Capítulo 6
No era una cita… ¿o sí?
Dante supo que la noche iba a complicarse cuando vio a Karla bajar del automóvil.
No porque llegara tarde. Karla jamás llegaba tarde. Tampoco porque hubiera olvidado algo o apareciera vestida de forma inadecuada. Karla no olvidaba cosas importantes y parecía incapaz de elegir ropa sin considerar primero el lugar, la iluminación y la impresión que quería causar.
El problema era precisamente ese.
Había elegido demasiado bien.
Llevaba un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo sin resultar exagerado, un abrigo claro sobre los hombros y el cabello recogido en una coleta baja que dejaba algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
Sus aretes brillaron cuando cerró la puerta del coche y comenzó a caminar hacia él con la expresión seria de alguien que estaba a punto de revisar un contrato.
Dante llevaba casi cinco minutos esperándola frente al hotel donde se realizaría el evento, pero de pronto olvidó por qué estaban allí.
Karla se detuvo a pocos pasos.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando.
—Tengo ojos.
—Úsalos con discreción.
Dante sonrió y extendió una mano hacia la entrada.
—Buenas noches para ti también.
—Buenas noches. ¿Trajiste las acreditaciones?
—Sí.
—¿Las dos?
—Sí.
—¿Revisaste que nuestros nombres estuvieran bien?
—Karla.
—Es una pregunta válida.
—Las revisé tres veces.
Ella levantó las cejas.
—¿Tres?
—Estoy intentando convertirme en alguien digno de tu confianza.
—Eso puede tomar años.
Dante sacó las acreditaciones del bolsillo interno de su saco. Karla tomó la suya, leyó el nombre y comprobó el código de acceso.
—Está bien.
—Gracias. Temía haber olvidado cómo te llamabas.
—No sería sorprendente.
—Tu nombre aparece en la mitad de mis correos.
—Porque siempre haces algo mal.
—Y tú siempre estás ahí para señalarlo.
La frase salió con más suavidad de la que pretendía. Karla levantó la mirada, pero Dante ya se había girado hacia las puertas de cristal.
El evento era una exposición anual de diseño, publicidad y tecnología organizada por uno de los clientes más importantes de la agencia.
Habían recibido dos invitaciones porque el director creativo estaba enfermo y Claudia había rechazado asistir con una explicación demasiado extensa sobre zapatos incómodos, conversaciones forzadas y personas que usaban la palabra sinergia sin ironía.
Karla había sido la elección evidente.
Dante no.
Según Claudia, lo habían enviado porque sabía hablar con desconocidos sin parecer que estaba negociando una rendición. Según Karla, lo habían enviado porque nadie más estaba disponible.
Dante prefería la primera versión.
El vestíbulo del hotel estaba lleno de personas con copas en las manos y gafetes colgando del cuello. Había pantallas gigantes proyectando campañas, mesas con muestras de productos y una música elegante que nadie parecía escuchar.
Karla apenas cruzó la entrada, comenzó a observarlo todo.
—El registro está a la derecha —dijo.
—Ya estamos registrados.
—Debemos confirmar asistencia.
—Tenemos acreditaciones.
—También hay que recoger el programa.
—Podemos verlo en el teléfono.
Ella se detuvo.
—¿Vas a cuestionar cada paso?
—Solo los innecesarios.
—Confirmar nuestra asistencia no es innecesario.
—Estamos físicamente aquí.
—Dante.
—Karla.
La mujer del registro los miró acercarse.
—Buenas noches. ¿Nombres?
Karla respondió antes que él.
—Karla Méndez y Dante Lozano, de Ángulo Creativo.
La mujer buscó sus datos en una tableta.
—Aquí están. ¿Asisten juntos?
—Sí —respondió Dante.
—No —dijo Karla al mismo tiempo.
La mujer levantó la vista.
Dante giró hacia ella.
—Llegamos juntos.
—Preguntó si asistimos juntos.
—Eso es exactamente lo que hacemos.
—Por trabajo.
—No preguntó por qué.
La mujer intentó ocultar una sonrisa mientras les entregaba dos programas.
—Que disfruten la noche.
Karla tomó el suyo.
—Gracias.
Dante esperó hasta alejarse del mostrador.
—Eso fue sospechoso.
—¿Qué cosa?
—Tu necesidad de aclarar que no estamos juntos.
—Porque no lo estamos.
—Nadie dijo lo contrario.
—Ella lo insinuó.
—Solo preguntó si asistíamos juntos.
—Y no era una pregunta personal.
—Entonces, ¿por qué te pusiste nerviosa?
Karla siguió caminando.
—No estoy nerviosa.
—Casi arrancas el programa.
Ella miró el papel ligeramente doblado entre sus dedos y lo alisó con la palma.
—Está mal impreso.
Dante soltó una risa.
—Claro.
Durante la primera hora hicieron exactamente lo que habían ido a hacer. Saludaron al cliente, hablaron con dos posibles proveedores y asistieron a una presentación sobre nuevas tendencias de consumo que utilizó la palabra autenticidad diecisiete veces sin explicar qué significaba.
Karla tomó notas.
Dante contó las veces que el expositor dijo “experiencia”.
Cuando salieron de la sala, ella cerró su libreta.
—¿Escuchaste algo?
—Treinta y cuatro experiencias.
—Hablo de la presentación.
—Yo también.
—Era importante.
—Dijo lo mismo durante cuarenta minutos.
—Hubo datos útiles.
—Hubo una gráfica circular con seis tonos de azul.
—La gráfica no era el punto.
—Entonces eligieron demasiados tonos.
Karla intentó mantener la seriedad, pero la comisura de sus labios se movió.
Dante la señaló.
—Eso fue una sonrisa.
—No.
—La vi.
—Estás obsesionado con mis reacciones faciales.
—Son difíciles de conseguir.
—No son un premio.
—Eso las hace más interesantes.
Karla desvió la mirada hacia una mesa llena de aperitivos.
—No he comido.
—Eso explica tu estado de ánimo.
—Mi estado de ánimo está bien.
—Amenazaste con abandonar la presentación cuando dijeron “ecosistema de marca”.
—Porque no tenía sentido.
—Estuviste a punto de levantarte.
—Solo cambié de posición.
—Con tu bolso en la mano.
Ella caminó hacia la comida.
—Voy a ignorarte.
—Eso dijiste hace tres años.
La mesa ofrecía pequeñas porciones que parecían diseñadas para ser fotografiadas, no para alimentar a nadie. Karla tomó una copa de agua mineral y examinó las opciones.
—Esto tiene cebolla —dijo.
—Todo tiene cebolla.
—¿Por qué?
—Para generar conversación.
Dante tomó dos bocados de una bandeja y le entregó uno.
—Ese no tiene.
Karla lo revisó.
—¿Cómo sabes?
—Pregunté.
—¿Cuándo?
—Mientras tú cuestionabas al proveedor sobre los tiempos de entrega.
Ella tomó el aperitivo.
—Gracias.
—De nada.
El intercambio fue tan sencillo que ambos se quedaron en silencio durante un segundo.
Dante bebió un poco de su copa y miró hacia el salón.
La cena en Amaretto había cambiado la forma en que interpretaba esos momentos.
Antes, cualquier gesto amable de Karla era una excepción que él guardaba con cuidado.
Ahora comenzaban a ocurrir con suficiente frecuencia para que resultaran peligrosos.
—No te acostumbres —añadió ella.
Dante sonrió.
—Ahí estás.
Karla puso los ojos en blanco, pero comió lo que él le había dado.
Recorrieron el área de exhibición y se detuvieron frente a una instalación interactiva formada por pantallas que respondían al movimiento de las personas. Karla se acercó con interés, observando cómo las figuras cambiaban de forma cuando alguien pasaba frente a ellas.
—Esto sí está bien hecho —dijo.
—¿Bien hecho?
—Muy bien hecho.
—Eso es prácticamente una ovación.
Ella ignoró el comentario y se acercó más. Las formas proyectadas se transformaban en líneas, manchas de color y figuras que parecían dibujadas a mano.
—Me gusta cómo conservaron las imperfecciones —añadió—. No se siente demasiado limpio.
—Pensé que te gustaban las cosas limpias.
—Organizadas. No perfectas.
Dante la observó.
—No sabía que había diferencia.
—La perfección no existe. El orden sí.
—Eso debería estar escrito en tu escritorio.
—Podría ponerlo.
—Debajo de una amenaza.
Karla sonrió y continuó mirando la pantalla.
Había algo distinto en ella cuando hablaba de imágenes.
Su voz perdía la rigidez habitual y sus manos comenzaban a moverse mientras explicaba.
Dante la había visto hacer lo mismo en reuniones cuando defendía una idea visual, pero ahí no estaba intentando convencer a ningún cliente. Solo estaba interesada.
—¿Dibujarías algo así? —preguntó.
La expresión de Karla cambió.
—¿Así cómo?
—Con líneas sueltas. Como esas.
—Tal vez.
—Me dijiste que algún día me demostrarías que no dibujabas mal.
Ella se cruzó de brazos.
—No dije cuándo.
—Pensé que hoy podía ser el día.
—No traje mi cuaderno.
—Lo revisaste antes de salir. Está en tu bolso.
Karla lo miró.
Dante levantó ambas manos.
—Lo vi cuando sacaste la libreta de notas.
—No significa que vaya a enseñártelo.
—Solo señalé que lo tienes.
—Con una intención evidente.
—Tengo curiosidad.
—Eso no te da derecho.
—Lo sé.
La respuesta pareció sorprenderla.
Dante desvió la atención hacia la instalación.
—No tienes que mostrarme nada.
Karla permaneció callada.
Él sintió que había arruinado el momento. Tal vez la conversación sobre el cuaderno seguía siendo demasiado sensible. La última vez que preguntó, ella lo había cerrado como si intentara proteger algo vivo.
—Vamos —dijo—. Vi una mesa con postres y creo que había algo con cajeta.
Karla giró de inmediato.
—¿Dónde?
Dante sonrió.
—Sabía que eso funcionaría.
Ella le dio un golpe ligero en el brazo con el programa.
—Eres manipulador.
—Pero efectivo.
Encontraron la mesa de postres al fondo del salón. Había tartaletas, chocolates, pequeños pasteles y vasos transparentes con distintas cremas. Karla recorrió cada bandeja hasta localizar una etiqueta que decía mousse de cajeta con nuez.
Tomó uno.
Después otro.
Dante levantó una ceja.
—¿Dos?
—Uno puede estar mal hecho.
—¿Y necesitas un segundo para confirmar?
—Es control de calidad.
—Admiro tu compromiso profesional.
Karla probó el primero. Su expresión cambió de inmediato.
—Está bueno.
—Eso fue rápido.
—Tiene suficiente cajeta.
—Tu sistema de evaluación es riguroso.
Dante tomó un vaso.
—No te va a gustar.
—¿Por qué?
—Tiene café.
—Me gusta el café.
—No mezclado con cajeta.
—No sabes eso.
—Lo mencionaste en la cena.
Karla lo miró.
—Otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Recuerdas todo lo que digo.
Dante sostuvo el vaso sin probarlo.
—No todo.
—Demasiado.