Los viernes no son para enamorarse Capítulo 8
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Capítulo 8

Esto ya no me gusta

Dante supo que Karla estaba huyendo de él cuando dejó de aceptar el café.

No ocurrió de forma dramática. No hubo una discusión, una mirada hostil ni una frase lo bastante clara como para preguntarle qué había hecho mal.

El lunes por la mañana, él simplemente dejó el capuchino habitual junto a su computadora y Karla lo miró como si se tratara de un objeto que no recordaba haber comprado.

—Ya traje uno —dijo.

Dante observó el vaso de cartón que descansaba junto a su teclado. Era café americano, sin leche, de la máquina del vestíbulo. Karla detestaba ese café. Decía que sabía a agua caliente con resentimiento y que solo una persona desesperada aceptaría beberlo.

—Ese no te gusta.

—Es café.

—También el lodo es agua con ingredientes y no por eso te lo tomas.

Normalmente, Karla habría respondido que su comparación era absurda. Habría probado el capuchino para demostrar que no lo necesitaba o le habría dicho que dejara de comportarse como si conociera mejor sus gustos que ella misma.

En cambio, tomó el vaso de la máquina y bebió un trago.

Su expresión confirmó que seguía odiándolo.

—Gracias de todos modos —dijo sin mirarlo.

Dante permaneció frente al escritorio durante un segundo. Después tomó el capuchino y lo levantó en dirección a Roberto.

—¿Quieres un café?

Roberto miró primero a Dante, luego a Karla y finalmente al vaso.

—¿Tiene algo raro?

—Leche y rechazo.

—Entonces sí.

La oficina continuó con su mañana. Claudia habló por teléfono con un proveedor. Patricia discutió con la impresora. Roberto bebió el café de Karla sin saber que estaba participando en algo que Dante todavía no lograba comprender.

Él regresó a su lugar y abrió el correo.

No volvió a preguntar.

Al día siguiente, Karla no llevó su botella vacía.

Apareció con una nueva, llena hasta el borde, y la colocó en un sitio visible.

El miércoles se sentó junto al aire acondicionado antes de que Dante pudiera cambiar de lugar con ella.

Cuando comenzó a estornudar durante una reunión, se puso el abrigo sin hacer ningún comentario.

El jueves no sacó el cuaderno de dibujos.

Dante observó la manera en que mantenía las manos ocupadas, escribiendo notas innecesarias, ordenando papeles que ya estaban organizados y revisando el teléfono cada pocos minutos.

Era como si temiera distraerse delante de él.

Como si hubiera decidido borrar, una por una, todas las pequeñas ocasiones en las que él podía ayudarla.

Era demasiado deliberado para ser casualidad.

Y demasiado silencioso para convertirse en una pelea.

—¿Hiciste algo? —preguntó Roberto el viernes, mientras ambos esperaban que se calentara su comida.

Dante apoyó una mano sobre el mostrador.

—Hago muchas cosas. Necesitarás ser específico.

—A Karla.

—¿Qué pasa con ella?

Roberto miró hacia el área de trabajo. Karla estaba sentada frente a su computadora, hablando con Claudia. Sonreía, pero la sonrisa desapareció en cuanto sus ojos se encontraron con los de Dante.

Ella volvió la atención hacia la pantalla.

—Eso —dijo Roberto.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

El microondas emitió un sonido. Dante sacó el recipiente y se concentró en acomodar la tapa, aunque no era necesario.

—Está ocupada.

—Siempre está ocupada. Antes encontraba tiempo para decirte que respirabas demasiado fuerte.

—Sigo respirando igual.

—Entonces el problema es otro.

Dante abrió un cajón en busca de un tenedor.

—No hay problema.

—¿Se pelearon?

—No.

—¿Pasó algo en el evento?

Dante cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.

Roberto levantó las manos.

—No tienes que contarme.

—No pasó nada.

Aquello era técnicamente cierto. Habían cenado juntos, compartido cosas que no solían contar y despedido la noche insistiendo en que no había sido una cita. Después llegaron los cafés, las botellas de agua y las pequeñas rutinas que se instalaron entre ellos sin pedir permiso.

No había ocurrido nada.

Ese era el problema.

Dante tomó el tenedor que Roberto le ofrecía y caminó hacia su escritorio. En otro momento habría llevado su comida junto a Karla solo para molestarla, pero ella había comenzado a almorzar en la sala de juntas con Claudia o a salir cuando él permanecía en la oficina.

Ese viernes, se marchó antes de que Dante abriera su recipiente.

—¿Tienes planes? —preguntó Claudia.

Karla guardó el teléfono en el bolso.

—Una cena.

La palabra llamó la atención de Dante antes de que pudiera evitarlo. Continuó mirando la pantalla, aunque había dejado de leer.

—¿Con quién? —preguntó Patricia desde contabilidad.

—Alguien que conocí por una aplicación.

Dante apretó los dedos alrededor del tenedor.

Roberto lo miró de reojo, pero tuvo la decencia de no decir nada.

—Pensé que habías dejado las citas —comentó Claudia.

—Nunca dije eso.

—Después de la última parecías menos interesada.

Karla se colocó el bolso sobre el hombro.

—Solo estaba ocupada. Además, es viernes.

Los viernes eran sagrados.

Dante recordaba aquella frase. Recordaba cómo la había dicho en el restaurante, como si se tratara de una regla que la mantenía a salvo. Cenas casuales, hombres desconocidos y ninguna expectativa que pudiera complicarle la vida.

Él debería haber sabido que tarde o temprano volvería a ellas.

—Que te diviertas —dijo Patricia.

—Eso intento.

Karla se despidió de los demás. Cuando pasó junto al escritorio de Dante, sus pasos se hicieron apenas más lentos.

Él esperó.

Podía levantar la vista. Preguntar a dónde iba, decir algo sobre el desconocido o recordarle que revisara si el restaurante tenía cebolla en todos los platillos. Podía convertirlo en una broma y obligarla a reaccionar.

No hizo nada.

—Buenas noches —dijo Karla finalmente.

Dante mantuvo los ojos en la pantalla.

—Buenas noches.

Ella permaneció allí una fracción de segundo antes de seguir caminando.

Cuando la puerta del elevador se cerró, Roberto giró su silla.

—Eso fue doloroso de ver.

—Entonces deja de mirar.

—¿No vas a decir nada?

—Ya le dije buenas noches.

—Sabes a qué me refiero.

Dante dejó el tenedor dentro del recipiente. Ya no tenía hambre.

—No es asunto mío.

Roberto abrió la boca, pero Claudia apareció detrás de él y negó con la cabeza. Por una vez, ambos entendieron que no debía haber apuestas, comentarios ni bromas.

Dante terminó la jornada y regresó a casa más tarde de lo habitual. Dog lo recibió con su entusiasmo de siempre, corriendo alrededor de sus piernas y trayendo una pelota que Dante lanzó varias veces sin prestar atención.

A las nueve comenzó el stream.

Sonrió frente a la cámara, saludó a los usuarios habituales y fingió que no revisaba el teléfono cada vez que la pantalla se iluminaba.

No esperaba que Karla le escribiera. No tenían ninguna razón para hablar fuera del trabajo y ella estaba en una cita con alguien que probablemente no renombraba archivos de manera absurda ni conocía todos sus hábitos.

Durante la segunda partida cometió un error que le costó la misión completa.

El chat se llenó de burlas.

—Sí, ya vi —dijo, intentando reírse—. Mi cerebro decidió abandonar el equipo.

Uno de los usuarios preguntó por la invitada de la semana anterior.

Dante leyó el mensaje y lo ignoró.

Dog levantó la cabeza desde el suelo.

—Ni tú —le advirtió.

El perro bostezó.

Terminó la transmisión antes de tiempo.

Karla no escribió.

La cita duró cincuenta y dos minutos.

Dante no lo supo aquella noche. Lo descubrió el lunes cuando Claudia preguntó por el hombre de la aplicación y Karla respondió que no habría una segunda cena.

—¿Tan mal estuvo? —preguntó Patricia.

—No estuvo mal.

—¿Entonces?

Karla movió algunos documentos sobre el escritorio.

—No teníamos nada en común.

Dante continuó trabajando.

—Eso se descubre hablando —dijo Roberto.

—Hablamos.

—¿Y?

—Me contó durante veinte minutos sobre criptomonedas.

—Eso sí es una causa válida para escapar —comentó Claudia.

Karla sonrió. Después miró involuntariamente hacia Dante.

Él no reaccionó.

Había decidido que no lo haría.

Si ella necesitaba distancia, se la daría. No iba a perseguirla por la oficina, exigir una explicación ni utilizar los meses que llevaba prestándole atención como una deuda que ella debía pagar. Cada café, cada postre y cada gesto habían sido decisiones suyas.

Karla no le había prometido nada.

Durante esa semana, Dante dejó de llevarle bebidas.

No se cambió de lugar en las reuniones ni dejó botellas junto a su teclado.

Cuando el equipo pidió comida y todos los platillos tenían cebolla, no hizo un pedido adicional.

Karla pasó varios minutos retirando los trozos de su ensalada con el tenedor.

Él fingió no verlo.

Aquello debería haber facilitado las cosas.

Sin embargo, cada vez que Dante evitaba intervenir, Karla parecía más irritada.

El miércoles llegó a su escritorio con una carpeta.

—Necesito que revises esto.

Dante la recibió.

—Claro.

Esperó que se quedara a explicar el proyecto o señalara algo que él debía corregir. Karla permaneció frente a él, moviendo los dedos alrededor de la correa de su bolso.

—¿Algo más? —preguntó.

—No.

—Lo tendré antes de las cuatro.

—Está bien.

Ella no se movió.

Dante abrió la carpeta.

—¿Karla?

—¿Qué?

—Estás bloqueando la luz.

—Tu pantalla tiene brillo.

—Entonces estás bloqueando mi aire.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Durante un instante, algo parecido a su dinámica habitual apareció entre ambos. Dante estuvo a punto de sonreír.

Karla también.

Pero ella retrocedió antes de que el momento pudiera crecer.

—Antes de las cuatro —repitió.

—Sí.

Regresó a su escritorio.

Dante la vio sentarse y abrir el correo con demasiada fuerza.

No entendía qué esperaba de él.

Ella había comenzado a evitarlo, así que él dejó de acercarse. Había vuelto a salir con desconocidos, por lo que Dante decidió recordar cuál era su lugar. No podía obligarla a reconocer algo que quizá solo existía en su imaginación.

A las tres y media dejó la carpeta revisada junto a su computadora.

Sin café.

Sin postre.

Sin comentario.

Karla levantó la vista.

—¿Ya está?

—Sí.

—Dijiste antes de las cuatro.

—Son las tres y media.

—Lo sé.

—Entonces cumplí.