Capítulo 7
Pequeñas cosas
Karla siempre había creído que enamorarse era un acontecimiento.
Algo evidente.
Grandes declaraciones.
Mensajes interminables.
Flores sin motivo.
Promesas hechas bajo la lluvia.
Había vivido suficiente para descubrir que todas esas cosas podían existir incluso cuando el amor no lo hacía.
Lo que nunca había considerado era la posibilidad de que alguien comenzara a romper sus defensas sin decir absolutamente nada.
Todo empezó un martes cualquiera.
—No tomes ese café.
Karla levantó la vista de la pantalla.
Dante acababa de entrar a la oficina con una bandeja de cuatro vasos.
—¿Perdón?
—La máquina de abajo se descompuso otra vez. Ese café sabe a plástico.
—Todavía no lo pruebo.
—No hace falta.
Él dejó un vaso frente a ella.
Capuchino.
Sin azúcar.
Menos espuma.
Exactamente como le gustaba.
Karla miró el vaso.
Después a él.
—No vuelvas a hacerlo.
—Buenos días para ti también.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—No necesito que me traigas café.
—Perfecto.
Él tomó el suyo y caminó hacia su escritorio.
Cinco minutos después, Karla seguía mirando el vaso.
No lo había pedido.
No se lo debía.
No existía ninguna intención oculta.
Simplemente...
Había recordado cómo le gustaba.
El jueves llegaron pizzas para todo el equipo.
Roberto hizo el pedido.
Como siempre.
—Mitad pepperoni, mitad especial de la casa —anunció mientras abría las cajas.
Karla se acercó.
La mitad especial estaba cubierta de cebolla.
Mucha cebolla.
Suspiró resignada.
—Puedo quitarla.
Antes de que tomara un plato, Dante deslizó una caja más pequeña hacia ella.
—Toma.
Karla la abrió.
Pizza individual.
Sin cebolla.
La miró.
—¿Cuándo pediste esto?
—Cuando Roberto dijo "especial de la casa".
—¿Cómo sabías que tendría cebolla?
—Porque siempre tiene.
—Pero...
—Y porque siempre terminas quitándola una por una mientras haces cara de sufrimiento.
Claudia levantó la vista.
—¿Cómo sabes eso?
Dante respondió sin pensar.
—Siempre se sienta frente a mí.
El silencio que siguió duró apenas dos segundos.
Pero Karla lo sintió mucho más largo.
Dante también.
—Quiero decir... en las comidas del viernes.
Roberto sonrió lentamente.
—Ajá.
—Cállate.
—Yo no dije nada.
Dante tomó una rebanada de su pizza y cambió de tema con tanta rapidez que nadie insistió.
Excepto Karla.
Porque durante el resto del almuerzo no pudo dejar de pensar en una pregunta muy sencilla.
¿Cuántas veces la había estado observando?
El viernes por la tarde toda la oficina estaba agotada.
El cliente había cambiado el brief por tercera vez y llevaban horas corrigiendo detalles que probablemente volverían a modificarse el lunes.
Karla llevaba tanto tiempo frente a la computadora que el cuello comenzaba a dolerle.
Sin darse cuenta, sacó el cuaderno de dibujos.
Solo quería hacer un boceto rápido.
Cinco minutos.
Nada más.
Cuando levantó la cabeza...
Había pasado casi una hora.
Toda la oficina estaba mucho más vacía.
Parpadeó confundida.
—¿Qué hora es?
—Las siete y cuarto.
La voz de Dante la hizo dar un pequeño salto.
Él seguía sentado frente a su computadora.
—¿Por qué no me avisaste?
—Estabas dibujando.
—¡Tenemos que entregar el archivo!
—Ya lo envié.
Karla abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Lo terminamos antes de que desaparecieras.
Ella revisó el correo.
El archivo estaba enviado.
Con copia al cliente.
Correctamente nombrado.
Sin errores.
Levantó la mirada.
—¿Lo revisaste?
—Tres veces.
—¿Y las modificaciones?
—También.
—¿Las fuentes?
—Sí.
—¿Los márgenes?
—Sí.
—¿La resolución?
—Sí.
Karla cerró lentamente la laptop.
—No confío en ti.
—Lo sé.
Abrió el archivo.
Todo estaba perfecto.
Incluso había corregido un error tipográfico que ella no había visto.
Lo miró otra vez.
—¿Por qué hiciste todo eso?
Dante giró en la silla.
—Porque estabas ocupada.
—Pudiste despertarme.
—No estabas dormida.
—Sabes a qué me refiero.
Él miró el cuaderno.
—Cada vez que dibujas...
...desapareces.
La frase quedó suspendida entre ambos.
—No quería sacarte de ahí.
Karla bajó la vista.
Nadie...
Jamás...
Había entendido eso.
Ni siquiera ella sabía explicarlo tan bien.
A partir de ese día comenzó a notar cosas.
Muchas cosas.
Demasiadas.
Dante siempre llegaba con una botella extra de agua porque sabía que ella olvidaba llenar la suya.
Sin decir nada.
Solo la dejaba junto al teclado.
Cuando había reuniones largas...
Él ocupaba el asiento junto al aire acondicionado.
Porque sabía que Karla siempre tenía frío.
Ella no lo descubrió hasta que un día él intercambió lugares con Roberto.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Aquí veo mejor.
—Yo también.
Solo semanas después Roberto comentó casualmente:
—Desde hace meses se cambia para que no te dé directo el aire.
Karla dejó de escribir.
—¿Qué?
—Sí.
Dice que luego empiezas a estornudar.
Dante casi se atragantó con el café.
—Roberto.
—¿Qué?
—Nada.
Los viernes...
Siempre aparecía un postre.
Nunca decía que era para ella.
Lo dejaba en la cocina.
Casualmente.
—Sobró.
—No quiero que se desperdicie.
—Creo que tiene cajeta.
Nunca insistía.
Nunca esperaba que le agradeciera.
Simplemente...
Lo dejaba ahí.
Un lunes especialmente complicado, Karla salió de una reunión con un dolor de cabeza insoportable.
Ni siquiera recordaba haber mencionado que las luces blancas le molestaban cuando estaba estresada.
Se dejó caer en su silla.
Cinco minutos después...
Sintió algo frío sobre el escritorio.
Levantó la vista.
Había una botella de agua.
Y un paquete pequeño de analgésicos.
Miró alrededor.
Dante estaba hablando por teléfono al otro lado de la oficina.
Ni siquiera la estaba viendo.
Esperó.
Cuando terminó la llamada, él pasó junto a su escritorio.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si fueras a hacer una pregunta.
—La iba a hacer.
—No tengo respuesta.
—¿Por qué haces estas cosas?
Dante siguió caminando.
—Porque sí.
—Eso no responde.
—Lo sé.
—Dante.
Él giró apenas la cabeza.
—Tómate la pastilla antes de que empieces a responder correos agresivos.
Y siguió caminando.
Esa noche...
Karla llegó a su departamento más cansada de lo normal.
Se quitó los zapatos.
Preparó café.
Abrió el cuaderno.
Pero no dibujó.
En cambio...
Comenzó a escribir.
Cosas raras que hace Dante.
Recuerda mi café.
Recuerda que odio la cebolla.
Siempre encuentra postres de cajeta.
Nunca me interrumpe cuando dibujo.
Se cambia de lugar para que no me dé el aire.
Lleva agua extra "por casualidad".
Compra analgésicos antes de que yo los pida.
Se quedó mirando la lista.
No era impresionante.
Ningún punto por sí solo significaba algo.
Eran detalles.
Pequeños.
Ridículamente pequeños.
Pero...
¿Por qué los recordaba?
¿Por qué prestaba tanta atención?
¿Por qué nadie antes lo había hecho?
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Renata.
Renata: ¿Cómo va la guerra con Dante?
Karla escribió una respuesta.
"Igual que siempre."
La leyó.
La borró.
Volvió a escribir.
"Ya no sé."
Tampoco la envió.
Apagó la pantalla.
El lunes siguiente ocurrió algo tan pequeño que cualquier otra persona lo habría ignorado.
Toda la oficina estaba reunida revisando una campaña cuando Karla comenzó a dibujar distraídamente sobre una hoja.
Ni siquiera era consciente de hacerlo.
Solo líneas.
Sombras.
Pequeñas figuras.
El director creativo hizo una pregunta.
Karla no respondió.
Seguía dibujando.
—Karla.
Nada.
—Karla.
Tampoco.
Dante tomó discretamente el lápiz entre dos dedos.
No se lo quitó.
Solo lo sostuvo.
Lo suficiente para que ella levantara la cabeza.
—¿Qué?
—Volviste.
Ella tardó dos segundos en entender.
Después miró el dibujo.
Había llenado media hoja.
Sin darse cuenta.
El director creativo continuó hablando como si nada hubiera pasado.
Nadie más había notado el gesto.
Solo ellos dos.
Cuando terminó la reunión, Karla caminó junto a Dante hacia sus escritorios.
—Gracias.
Él la miró confundido.
—¿Por qué?
—Por...
No terminó la frase.
No hacía falta.
Dante sonrió apenas.
—De nada.
Y siguió caminando.
Esa misma tarde, Claudia se sentó sobre el borde del escritorio de Karla.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Tú y Dante están saliendo?
Karla casi dejó caer el café.
—¿Qué?
—No digo que sí.
Solo pregunto.
—¡No!
—Entonces...
¿Por qué se comportan como matrimonio de cuarenta años?
Karla abrió la boca.
No encontró respuesta.
Porque Claudia tenía razón.
No había flores.
No había confesiones.
No había besos.
Ni siquiera había coqueteo evidente.
Solo...
Él sabía exactamente cómo le gustaba el café.
Ella sabía cuándo estaba fingiendo que todo iba bien.
Él recordaba cada pequeño detalle que ella olvidaba mencionar.
Ella empezaba a buscarlo con la mirada apenas entraba a la oficina.
No parecía romance.
Parecía costumbre.
Y, por alguna razón...
Eso asustaba mucho más.
Aquella noche, mientras cerraban la oficina, Dante pasó junto a su escritorio.
—¿Lista?
—Sí.
Apagó la computadora.
Guardó el cuaderno.
Tomó el bolso.
Cuando llegaron a la puerta principal, Karla se detuvo.
—Dante.
—¿Sí?
Ella lo observó unos segundos.
Quería preguntarle por qué hacía todo aquello.
Quería saber si era así con todo el mundo o solo con ella.
Quería entender por qué cada gesto, por pequeño que fuera, conseguía desarmarla un poco más.
En lugar de hacerlo, dijo:
—Gracias por el café de esta mañana.
Dante sonrió con esa tranquilidad que solo aparecía cuando dejaba de intentar hacerla enojar.
—No fue nada.
Karla sabía que mentía.
Porque, quizá para él, preparar un café no significaba gran cosa.
Pero para alguien que llevaba años sintiéndose invisible en los detalles cotidianos...
Había significado muchísimo.
Y eso era precisamente lo que empezaba a darle miedo.