Los viernes no son para enamorarse Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Él nunca había pensado que lo hiciera.

Solo había querido cuidar las cosas pequeñas.

Tomó la caja y la dejó nuevamente en la papelera.

Aquella noche, Karla estuvo sentada frente a un hombre llamado Esteban, en un restaurante donde la música era demasiado alta y los platos parecían construcciones arquitectónicas.

Esteban era agradable. Puntual. Educado. Hacía preguntas y escuchaba las respuestas. Cuando llegó el mesero, lo saludó con amabilidad. No miró su teléfono y no intentó ordenar por ella.

No había ninguna razón para que Karla quisiera irse.

—¿Quieres compartir un postre? —preguntó él al terminar la cena.

Ella revisó el menú.

No había cajeta.

—No, gracias.

—¿No te gustan los dulces?

—Sí.

Esteban sonrió.

—Entonces pidamos algo. El pastel de chocolate se ve bien.

Karla aceptó porque negarse habría requerido una explicación que no tenía.

Mientras esperaban, él le contó que corría todas las mañanas. Habló de disciplina, de los maratones en los que había participado y de la satisfacción de superar los límites del cuerpo.

Karla pensó en Dante.

En el gimnasio que había comenzado como una forma de mantenerse a flote. En cómo había contado esa historia sin intentar parecer fuerte. En la noche en que le confesó que a veces hacía bromas porque el silencio le dejaba demasiado espacio para pensar.

Esteban seguía hablando.

—¿Tú haces ejercicio?

—No mucho.

—Deberías intentarlo. Cambia la vida.

Karla miró el pastel cuando llegó a la mesa.

Esteban tomó la primera porción sin notar que ella no había probado nada.

No hizo nada malo.

Ese era el problema.

Ninguno de ellos hacía algo malo. Eran hombres normales, algunos interesantes, otros aburridos, pero todos tenían la misma desventaja: Karla los comparaba con alguien que recordaba la forma exacta en que tomaba el café sin necesidad de preguntarlo dos veces.

Con alguien que sabía cuándo dejarla dibujar y cuándo traerla de vuelta.

Con alguien que había corrido bajo la lluvia para proteger un cuaderno que ni siquiera se había atrevido a abrir.

—¿Todo bien? —preguntó Esteban.

Karla forzó una sonrisa.

—Sí.

La respuesta le supo igual que el café de la máquina.

Amarga y falsa.

Cuando regresó a casa, dejó el bolso sobre una silla y se quitó los zapatos. El departamento estaba en silencio. Abrió el refrigerador, aunque no tenía hambre, y encontró un pequeño frasco de cajeta en la puerta.

Lo miró durante varios segundos.

Después cerró con fuerza.

Su teléfono estaba lleno de mensajes de Renata preguntando por la cita. Karla escribió que había estado bien y eliminó la frase antes de enviarla.

En su lugar, abrió la conversación con Dante.

El último mensaje era de semanas atrás. Una fotografía de Dog dormido sobre un control, acompañada por una advertencia:

No puedo trabajar. Mi jefe bloqueó el equipo.

Karla sonrió.

La sonrisa desapareció casi de inmediato.

Escribió:

¿Cómo está Dog?

Lo borró.

Después escribió:

¿Estás despierto?

También lo borró.

Dejó el teléfono sobre la cama y abrió su cuaderno. Intentó dibujar el restaurante, el postre o el rostro del hombre con quien acababa de cenar.

Las líneas no tomaron forma.

Sin pensarlo, dibujó una taza de café.

Junto a ella, una botella de agua.

Luego una mano sosteniendo un lápiz entre dos dedos.

Karla cerró el cuaderno.

Eso era exactamente lo que había intentado evitar.

No quería esperar cafés que no había pedido. No quería notar cuando Dante dejaba de sentarse junto al aire acondicionado ni extrañar las interrupciones que antes la desesperaban. No quería que un hombre se instalara en sus costumbres hasta que su ausencia comenzara a sentirse como algo perdido.

Sobre todo, no quería volver a necesitar a alguien que pudiera irse.

Por eso había puesto distancia.

Por eso había regresado a las citas, a las conversaciones sin futuro y a los viernes que siempre terminaban antes de volverse peligrosos.

Estaba haciendo lo correcto.

Entonces, ¿por qué dolía tanto que Dante la dejara hacerlo?

El lunes, Dante llegó sin café para ella.

Karla ya estaba en su escritorio. Había dos vasos frente a ella.

Él dejó sus cosas y encendió la computadora.

—Te traje uno —dijo Karla.

Dante giró hacia ella.

Karla señaló el segundo vaso sin mirarlo.

—Se equivocaron en el pedido.

Él observó la tapa. Café negro, sin azúcar. Exactamente como lo tomaba antes de entrenar por las mañanas.

—¿También se equivocaron escribiendo mi inicial?

Karla miró la D trazada con marcador.

—Parece una O.

—Claro.

Dante tomó el café.

—Gracias.

—No fue nada.

Ambos se quedaron en silencio.

Era un gesto pequeño. Tan pequeño que no solucionaba ninguna de las cosas que habían dejado de decirse. Karla todavía tenía miedo. Dante seguía herido y ninguno sabía cómo cruzar la distancia sin admitir primero por qué la habían creado.

Pero cuando él bebió el primer sorbo, Karla levantó la vista.

Dante sonrió apenas.

Ella respondió de la misma manera.

Solo un segundo.

Después volvieron a sus computadoras.

El espacio entre ambos seguía allí.

La diferencia era que, por primera vez en semanas, ninguno fingió que no lo sentía.