Capítulo 6 #3
Dante se reclinó en la silla.
—Pregunta.
—¿Por qué haces tantas bromas?
La pregunta lo tomó desprevenido.
—Porque soy divertido.
—Eso está en discusión.
—Pensé que harías una pregunta seria.
—Es seria.
Dante miró hacia el salón principal. A través del cristal podía ver a las personas conversando, sonriendo y fingiendo interés en discursos que probablemente olvidarían al día siguiente.
—Supongo que es más fácil.
—¿Más fácil que qué?
—Que dejar silencios.
Karla no apartó la mirada.
—¿No te gustan?
—No todos.
—¿Por qué?
Dante pensó en la época que acababa de describir. En las horas dentro de su departamento sin hablar con nadie. En la forma en que el silencio había dejado de sentirse tranquilo y comenzó a parecerse a un peso.
—A veces el silencio deja demasiado espacio para pensar.
Karla asintió lentamente.
—Eso también lo entiendo.
—¿Tú por qué dibujas?
Ella apoyó las manos sobre el bolso.
—Porque pensar con palabras me cansa.
Dante esperó.
—Cuando dibujo no tengo que explicar nada —continuó—. No tengo que decidir si lo que siento tiene sentido. Solo lo pongo en algún lugar.
—¿Por eso no lo enseñas?
—En parte.
—¿Y la otra parte?
Karla sonrió sin humor.
—Porque cuando muestras algo que te importa, la gente puede decidir que no es suficiente.
Dante sintió algo apretarse en el pecho.
—Quien te haya hecho creer eso era un idiota.
Ella levantó la mirada.
—No sabes quién fue.
—No necesito saberlo.
La música cambió dentro del salón. Comenzó una canción más lenta y varias personas se acercaron a la pista improvisada frente al escenario.
Karla miró hacia allí.
—Deberíamos volver.
—¿Para qué?
—Para seguir trabajando.
—Ya hablamos con todos los que estaban en la lista.
—Podríamos hacer más contactos.
—Podríamos comer de verdad.
Ella miró los vasos vacíos.
—Comimos.
—Eso no cuenta. La mitad de las cosas cabían en una cuchara.
—¿Quieres irte?
Dante se encogió de hombros.
—Hay un restaurante frente al hotel.
Karla lo observó con cautela.
—Eso sonó como una invitación.
—Tenemos hambre.
—Tú tienes hambre.
—Te comiste dos postres.
—Eso no significa que haya cenado.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No dije eso.
Dante se levantó y tomó su abrigo.
—Podemos regresar al evento después.
—¿Después de cenar?
—Sí.
—Juntos.
—Así funciona cuando dos personas van al mismo lugar.
Karla no se movió.
—No es una cita.
Dante sostuvo su abrigo hacia ella.
—Nunca dije que lo fuera.
—Pero parece una.
—Solo si tú quieres que parezca una.
Los ojos de Karla se estrecharon.
Dante sonrió.
—O podemos llamarlo extensión de actividades laborales.
—Eso suena horrible.
—Cena profesional.
—Peor.
—Reunión gastronómica.
—Cállate.
Karla tomó el abrigo de sus manos y se lo puso.
—Solo porque la comida de aquí no cuenta.
—Por supuesto.
—Y regresaremos.
—Claro.
—Y cada quien paga lo suyo.
—Como siempre.
Ella comenzó a caminar hacia la salida.
Dante la siguió con una sonrisa que intentó ocultar.
El restaurante estaba lleno, pero encontraron una mesa pequeña junto a la ventana.
Compartieron una pizza sin cebolla después de discutir durante diez minutos sobre los ingredientes.
Karla insistió en que la piña no debía acercarse a ningún alimento salado.
Dante pidió una porción aparte solo para molestarla.
Hablaron de videojuegos, de dibujo y de las personas extrañas que aparecían en sus streams. Karla le contó que de niña llenaba los márgenes de sus cuadernos escolares con vestidos, rostros y cafeterías imaginarias.
Dante le confesó que había comenzado a transmitir porque hablar mientras jugaba le hacía sentir que su departamento estaba menos vacío.
Se rieron más de lo que discutieron.
Y cuando discutieron, ninguno parecía intentar ganar.
Al salir, el evento estaba a punto de terminar.
Karla miró la hora.
—No regresamos.
—Fue una cena larga.
—Dijiste que volveríamos.
—También dijiste que no era una cita.
Ella se detuvo en la acera.
—No lo fue.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Karla lo observó, intentando encontrar una burla en su expresión.
Dante no le dio ninguna.
Caminaron hasta el estacionamiento en silencio. Al llegar al coche de Karla, ella abrió la puerta, pero antes de entrar se volvió hacia él.
—Me divertí.
Las palabras parecieron sorprenderla incluso a ella.
Dante sintió que el pecho se le llenaba de algo peligroso.
—Yo también.
—Pero no fue una cita.
—Por supuesto que no.
Karla asintió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Ella entró al coche y cerró la puerta.
Dante esperó hasta que encendiera el motor. Karla bajó la ventana.
—Dante.
—¿Sí?
—El dibujo no está terminado.
—Ya me gustó así.
Karla sostuvo su mirada durante un segundo.
Después subió la ventana y se marchó.
Dante permaneció en el estacionamiento, observando las luces traseras desaparecer.
No había sido una cita.
Habían asistido por trabajo, hablado de trabajo y abandonado el evento por razones completamente prácticas.
Nada de aquello explicaba por qué seguía sonriendo.
Ni por qué, por primera vez en años, la idea de volver a casa solo le parecía un poco más difícil que antes.