Capítulo 9
No puedes controlar todo
Karla llevaba tres días evitando abrir el último mensaje de Renata.
No porque no supiera qué decía. La vista previa era suficientemente clara.
Tenemos que hablar.
Renata utilizaba esa frase para tres tipos de situaciones: cuando estaba preocupada, cuando estaba enojada o cuando había descubierto algo que Karla todavía no estaba preparada para aceptar.
En aquella ocasión podían ser las tres.
El mensaje había llegado el lunes por la noche, pocas horas después de que Karla dejara un café sobre el escritorio de Dante y fingiera que había sido un error del barista.
Desde entonces, Renata había llamado dos veces, enviado cuatro audios y amenazado con presentarse en su departamento si no respondía antes del jueves.
Era jueves.
Karla estaba sentada frente a la computadora, intentando revisar una presentación que había leído al menos seis veces sin recordar una sola palabra.
A su derecha descansaba el vaso de café que Dante ya no le llevaba.
Lo había comprado ella misma, en la cafetería de siempre, con la cantidad exacta de leche y menos espuma.
Sabía igual.
No se sentía igual.
Le molestaba admitirlo.
Más le molestaba que aquella diferencia no tuviera ninguna explicación lógica.
—La diapositiva siete tiene un error —dijo Dante desde el otro lado de la mesa.
Karla parpadeó y buscó la página.
Estaban en una pequeña sala de juntas, revisando juntos la propuesta para una campaña. Antes, quedarse a solas con él habría significado discutir durante media hora sobre una palabra, compartir algún alimento y terminar encontrando una solución que ninguno habría logrado por separado.
Ahora trabajaban como dos personas competentes que apenas se conocían.
—¿Cuál? —preguntó.
—El porcentaje no coincide con la gráfica.
Karla revisó los datos.
Tenía razón.
—Lo corrijo.
—Ya lo hice.
—Entonces ¿por qué me lo dices?
Dante se encogió de hombros.
—Para que lo supieras.
No había burla en su voz.
Karla detestaba cuando no había burla.
—También cambiaste la tipografía.
—Solo en los subtítulos.
—No estaba mal.
—No dije que estuviera mal.
—La cambiaste.
—Porque esta se lee mejor.
Karla abrió la diapositiva y comparó ambas versiones.
Dante tenía razón otra vez.
—Está bien —dijo.
Él levantó la vista.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Nada más?
—¿Qué esperas?
Una sonrisa apareció en los labios de Dante, pero desapareció antes de formarse por completo.
—Nada.
Regresó a la pantalla.
Karla intentó concentrarse en los archivos, aunque podía sentir cada centímetro de distancia entre sus sillas. Ya no se sentaban cerca. Dante había elegido el extremo opuesto de la mesa, dejando dos lugares vacíos entre ambos.
No hacía preguntas que no fueran necesarias.
No mencionaba sus citas.
No le preguntaba si había dibujado.
No llevaba café, no dejaba agua ni encontraba razones para acercarse a su escritorio.
Le estaba dando exactamente lo que ella había pedido sin decirlo.
Espacio.
Entonces, ¿por qué se sentía tanto como un castigo?
—¿Terminamos? —preguntó Dante.
Karla miró la hora.
Faltaban treinta minutos para que terminara la jornada.
—Falta revisar la última sección.
—Ya está revisada.
—¿Por ti?
—Sí.
—Podrías haber esperado.
—Estabas ocupada.
—No estaba ocupada.
Dante cerró la computadora.
—Entonces estabas evitando abrir el archivo.
Karla se quedó inmóvil.
—No estaba evitándolo.
—Como digas.
Él guardó el cargador en el bolso.
—¿Te vas?
—Tengo planes.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Karla desvió la mirada hacia sus manos.
—No pregunté si tenías planes.
—Preguntaste si me iba.
—Porque todavía estamos en horario de trabajo.
—Ya terminé lo mío.
—Podría surgir algo.
—Roberto está aquí.
Karla lo miró.
—¿Desde cuándo Roberto es tu primera opción?
—Desde que tú dejaste claro que no necesitas que esté pendiente de todo.
La frase no fue dicha con crueldad. Dante no levantó la voz ni la miró con resentimiento. Solo afirmó algo que ambos sabían.
Eso hizo que doliera más.
—Yo nunca dije eso.
—No tuviste que hacerlo.
Karla abrió la boca.
Quería responder que él había malinterpretado todo. Que no había intentado hacerlo sentir innecesario. Que el problema no eran los cafés, las botellas ni las pequeñas cosas.
El problema era que habían comenzado a importarle demasiado.
Dante se puso de pie.
—La presentación está lista. Envié una copia a tu correo.
—Dante.
Él se detuvo.
Karla sostuvo su mirada, pero las palabras no aparecieron. No podía pedirle que siguiera haciendo cosas que ella había rechazado. No podía exigirle que entendiera un miedo que ni siquiera era capaz de explicar.
—Nada —dijo.
Dante asintió.
—Nos vemos mañana.
La puerta se cerró detrás de él.
Karla permaneció en la sala vacía, mirando la silla que había ocupado.
Su teléfono vibró.
Otro mensaje de Renata.
Voy para tu casa. No es una amenaza. Es una notificación.
Karla dejó caer la frente sobre las manos.
Renata llegó a las ocho con una botella de vino, dos recipientes de comida y la expresión de alguien que estaba preparada para iniciar una intervención.
—No necesito una intervención —dijo Karla apenas abrió la puerta.
—Excelente. Entonces podemos llamarlo secuestro emocional.
Renata entró sin esperar permiso, dejó todo sobre la mesa y se quitó los zapatos.
—No puedes aparecer sin avisar.
—Te avisé.
—Hace cuarenta minutos.
—Eso es avisar.
—No cuando ya venías en camino.
—Entonces fue una notificación, como dije.
Karla cerró la puerta.
—Estoy cansada.
—Yo también. Tu drama me quita energía.
—No tengo ningún drama.
Renata la miró de arriba abajo.
—Llevas ropa de oficina a las ocho de la noche, no has encendido más que una lámpara y tienes tres tazas vacías sobre la mesa. Además, estás escuchando una lista de reproducción llamada Música para no pensar.
Karla miró el teléfono conectado a la bocina.
—No es mía.
—Está en tu cuenta.
—La aplicación la sugirió.
—La aplicación te conoce mejor que tú.
Renata abrió los recipientes. El olor a pasta y pan recién horneado llenó el departamento.
—¿Tiene cebolla? —preguntó Karla.
Renata levantó la cabeza muy lentamente.
—No.
—Solo preguntaba.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás haciendo una cara.
—Estoy intentando decidir cuánto tiempo tardarás en mencionar a Dante sin mencionar a Dante.
Karla tomó dos platos del gabinete.
—No tengo nada que decir sobre él.
—Perfecto. Entonces hablaremos de las citas.
—Tampoco.
—¿Cómo se llamaba el último?
—Esteban.
—El último no era Esteban.
Karla se detuvo.
—¿No?
—Esteban fue el corredor. Después saliste con Daniel.
—Cierto.
—Y no recuerdas a qué se dedicaba.
—Era… consultor.
—Era dentista.
Karla dejó los platos sobre la mesa.
—No tiene importancia.
—Exacto.
Renata sirvió la comida y se sentó frente a ella.
—¿Cuántas citas has tenido este mes?
—No llevo la cuenta.
—Tú llevas la cuenta de todo.
—De eso no.
—Cuatro.
Karla tomó el tenedor.
—Si ya sabes las respuestas, no entiendo para qué preguntas.
—Porque quiero saber cuándo piensas admitir que ninguna te interesó.
—No tenían que interesarme.
—Entonces ¿para qué fuiste?
—Porque quería salir.
—Mentira.
Karla dejó el tenedor sobre el plato.
—No todo lo que no entiendes es mentira.
—Lo entiendo perfectamente. Saliste con ellos porque querías comprobar que podías seguir haciendo lo mismo de antes.
—Puedo.
—No dije que no pudieras. Dije que querías comprobarlo.
Karla se cruzó de brazos.
—Estoy soltera. Puedo aceptar las citas que quiera.
—Sí.
—No le debo explicaciones a nadie.
—No.
—Entonces no hay problema.
Renata se inclinó hacia delante.
—¿Por qué estás tan enojada?
—Porque llegaste a mi casa a interrogarme.
—No. Estás enojada desde antes de que llegara.
Karla sostuvo su mirada.
Renata era una de las pocas personas que no retrocedía cuando ella intentaba cerrar una conversación. Se conocían desde la universidad. Había estado presente en sus peores rupturas, en las noches de lágrimas que Karla fingía haber olvidado y en cada promesa de no volver a confiar demasiado.
También era la persona que la había enviado a una cita a ciegas con Dante.
—Todo estaba bien antes de que lo organizaras —dijo Karla.
Renata apoyó la espalda en la silla.
—Por fin.
—No te emociones.
—Culpemos a la cita. Es un avance.
—No estoy culpando a la cita. Te estoy culpando a ti.
—Mucho mejor.
—Renata.
—Yo no sabía que era Dante.
—Eso no importa.
—Entonces ¿qué importa?
Karla abrió la boca y volvió a cerrarla.
No sabía por dónde comenzar.
Podía hablar del café, del cuaderno, del perro o de la cena que no había sido una cita. Podía explicar que Dante recordaba cosas que nadie más parecía notar y que, cuando dejó de hacerlo, Karla había sentido su ausencia en todos los rincones de la oficina.
Podía contarle que había dibujado sus manos de memoria.
Que veía sus streams algunas noches sin iniciar sesión.
Que sabía cuándo estaba fingiendo estar de buen humor por la forma en que hacía demasiadas bromas seguidas.
Podía decirle que había comenzado a imaginar cómo sería entrar de nuevo a su departamento y que Dog corriera a recibirla.
No dijo nada de eso.
—Las cosas se confundieron —respondió.
—No. Tú te confundiste.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Renata tomó su copa.
—Las cosas entre ustedes eran bastante claras.
Karla soltó una risa incrédula.
—¿Claras? Nos pasamos tres años discutiendo.
—Y aun así sabía cómo tomabas el café.
—Eso no significa nada.
—Corría bajo la lluvia por tus cosas.
—Fue un cuaderno.
—Te llevaba comida sin cebolla.
—Dante recuerda detalles.
—Exacto.
—También es amable con otras personas.
—No dije que solo fuera amable contigo.
Karla frunció el ceño.
—Entonces no entiendo tu punto.
—Mi punto es que estás buscando una razón para convertir cada cosa que hace en algo insignificante.
—Porque puede serlo.
—¿Y si no?
La pregunta quedó entre ambas.
Karla tomó la copa de vino y bebió demasiado rápido.
—No importa.
—Claro que importa.
—No quiero una relación.
—Eso dijiste.
—Lo sigo diciendo.
—No es lo mismo que sentirlo.
Karla se levantó de la mesa.
—No voy a discutir esto.