Capítulo 9 #2
Renata no la siguió. Permaneció sentada mientras Karla recogía platos que todavía contenían comida y los llevaba hacia la cocina.
—¿Qué crees que va a pasar? —preguntó.
—Nada.
—Karla.
—No quiero hablar.
—¿Crees que Dante va a despertarse un día y convertirse en alguno de tus exnovios?
Karla dejó los platos dentro del fregadero con más fuerza de la necesaria.
—No se trata de mis exnovios.
—Entonces ¿de qué?
—De que no quiero volver a perder el control de mi vida por alguien.
Renata guardó silencio.
La frase sonó más fuerte de lo que Karla pretendía.
Ella apoyó ambas manos sobre la encimera.
—Ya lo hice antes —continuó—. Dejé de hacer cosas que me gustaban. Cambié planes. Esperé mensajes. Organicé mis días alrededor de personas que un día decidieron que ya no querían estar.
—Dante no te ha pedido nada de eso.
—Todavía.
—¿Todavía?
Karla se volvió.
—Siempre empieza igual. Al principio todo es fácil. Todo son detalles y atención. Después esperas esas cosas. Te acostumbras. Empiezas a necesitarlas. Y cuando desaparecen…
No terminó.
No hacía falta.
Renata dejó la copa sobre la mesa y caminó hacia ella.
—¿Eso es lo que crees que está pasando?
—Es lo que pasa.
—No siempre.
—Lo suficiente.
—Karla, llevas años viviendo como si cada persona que se acerca a ti ya estuviera planeando irse.
—La gente se va.
—Sí.
La respuesta directa la sorprendió.
Renata se apoyó en el otro extremo de la encimera.
—La gente se va. A veces porque quiere. A veces porque las cosas no funcionan. A veces porque la vida cambia. No puedes controlar eso.
—Ese es exactamente mi punto.
—No. Tu punto es que, como no puedes controlar cuándo alguien se va, prefieres irte primero.
Karla apartó la mirada.
—Eso no es cierto.
—Cancelaste planes con Dante.
—No teníamos planes.
—Dejaste de aceptar cosas que te hacían feliz solo porque venían de él.
—No necesito que me compre café.
—Nunca se trató del café.
—Entonces ¿de qué?
Renata se acercó un paso.
—De que comenzó a importarte.
Karla sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—No.
—Sí.
—No sabes lo que siento.
—Tienes razón. Pero sé lo que haces cuando algo te importa.
—¿Ah, sí?
—Intentas controlarlo.
Karla no respondió.
—Organizas, planeas, anticipas. Preparas una salida antes de entrar. Y cuando algo no cabe en tus reglas, lo eliminas.
—Eso no es justo.
—Tampoco es justo lo que le estás haciendo a él.
—Yo no le prometí nada.
—No hablo de promesas.
—Entonces no le estoy haciendo nada.
Renata la miró con tristeza.
—Estás castigándolo por algo que todavía no ha hecho.
La frase encontró un lugar exacto.
Karla recordó el café que había rechazado. La comida sin cebolla que Dante había dejado de pedir. La forma en que él se había retirado sin protestar, aceptando una distancia que no comprendía.
Recordó su expresión cuando ella dijo que iba a salir con alguien.
Había dolido.
Karla lo supo en ese momento y eligió ignorarlo.
—Él también pudo preguntar —dijo, aunque la defensa sonó débil.
—¿Y qué habría pasado si lo hacía?
—Le habría dicho que no pasaba nada.
—Exacto.
Renata regresó a la mesa y recogió las copas.
—No querías que insistiera. Querías que entendiera sin que tú tuvieras que arriesgarte a decirlo.
Karla se quedó inmóvil.
Eso era verdad.
Había esperado que Dante atravesara las barreras que ella misma había levantado. Que continuara acercándose para demostrar algo que jamás le pidió en voz alta.
Y cuando él respetó su decisión, lo sintió como abandono.
—No puedo hacer esto —murmuró.
Renata dejó las copas junto al fregadero.
—¿Hacer qué?
—Confiar en alguien así.
—Ya confiaste.
—No.
—Le mostraste tus dibujos.
Karla bajó la mirada.
—Eso no significa…
—Le contaste por qué dibujas. Entraste en su casa. Te quedaste durante su stream. Le permitiste conocer partes de ti que escondes incluso cuando no hay nadie mirando.
Renata habló con suavidad.
—La confianza no empieza cuando desaparece el miedo. Empieza cuando haces algo a pesar de él.
Karla sintió un ardor detrás de los ojos y apretó los labios.
No quería llorar.
Odiaba llorar cuando alguien más tenía razón.
—¿Y si sale mal?
—Puede salir mal.
—Eres pésima dando consejos.
—No voy a mentirte.
Renata tomó sus manos.
—Puede salir mal. Dante puede decepcionarte. Tú puedes lastimarlo. Pueden intentarlo y descubrir que no funciona.
—Eso no ayuda.
—Pero también puede salir bien.
Karla levantó la mirada.
—Y nunca vas a saberlo si sigues huyendo antes de empezar.
Durante años había pensado que su forma de vivir era libertad. No depender de nadie, no esperar nada, no entregar suficiente para que pudieran herirla.
Ahora comenzaba a entender que no era libertad.
Era una habitación cerrada desde dentro.
Segura.
Ordenada.
Vacía.
—No sé cómo arreglarlo —dijo.
Renata apretó sus manos.
—Empieza por dejar de fingir que el problema son los hombres de las aplicaciones.
Karla soltó una risa húmeda.
—Algunos sí eran un problema.
—El de las criptomonedas definitivamente.
—Habló veinte minutos sin respirar.
—Eso es una habilidad médica.
Karla se secó una lágrima antes de que cayera.
—Creo que Dante ya se cansó.
Renata no respondió de inmediato.
—Quizá.
La posibilidad dolió más al escucharla en voz alta.
—Gracias otra vez por tu optimismo.
—No puedes pedirle que espere para siempre mientras decides si vas a dejarlo acercarse.
Karla apoyó la espalda contra la encimera.
—No le pedí que esperara.
—Él lo hizo de todos modos.
—¿Cómo lo sabes?
Renata la miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque un hombre no recuerda durante años cómo tomas el café por accidente.
Karla cerró los ojos.
No era una confesión. Dante nunca había dicho nada. Tal vez Renata solo interpretaba demasiado. Tal vez Karla también.
Pero recordó la llamada con Mateo durante la cita a ciegas.
Has hablado de ella durante años.
En ese momento había decidido no pensar en ello.
Ahora la frase regresaba con una claridad incómoda.
—Tengo miedo —admitió.
Decirlo no hizo que se sintiera más débil.
Solo cansada.
Renata la abrazó.
Karla permaneció rígida durante un segundo antes de rodearla con los brazos.
—Lo sé —dijo Renata.
—No quiero volver a ser esa persona.
—No tienes que serlo.
—No quiero perderme por alguien.
—Entonces no lo hagas.
Karla se apartó lo suficiente para mirarla.
—No puedes controlar todo —continuó Renata—, pero sí puedes elegir no abandonarte a ti misma. Estar con alguien no significa desaparecer.
Karla pensó en Dante.
Él jamás le había pedido que fuera menos organizada, menos intensa o menos difícil. No se burlaba de sus dibujos. No intentaba interrumpirlos. Había aprendido a reconocer cuándo necesitaba silencio y cuándo necesitaba volver.
Quizá el miedo no venía de lo que Dante hacía.
Venía de todo lo que no hacía.
No exigía.
No presionaba.
No prometía cosas enormes.
Solo estaba.
Y eso era mucho más difícil de rechazar.
La mañana siguiente, Karla llegó temprano.
Demasiado temprano.
Compró dos cafés antes de entrar a la oficina y pasó los primeros veinte minutos cambiando el segundo vaso de lugar. Primero lo dejó sobre su escritorio. Después lo movió hacia el de Dante. Luego volvió a traerlo cuando escuchó el elevador.
Claudia la encontró sosteniendo ambos.
—¿Problemas de coordinación?
—No.
—¿Uno es para Dante?
—Se equivocaron en el pedido.
Claudia miró los vasos.
—Otra vez.
—Pasa mucho.
—Deberías cambiar de cafetería.
Karla la ignoró.
Cuando Dante llegó, saludó a todos y caminó directamente hacia su escritorio. Llevaba ropa deportiva bajo la chaqueta y tenía el cabello todavía húmedo después de la ducha.
Karla esperó que la mirara.
No lo hizo.
Encendió la computadora, revisó el teléfono y colocó sus audífonos sobre la mesa.
Ella se levantó con el café.
Podía dejarlo allí. Decir algo. Pedirle que hablaran.
Solo necesitaba caminar unos metros.
Dante recibió una llamada antes de que lo hiciera.
—Sí —respondió—. Puedo verlo hoy.
Karla se detuvo.
Él abrió su agenda.
—Después de las seis está bien. Te mando la dirección.
Hablaba con una mujer. Karla podía oír la voz sin distinguir las palabras.
No era asunto suyo.
Regresó a su silla.
Dante terminó la llamada y levantó la vista. Sus ojos encontraron el segundo café.
—¿Es mío? —preguntó.
Karla miró el vaso.
—No.
La respuesta salió por reflejo.
Dante asintió.
—Está bien.
Se colocó los audífonos.
Karla cerró los ojos.
Cobarde.
Había pasado toda la noche entendiendo el problema y menos de un segundo repitiéndolo.
Tomó el vaso, se levantó y caminó hasta su escritorio.
Dante se quitó un audífono.
—¿Qué pasa?
Karla dejó el café junto a su teclado.
—Sí es tuyo.
Él observó el vaso.
—Pensé que se habían equivocado.
—No se equivocaron.
Dante levantó la mirada.
El corazón de Karla golpeaba con tanta fuerza que le pareció absurdo. Solo era café. Habían intercambiado decenas. No estaba confesando nada.
Pero no era solo café.
Nunca lo había sido.
—Gracias —dijo él.
—Necesitamos hablar.
Dante permaneció inmóvil.
—¿De trabajo?
—No.
Una sombra de cautela apareció en su rostro.