lado de la oficina, Dante levantó el vaso y tomó un sorbo.
Karla fingió no mirar.
Él dejó el café junto al teclado.
No sonrió.
Pero tampoco lo apartó.
Y, por ahora, eso tendría que ser suficiente.