Capítulo 5 #2
—En teoría.
—¿Cuánta gente?
Dante se apoyó en el borde del escritorio.
—Depende del día.
—Eso no es un número.
—A veces cien. A veces trescientas.
Karla se volvió hacia él.
—¿Trescientas personas te ven jugar videojuegos?
—También hablo.
—Eso lo hace peor.
—A algunas personas les gusta mi voz.
—Eso me preocupa.
Dante llevó una mano al pecho.
—No tienes que herirme en mi propia casa.
Karla miró otra vez la pantalla. Había clips guardados, mensajes del chat y dibujos enviados por seguidores. Uno mostraba a Dante y a Dog como personajes de un juego de aventuras.
—¿Dog aparece?
—Es la estrella.
—Eso sí lo entiendo.
—A veces se sienta junto a mí. La gente pregunta por él si no sale.
Karla imaginó a Dante frente a la cámara, jugando, leyendo mensajes y hablando con desconocidos. No encajaba con el hombre que veía en la oficina. O quizá sí, pero de una forma que ella no había considerado.
—¿Vas a transmitir hoy? —preguntó.
—En media hora.
—Entonces debería irme.
—Todavía tienes tiempo.
—No quiero interrumpir.
—No interrumpes.
La respuesta salió sin burla.
Karla giró hacia él.
Dante estaba observándola con una expresión tranquila. No parecía estar preparando una broma ni esperando que ella discutiera. Aquello le resultó más difícil de manejar que cualquiera de sus provocaciones.
—Solo me quedaré hasta que empieces —dijo.
—Claro.
—Por Dog.
—Por supuesto.
El perro levantó la cabeza al escuchar su nombre y golpeó la alfombra con la cola.
Dante regresó a la cocina. Karla lo siguió, no porque quisiera seguir hablando, sino porque permanecer sola junto al escritorio habría hecho evidente que estaba demasiado interesada.
La cocina también estaba ordenada. Había imanes en el refrigerador, una lista de compras escrita con letra torpe y una fotografía de Dog usando un gorro de cumpleaños. Karla se acercó a leer la lista.
Leche. Huevos. Pollo. Comida para Dog. Algo verde para no morir.
—¿“Algo verde”? —preguntó.
Dante abrió un gabinete.
—Es una categoría amplia.
—Las verduras tienen nombres.
—No quiero encariñarme.
—¿Comes mal?
—Como de manera intuitiva.
—Eso significa que sí.
—Entreno todos los días. Mi cuerpo compensa.
—No funciona así.
—Hasta ahora sigo vivo.
Dante sacó una bolsa de galletas y se la ofreció.
Karla tomó una.
—¿Tienen cajeta?
—No.
Ella lo miró.
—¿Entonces por qué me las ofreces?
—Perdón. Olvidé que tu paladar tiene una sola personalidad.
—Tengo gustos variados.
—Sí. Cajeta líquida, sólida y horneada.
Karla probó la galleta.
—No está mal.
—Las hice yo.
Ella dejó de masticar.
—No.
—Sí.
—Tú no horneas.
—A veces.
—¿Desde cuándo?
Dante abrió el refrigerador y sacó un recipiente.
—Desde que descubrí que comprar premios para Dog era más caro que hacerlos.
Karla miró las galletas.
—¿Estas son para el perro?
—No. Esas están en otro frasco.
Ella revisó la que sostenía.
—¿Estás seguro?
—Casi.
Karla dejó la galleta sobre la mesa.
Dante soltó una carcajada.
No la risa breve que usaba en la oficina cuando conseguía molestarla. Fue una risa abierta, profunda, acompañada por la forma en que inclinó la cabeza hacia atrás. Karla lo observó sin querer hacerlo.
Se veía distinto.
Más joven, quizá. Menos cuidadoso.
No había desafío en su expresión ni una respuesta preparada esperando detrás de los labios. Solo diversión sincera.
—Estoy bromeando —dijo—. Son para humanos.
—No fue gracioso.
—Tu cara dice lo contrario.
—Mi cara está evaluando si puedo demandarte.
—Eso también es cariño.
Karla tomó otra galleta.
—No sabes qué significa esa palabra.
La sonrisa de Dante perdió fuerza durante una fracción de segundo.
—Puede ser.
Ella se arrepintió de inmediato. El comentario había sido automático, uno de tantos que intercambiaban sin pensar, pero en su departamento sonó más duro.
—No lo dije…
—Está bien —interrumpió él—. No tienes que arreglarlo.
Dante cerró el gabinete y volvió hacia el escritorio. Karla permaneció junto a la mesa, incómoda por el silencio.
Dog se acercó a ella con un juguete de cuerda en la boca.
—No sé jugar contigo —le dijo.
Dog dejó el juguete frente a sus pies.
—Eso fue muy claro —comentó Dante desde la sala.
Karla recogió la cuerda y la lanzó. Dog corrió detrás de ella, resbaló un poco al cambiar de dirección y regresó casi de inmediato.
—Otra vez —dijo Dante.
—No necesita instrucciones.
—Me refería a ti.
Karla volvió a lanzar el juguete.
Durante los siguientes minutos, Dog cruzó el departamento de un lado a otro mientras Dante preparaba su equipo. Karla lo observó ajustar el micrófono, revisar la cámara y responder mensajes en el teléfono.
Se movía con seguridad, pero sin la energía caótica que llevaba a la oficina. Todo tenía un orden que ella no esperaba. Revisó el audio, organizó las ventanas en la pantalla y dejó un espacio libre junto a la silla para que Dog pudiera acostarse.
—Eres organizado —dijo.
Dante miró por encima del hombro.
—No suenes tan decepcionada.
—En la oficina no lo pareces.
—En la oficina te tengo a ti.
—¿Eso qué significa?
—Que tú organizas suficiente por todos.
—No es un cumplido.
—No pretendía que lo fuera.
Karla dejó el juguete cuando Dog se cansó y se tumbó cerca del escritorio.
—Entonces, ¿tu desorden es intencional?
—No siempre. Pero sé dónde está lo importante.
—Olvidaste el disco duro.
—Sabía que tú lo encontrarías.
—Eso es aprovecharte de mí.
—Eso es confiar en tus habilidades.
Karla cruzó los brazos.
—¿Haces eso con todos?
—¿Qué cosa?
—Confiar en que alguien más arreglará lo que dejas.
Dante dejó de mover el ratón.
—No.
La respuesta fue corta.
Karla esperó una explicación, pero él se limitó a revisar otra ventana en la pantalla.
—Entonces, ¿por qué conmigo?
Dante la miró.
Por un instante, la expresión que apareció en su rostro fue demasiado seria. Karla sintió el impulso de retroceder, aunque no se movió.
—Porque siempre respondes —dijo él.
Ella recordó la conversación en la oficina. La misma frase. El mismo tono que parecía esconder algo.
—Eso no responde.
—Es lo más cerca que vas a estar hoy.
Antes de que Karla pudiera insistir, Dante presionó un botón y una luz roja se encendió junto a la cámara.
—¿Ya empezaste?
—Todavía no. Pero el chat puede verme en unos segundos.
Karla se apartó de inmediato.
—No quiero salir.
—No vas a salir.
—La cámara apunta hacia aquí.
—Apenas cubre el escritorio.
Ella se colocó detrás del monitor para comprobarlo.
—Eso es peor. Ahora parece que me escondo.
—Porque te estás escondiendo.
—No quiero que desconocidos me vean en tu departamento.
Dante arqueó una ceja.
—Esa frase sonó más interesante de lo que pretendías.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
El chat comenzó a moverse en la pantalla. Aparecieron saludos, emoticonos y mensajes preguntando por Dog.
Dante se sentó.
—Puedes esperar en la sala hasta que termine de saludar.
—Solo quería ver cómo era.
—¿Estás curiosa?
—Estoy evaluando qué tan extraño eres fuera del trabajo.
—Vas a necesitar más de cinco minutos.
Él se colocó los audífonos y sonrió hacia la cámara.
—Buenas tardes, gente. Hoy intentaremos terminar la misión que ayer me hizo perder la poca dignidad que me quedaba.
Su voz cambió ligeramente. No de manera falsa, sino más cálida.
Saludó a varias personas por sus nombres de usuario, preguntó por alguien que había mencionado un examen y felicitó a otra persona por haber conseguido trabajo.
Dog se acercó al escuchar el tono de Dante y apoyó la cabeza sobre su pierna.
El chat reaccionó de inmediato.
Dante bajó una cámara pequeña y enfocó al perro.
—Sí, aquí está. Llegó tarde porque estaba entreteniendo a una invitada.
Karla abrió mucho los ojos.
Él la miró de reojo y sonrió.
—No, no van a verla. Compórtense.
Los mensajes comenzaron a pasar más rápido.
¿Invitada?
Dante tiene novia.
Dog consiguió una mamá.
Karla sintió que el calor subía a su rostro.
—Voy a matarte —susurró.
—El micrófono escucha bastante bien —murmuró él sin dejar de sonreír.
Ella se tapó la boca.
Dante soltó una risa y regresó la cámara a su posición.
—No es mi novia. Es alguien del trabajo que vino a salvar un proyecto porque, aparentemente, no sé cuidar objetos importantes.
Karla lo miró con advertencia.
—Eso sí es verdad —añadió él.
El chat continuó bromeando. Dante respondió con naturalidad, sin parecer incómodo ni intentar impresionar a nadie. Cuando alguien escribió un comentario agresivo, él no reaccionó con enojo. Simplemente lo ignoró y continuó hablando con el resto.