Capítulo 8 #2
Ella miró la carpeta.
—Gracias.
—De nada.
Dante regresó a su lugar.
La escuchó abrir los documentos, pasar las hojas y detenerse en una pequeña nota adhesiva que había colocado para señalar una corrección. No había dibujado nada en ella ni escrito alguna de sus bromas habituales.
Solo una instrucción clara.
El silencio que siguió le dolió más de lo esperado.
La segunda cita fue con un arquitecto.
Karla mencionó la profesión dos veces durante la tarde, aunque nadie se lo había preguntado. Dante fingió no escuchar. A las seis, ella fue al baño y regresó con el cabello suelto y un labial diferente.
Él cometió el error de levantar la vista.
Karla se detuvo al notarlo.
—¿Qué?
Dante negó con la cabeza.
—Nada.
La misma respuesta que había dado la noche del evento.
En aquella ocasión, ella lo había acusado de mirar. Ahora pareció esperar que dijera algo más.
—¿Está mal? —preguntó, tocándose el cabello.
Dante sintió la pregunta como un golpe suave y preciso.
—No.
—¿No qué?
—No está mal.
Karla frunció el ceño.
—Qué descriptivo.
Él volvió a la pantalla.
—Te ves bien.
Ella permaneció en silencio.
—Gracias —dijo finalmente.
Dante asintió.
No preguntó a dónde irían ni si el hombre sabía que odiaba la cebolla. No le recordó llevar el abrigo, aunque el pronóstico anunciaba lluvia. No hizo ninguna broma sobre los arquitectos ni sobre su posible obsesión con los edificios.
Karla se marchó.
Dos horas después, publicó una fotografía en sus historias. Solo aparecía la mesa de un restaurante elegante, una copa y la esquina de un plato. No había personas.
Dante miró la imagen más tiempo del que debía.
Después dejó el teléfono boca abajo.
La fecha desapareció antes de la medianoche.
Karla comenzó a aceptar una cita cada viernes.
Un maestro de idiomas.
Un fotógrafo.
Un hombre que trabajaba en publicidad para otra agencia y que, según Claudia, había pasado toda la cena hablando de sí mismo.
Ninguno consiguió una segunda oportunidad.
Dante escuchaba los resúmenes los lunes sin participar. Karla siempre decía que la cita había estado bien, pero después enumeraba pequeñas cosas que parecían molestarla más de lo necesario.
El maestro había pedido por ella sin preguntarle qué quería.
El fotógrafo había mirado el teléfono durante toda la cena.
El publicista no había agradecido al mesero.
—Eres demasiado exigente —dijo Patricia después del tercer fracaso.
Karla dejó el bolso sobre el escritorio.
—No pido nada extraordinario.
—¿Qué buscas, entonces?
Ella abrió la computadora.
—Nada.
Dante sintió que la palabra estaba dirigida hacia él.
—Quizá ese es el problema —comentó Claudia.
Karla no respondió.
A media mañana sacó el cuaderno y comenzó a dibujar. Era la primera vez que lo hacía en semanas. Dante la observó durante unos segundos. Sus hombros se relajaron, la línea entre sus cejas desapareció y el ruido de la oficina dejó de alcanzarla.
Antes, él habría protegido ese momento. Habría terminado alguna tarea por ella o esperado hasta que regresara por sí sola.
Ahora tenían una reunión en cinco minutos.
Dante se levantó, pasó junto a su escritorio y se detuvo.
Podía sostener el lápiz como aquella vez. Decirle que volviera. Convertirlo en algo que solo ellos entendían.
En cambio, habló desde una distancia prudente.
—La reunión empieza en cinco minutos.
Karla dio un salto y levantó la mirada.
—¿Qué hora es?
—Las once veinticinco.
Ella cerró el cuaderno con rapidez.
—Debiste avisarme antes.
—Acabo de hacerlo.
—Sabes que me distraigo.
Dante sostuvo su mirada.
—Sí.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
Karla guardó el cuaderno.
—Antes no me interrumpías.
—Antes no teníamos una reunión.
—Sí teníamos.
Dante recordó la ocasión. Había tomado su lápiz con cuidado y esperado a que regresara sin sobresaltarla.
—Entonces fue diferente.
—¿Por qué?
Él no tenía una respuesta que no revelara demasiado.
—No lo sé.
Karla apretó los labios y salió hacia la sala de juntas.
Dante esperó unos segundos antes de seguirla.
Aquella tarde, ella no volvió a dibujar.
La distancia se volvió una presencia dentro de la oficina.
No era algo que los demás pudieran señalar con facilidad. Dante y Karla seguían hablando de trabajo, revisando proyectos y discutiendo cuando era necesario. Sin embargo, sus peleas ya no tenían la misma energía. Eran más breves, correctas y agotadoras.
Habían dejado de buscarse.
O al menos fingían haberlo hecho.
Dante descubrió que Karla lo observaba cuando creía que él estaba distraído. La sorprendía mirándolo durante las reuniones o siguiendo sus movimientos cuando llevaba café a los demás. En cuanto sus ojos se encontraban, ella apartaba la vista.
Él hacía lo mismo.
Una noche se quedaron solos terminando una campaña. Antes, la situación habría producido bromas, comida compartida y una discusión sobre la música. En esa ocasión, Karla utilizó audífonos y Dante mantuvo los suyos puestos incluso cuando no reproducía nada.
Trabajaron durante casi dos horas sin hablar.
Cuando Karla se levantó para ir a la cocina, Dante vio que su vaso de agua estaba vacío. Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Tomó la botella extra que llevaba en el bolso y estuvo a punto de dejarla sobre su escritorio.
Se detuvo.
Volvió a guardarla.
Karla regresó con el vaso lleno.
Sus ojos se dirigieron primero al lugar donde antes aparecían las botellas. Después lo miró.
Dante fingió concentrarse en la pantalla.
A las nueve terminaron.
—Ya envié mi parte —dijo Karla.
—Yo también.
—Entonces me voy.
—Está bien.
Ella guardó sus cosas con movimientos lentos. Dante continuó sentado, aunque también había terminado. Esperaba que Karla se marchara primero para no tener que compartir el elevador.
—¿No te vas? —preguntó ella.
—En un rato.
—Dog debe estar esperándote.
Dante levantó la mirada. Era la primera vez en semanas que ella mencionaba al perro.
—Mateo pasó por él.
—Ah.
Karla colocó el cuaderno dentro del bolso.
—¿Sigues haciendo streams?
—Sí.
—Ya no me aparecen.
—No sabía que los veías.
Ella cerró el bolso.
—A veces.
El corazón de Dante reaccionó de una manera que le molestó.
—Puedes activar las notificaciones.
—No importa.
—Entonces ¿por qué preguntaste?
Karla lo miró.
Durante varios segundos, ninguno dijo nada. Dante pudo ver el cansancio en su rostro, pero también algo más. Una tensión parecida al miedo que había aparecido la noche en que le mostró sus dibujos.
—No lo sé —respondió.
Dante asintió.
—Buenas noches, Karla.
Ella pareció dolida por la despedida.
—Buenas noches.
Esta vez no esperó a que las puertas del elevador se cerraran. Dante se quedó mirando su escritorio vacío, con las luces de la oficina reflejadas en la pantalla negra de la computadora.
Había hecho lo correcto.
Eso se repetía cada vez que la dejaba marcharse sin preguntar, cuando evitaba llevarle café o fingía no recordar las cosas que seguía sabiendo de ella. Karla había elegido alejarse. Respetarla significaba no convertir sus sentimientos en una persecución.
Hacer lo correcto no lo hacía sentir mejor.
El viernes siguiente, Karla canceló una reunión que ambos tenían con un proveedor.
El correo llegó una hora antes.
Claudia asistirá en mi lugar. Surgió un compromiso personal.
Dante leyó el mensaje dos veces. No necesitaba preguntar qué tipo de compromiso podía aparecer un viernes por la tarde.
Claudia llegó a su escritorio con una carpeta.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si te estuviera llevando al funeral de alguien.
—Solo es una reunión.
—Claro.
Dante tomó la carpeta.
—¿Quién es esta vez?
Claudia no fingió no entender.
—No sé.
—Sí sabes.
—Karla me pidió que no comentara nada.
Dante soltó una risa sin humor.
—Entonces sí es una cita.
—Dante…
—No importa.
Claudia se sentó en el borde del escritorio.
—Creo que está intentando demostrar algo.
—Que puede salir con quien quiera. Lo sé.
—No a ti.
Dante levantó la mirada.
—A ella misma.
Aquello era peor.
—Pues parece convencida.
—No, no lo parece.
Dante cerró la carpeta.
—Tenemos una reunión.
Claudia no insistió.
Cuando regresaron a la oficina, casi todos se habían marchado. Karla también. Su escritorio estaba limpio, pero en la papelera había una caja pequeña de una pastelería cercana.
Dante reconoció el logotipo.
Vendían el mejor pastel de cajeta de la zona.
Se acercó sin pensarlo y vio que el envase estaba vacío. Sobre la tapa, Karla había escrito algo con bolígrafo.
No necesito que alguien me lo compre.
Dante permaneció inmóvil.
La frase no estaba dirigida a él. Probablemente era una nota cualquiera, un recordatorio absurdo o algo que había escrito mientras hablaba por teléfono.
Aun así, sintió que entendía el mensaje.
Karla podía comprar su propio café. Pedir su comida sin cebolla. Encontrar postres de cajeta. Llenar su botella y protegerse del aire acondicionado.
No necesitaba a Dante.