Capítulo 6 #2
Había una pregunta escondida detrás de esas palabras. La misma que había hecho en su departamento, cuando quiso saber por qué recordaba tantos detalles.
Dante no podía responder con sinceridad.
Todavía no.
—Tienes opiniones fuertes —dijo—. Son difíciles de olvidar.
Karla bajó la mirada hacia el postre.
—Eso tiene más sentido.
La respuesta debería haberlo aliviado.
No lo hizo.
—Ven —dijo ella después de unos segundos—. Quiero sentarme.
Encontraron una mesa pequeña en una terraza cubierta junto al salón principal. Desde allí se veía la ciudad iluminada y el reflejo de las luces sobre las ventanas de los edificios. El ruido del evento llegaba amortiguado, lo suficiente para que pudieran hablar sin levantar la voz.
Karla dejó su bolso sobre una silla y el segundo postre frente a ella.
—¿Vas a comer ambos? —preguntó Dante.
—Sí.
—Solo preguntaba.
—Puedo compartir.
Él la miró.
—¿De verdad?
—No hagas que me arrepienta.
Karla empujó el vaso hacia el centro y colocó dos cucharas.
Dante tomó una.
—Esto parece familiar.
—No hables de la cena.
—No la mencioné.
—Tu cara sí.
Probaron el postre en silencio. Karla tenía razón: la mezcla de café era demasiado fuerte.
—No me gusta —dijo Dante.
Ella sonrió con satisfacción.
—Te lo dije.
—Lo dijiste después de que lo tomé.
—Pero lo pensé antes.
—Qué útil.
Karla comió otra cucharada.
—¿Siempre haces streams los fines de semana?
La pregunta lo sorprendió.
—Casi siempre.
—¿Y entre semana?
—Dos o tres noches.
—¿Después del gimnasio?
—A veces.
—Eso es mucho.
—Depende.
—¿No te cansa?
Dante giró la cuchara entre los dedos.
—Me ayuda a desconectarme.
—Pensé que el gimnasio hacía eso.
—También.
Karla lo observó con atención.
—Vas todos los días.
—Casi.
—Incluso cuando trabajamos hasta tarde.
—Especialmente esos días.
—¿Por disciplina?
Dante sonrió, aunque esta vez no había humor en el gesto.
—Al principio no.
Karla esperó.
Dante miró hacia la ciudad. No solía hablar de aquello. Mateo conocía una parte, su madre otra, pero en la oficina nadie sabía por qué había comenzado a entrenar ni por qué rara vez faltaba, aunque estuviera cansado.
Podía inventar algo ligero.
Decir que le gustaba verse bien o que necesitaba compensar su alimentación intuitiva.
Karla no estaba bromeando.
—Hubo una época en la que no estaba bien —dijo.
Ella no lo interrumpió.
—No pasó nada grande. Supongo que eso fue lo peor. No podía señalar una cosa y decir que era la causa. Solo estaba cansado todo el tiempo. Dormía mal, no quería salir, no contestaba mensajes. Me costaba concentrarme.
Karla dejó la cuchara.
—¿Cuánto duró?
—Meses.
—¿Y nadie lo notó?
Dante soltó una risa breve.
—Yo hacía bromas.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Ella comprendió.
La expresión de Karla se suavizó de una forma que él rara vez veía.
—¿Fuiste con un psicólogo?
—Sí. Después de un tiempo.
—¿Te ayudó?
—Mucho.
Dante apoyó los brazos sobre la mesa.
—Me recomendó crear rutinas pequeñas. Comer mejor, dormir, salir de casa. Mateo me llevó al gimnasio una mañana y lo odié.
—Eso sí lo imagino.
—No podía levantar nada, había demasiada gente y un hombre gritaba cada vez que tocaba una pesa.
Karla sonrió.
—¿Y regresaste?
—Al día siguiente.
—¿Por qué?
Dante tardó unos segundos en responder.
—Porque esa noche dormí.
La sonrisa de Karla desapareció.
—Ah.
—Después seguí regresando. Al principio solo caminaba, luego comencé a entrenar. No solucionó todo, pero me dio algo que podía hacer incluso cuando no tenía ganas de hacer nada.
—Una rutina.
—Sí.
—Algo que podías controlar.
Dante la miró.
—Supongo que sí.
Karla bajó la vista hacia sus manos.
—Eso lo entiendo.
Dante quiso preguntarle cuánto. Qué había necesitado controlar ella y por qué parecía construir sistemas alrededor de cada parte de su vida. No lo hizo.
—Ahora voy porque me gusta —continuó—. Pero en ese momento… creo que me sostuvo.
Karla levantó la mirada.
—No sabía eso de ti.
—No es algo que anuncie en las juntas.
—Podrías.
—Claudia intentaría organizar una sesión grupal.
—Y Roberto haría apuestas.
—Sobre quién llora primero.
Karla soltó una risa.
Dante sonrió, agradecido por la ligereza. No se arrepentía de haberle contado, pero sentía la incomodidad de haber dejado una puerta abierta.
—Gracias por decírmelo —dijo ella.
—No tienes que agradecer.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve.
Karla tomó su bolso y lo colocó sobre sus piernas. Sacó el cuaderno oscuro que Dante había corrido a devolver bajo la lluvia.
Él dejó de respirar durante un segundo.
—¿Qué haces?
—No te emociones.
—Estoy intentando no hacerlo.
Karla retiró la cinta elástica.
—Solo voy a enseñarte algunos.
Dante se inclinó un poco hacia ella.
—Puedo esperar.
—Ya decidí hacerlo.
Abrió el cuaderno por una página cercana a la mitad.
El primer dibujo era una cafetería vista desde la calle.
Había personas detrás de los cristales, plantas colgando del techo y pequeñas imperfecciones en las líneas que hacían que la escena pareciera viva.
El siguiente mostraba a una mujer sentada en el metro, dormida contra la ventana.
Después había manos, zapatos, edificios, rostros y pequeñas escenas cotidianas que Dante reconocía vagamente de la oficina.
—Son increíbles —dijo.
Karla mantuvo la mirada sobre la página.
—No tienes que exagerar.
—No estoy exagerando.
Pasó con cuidado a la siguiente.
Había un dibujo de Dog dormido junto al sofá.
Dante levantó la vista.
—¿Cuándo hiciste esto?
—En tu departamento.
—No te vi.
—Estabas haciendo el stream.
El dibujo capturaba la forma en que una de las orejas de Dog se doblaba hacia atrás y cómo sus patas se extendían sobre la alfombra.
—Se ve mejor que en persona.
—No es difícil.
—Dog se va a ofender.
Karla pasó otra página.
Dante se quedó quieto.
Era él.
Estaba sentado frente a la computadora, usando audífonos y sonriendo hacia la pantalla. Dog apoyaba la cabeza sobre su pierna. No era un retrato detallado, sino un conjunto de líneas rápidas, pero se reconocía perfectamente.
—También dibujaste esto ese día.
Karla intentó cerrar el cuaderno.
Dante colocó una mano sobre la esquina de la página, sin tocarla a ella.
—Espera.
—No está terminado.
—No importa.
—Sí importa.
—¿Por qué?
Karla levantó la mirada.
—Porque no me gusta enseñar cosas incompletas.
—A mí sí me gusta.
—Tú entregas archivos llamados final ahora sí.
—Exacto. Tengo experiencia con lo incompleto.
Ella casi sonrió.
Dante volvió a mirar el dibujo.
—Nunca me había visto así.
—¿Así cómo?
No supo responder.
Tranquilo, quizá. Feliz. Más suave de lo que se sentía desde dentro.
—No sé —admitió.
Karla observó la página.
—Te veías diferente.
—Eso dijiste en mi departamento.
—Porque era verdad.
—¿Diferente a qué?
Ella cerró el cuaderno con cuidado.
—Al Dante del trabajo.
—¿Cuál te cae mejor?
Karla ajustó la cinta alrededor de la cubierta.
—No voy a responder eso.
—Eso significa que el de casa.
—Significa que no voy a responder.
—Puedo vivir con la duda.
—Mentira.
—Cierto.
Karla guardó el cuaderno.
—Ahora tú.
—¿Yo qué?
—Ya sabes algo que no le cuento a cualquiera.
—Sé varias cosas.
—No abuses.