Capítulo 5 #3
Karla se sentó en el brazo del sofá, convencida de que solo observaría unos minutos.
Permaneció casi media hora.
Dante jugaba bien, aunque no tanto como él parecía creer. Fallaba, se burlaba de sí mismo y conversaba al mismo tiempo. Cuando un jugador de su equipo cometía un error, no gritaba ni lo culpaba. Se reía, explicaba qué había ocurrido y volvía a intentarlo.
Era paciente.
Eso era nuevo.
En la oficina, Dante parecía vivir para alterar el orden. En casa, cuidaba cada palabra con las personas que lo observaban. Recordaba detalles de sus vidas, agradecía las donaciones y se detenía para responder preguntas que podía haber ignorado.
En un momento, uno de los mensajes mencionó que había tenido un mal día.
Dante dejó de jugar durante unos segundos.
—No tienes que contar qué pasó si no quieres —dijo mirando la pantalla—, pero quédate un rato. Aquí por lo menos podemos fallar juntos y fingir que es parte del plan.
No lo dijo como una frase motivacional ni como alguien que necesitara verse profundo. Lo dijo con sencillez.
El chat respondió con corazones.
Karla bajó la mirada hacia sus manos.
Comprendió por qué la gente regresaba.
Dog se levantó y caminó hacia ella. Apoyó el hocico sobre su rodilla y Karla comenzó a acariciarlo.
Dante la vio.
No dijo nada.
Solo sonrió antes de volver al juego.
Karla sintió algo extraño. Una incomodidad suave, distinta a la que le provocaban sus bromas. Era como si hubiera entrado esperando confirmar todo lo que creía saber de él y, en cambio, cada detalle del departamento estuviera contradiciéndola.
El orden.
Las plantas.
El perro rescatado.
Las fotografías.
La paciencia con su audiencia.
La forma en que se reía cuando no estaba intentando sacarla de quicio.
No parecía otra persona.
Ese era el problema.
Seguía siendo Dante. Solo que ella había visto una parte mínima de él durante años y había decidido que era suficiente para entenderlo por completo.
Cuando terminó la partida, Dante silenció el micrófono y giró hacia ella.
—Pensé que te habías ido.
—Dog no me dejó.
El perro seguía apoyado contra sus piernas.
—Claro. Dog.
—¿Siempre hablas así con ellos?
—¿Así cómo?
—Como si los conocieras.
Dante se encogió de hombros.
—Algunos llevan mucho tiempo aquí.
—Pero no los conoces de verdad.
—No necesito saber todo sobre alguien para tratarlo bien.
Karla sintió el peso de la frase.
—No dije que los trataras mal.
—No hablaba de ellos.
Ella levantó la mirada.
Dante sostuvo sus ojos durante un instante y después volvió a activar el micrófono.
—Tengo que terminar —dijo—. Puedes quedarte si quieres.
Karla debería haber respondido que no.
En cambio, se acomodó mejor en el sofá.
—Solo hasta que termine la siguiente partida.
Dante sonrió hacia la pantalla.
—Por supuesto.
La siguiente partida se convirtió en dos.
Cuando Karla se dio cuenta, había pasado más de una hora. El sol comenzaba a bajar detrás de los edificios y el departamento se llenaba de una luz naranja que suavizaba los muebles.
Dante terminó la transmisión, agradeció a todos y prometió volver al día siguiente. Cuando apagó la cámara, se quitó los audífonos y dejó escapar un suspiro.
—¿Y bien?
Karla cruzó las piernas.
—Eres menos malo de lo que esperaba.
—Eso es lo más bonito que me has dicho.
—No te acostumbres.
—Ya me lo dijiste antes.
—Necesitas recordatorios frecuentes.
Dante se levantó y estiró los brazos. Dog corrió hacia él y recibió varias caricias.
—¿Tienes hambre?
—No.
Su estómago eligió ese momento para contradecirla.
Dante levantó una ceja.
—Fue Dog.
El perro la miró.
—No lo culpes.
—Tengo comida.
—Tengo que irme.
—También tienes hambre.
—Puedo comer en casa.
—Claro. Después de manejar, cambiarte y decidir qué pedir. En una hora y media.
—No planeo cambiarme.
—Entonces una hora.
Karla miró el reloj.
Podía irse. Debía irse. Ya había permanecido mucho más de los cinco minutos prometidos y no existía ninguna razón para convertir la entrega de un disco duro en una tarde completa.
—¿Qué tienes? —preguntó.
Dante intentó ocultar su satisfacción.
—Pasta.
—¿Hecha por ti?
—No confíes tanto.
—Entonces no.
—Del restaurante de abajo.
—Eso es distinto.
Dante tomó su teléfono.
—Sin cebolla.
Karla lo miró.
—No digas nada —pidió él—. Tengo buena memoria.
La frase le resultó familiar, pero esta vez no sintió decepción.
Mientras Dante hacía el pedido, Karla observó el departamento una vez más. Dog descansaba junto a sus pies. Las luces del equipo estaban apagadas y la pantalla reflejaba apenas la silueta de Dante hablando por teléfono.
Era extraño estar ahí.
Más extraño aún era no querer irse.
La primera grieta en la imagen que tenía de Dante no había aparecido durante la cena ni cuando corrió bajo la lluvia para devolverle el cuaderno.
Había aparecido al verlo sonreír frente a una cámara, con su perro a un lado, ofreciendo compañía a desconocidos sin esperar nada a cambio.
Karla había pasado años convencida de que Dante se tomaba todo a la ligera.
Ahora comenzaba a sospechar que se tomaba en serio muchas cosas.
Solo no permitía que nadie lo notara.