Los viernes no son para enamorarse Capítulo 5
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Capítulo 5

El chico que llamaba Dog a su perro

Karla no tenía ninguna razón válida para estar frente al edificio de Dante un sábado por la tarde.

La carpeta que llevaba bajo el brazo podía haber esperado hasta el lunes.

No contenía documentos urgentes, contratos firmados ni información que pusiera en riesgo el proyecto.

Eran únicamente unas muestras corregidas y un disco duro que él había dejado en la sala de juntas después de asegurar, con absoluta confianza, que no olvidaba cosas importantes.

Tampoco era necesario que ella se los llevara personalmente. Podía haberle enviado un mensaje. Podía haber pedido un servicio de mensajería. Incluso podía haber dejado que Dante descubriera su error el lunes y disfrutado el momento en que tuviera que admitir que necesitaba algo de ella.

En cambio, estaba estacionada frente a su edificio, mirando la dirección que él le había enviado y preguntándose en qué momento había comenzado a tomar decisiones tan poco eficientes.

Su teléfono vibró.

Dante: Tercer piso. El timbre no sirve. Golpea la puerta como si vinieras a cobrarme dinero.

Karla leyó el mensaje dos veces.

Karla: Puedo volver el lunes.

La respuesta apareció de inmediato.

Dante: Ya estacionaste.

Karla levantó la vista hacia las ventanas.

Karla: ¿Me estás vigilando?

Dante: Tu coche es difícil de ignorar.

Karla: Es gris.

Dante: Lo estacionaste en diagonal.

Karla miró por el retrovisor y comprobó la posición del automóvil. No estaba en diagonal. Apenas una de las ruedas rozaba la línea blanca.

Dante: Estás revisando, ¿verdad?

Ella apagó el teléfono sin responder.

El edificio era moderno, aunque no ostentoso.

Tenía una fachada de ladrillo oscuro, balcones pequeños y plantas que parecían sobrevivir gracias al personal de mantenimiento, no a los residentes.

Karla subió los tres pisos por las escaleras porque el elevador tenía un cartel que anunciaba una falla temporal y porque se negó a imaginar a Dante observándola llegar sin aliento.

Cuando alcanzó el tercer piso, localizó la puerta con el número treinta y dos y tocó tres veces.

No obtuvo respuesta.

Volvió a tocar, esta vez con más fuerza.

Desde el interior se escuchó un golpe, algo que cayó al piso y una voz masculina diciendo una palabra que Karla no habría usado delante de un cliente. Después llegaron pasos apresurados y el sonido de uñas arañando la madera.

—Espera —dijo Dante desde dentro—. No puedes recibir visitas así.

Karla frunció el ceño.

—¿Estás hablando conmigo?

—No.

—Eso no mejora la situación.

La puerta se abrió apenas unos centímetros. Dante apareció detrás, con el cabello desordenado, una camiseta negra y unos pantalones deportivos. No parecía haberse preparado para recibirla, aunque había tenido al menos veinte minutos desde que ella avisó que iba en camino.

—Hola —dijo.

Karla levantó el disco duro.

—Olvidaste esto.

—Sabía que estaba en buenas manos.

—No sabías dónde estaba.

—Pero confiaba en que aparecería.

—Eso no es confianza. Es irresponsabilidad.

Dante sonrió y abrió un poco más la puerta.

—¿Quieres pasar?

—No.

Algo empujó desde el otro lado. Dante perdió el equilibrio por un segundo y la puerta se abrió por completo.

Un perro grande, de pelaje dorado y orejas caídas, salió disparado al pasillo.

Karla apenas tuvo tiempo de dar un paso atrás antes de que el animal se levantara sobre las patas traseras y apoyara las delanteras contra sus brazos. El impacto la obligó a sujetarse de la pared.

—¡Dog! —exclamó Dante—. Abajo.

El perro no obedeció. Olfateó el bolso de Karla, su abrigo y después intentó lamerle la barbilla.

—¿Dog? —preguntó ella mientras giraba el rostro para evitar la lengua—. ¿Se llama Dog?

Dante sujetó al animal por el collar y consiguió bajarlo.

—Es un nombre.

—Es la palabra “perro” en inglés.

—Por eso es fácil de recordar.

Karla miró al animal. Dog movía la cola con tanta fuerza que golpeaba la pared.

—Dime que era un nombre provisional.

—Lo fue durante cuatro años.

—Eso es terrible.

—A él le gusta.

—No sabe lo que significa.

Dante se agachó y acarició al perro detrás de las orejas.

—No la escuches. Está celosa porque su nombre no describe su especie.

Dog abrió la boca y dejó escapar un jadeo que parecía una sonrisa.

Karla intentó mantener la expresión seria, pero el perro volvió a acercarse y apoyó la cabeza contra su mano. Ella lo acarició con cautela.

—Es muy amigable.

—No suele serlo con todo el mundo.

—Acaba de intentar derribarme.

—Ese es su lenguaje del amor.

—Deberías enseñarle límites.

—Vive conmigo. No ha tenido buenos ejemplos.

Karla levantó la mirada.

Dante estaba sonriendo, pero no con la expresión provocadora que usaba en la oficina. Era una sonrisa más abierta, relajada, como si en su departamento no necesitara medir cada gesto antes de mostrarlo.

Eso la incomodó de una manera que no supo explicar.

Le entregó el disco duro.

—Aquí está.

Dante lo tomó, pero Dog se colocó entre ambos y bloqueó la puerta.

—Parece que quiere que pases.

—Dog no decide por mí.

El perro se sentó sobre sus zapatos.

Karla lo miró.

Dog la miró.

Dante cruzó los brazos.

—No me gusta presumir, pero es muy persuasivo.

—Solo entraré para que se mueva.

—Claro.

—Cinco minutos.

—Por supuesto.

—Y no significa nada.

—Nunca dije que significara algo.

La forma en que lo dijo hizo que Karla quisiera discutir, pero Dog ya caminaba hacia el interior, girando la cabeza para comprobar que ella lo siguiera.

Entró.

El departamento no se parecía en absoluto a lo que había imaginado.

En su mente, Dante vivía rodeado de cajas sin abrir, platos acumulados y ropa sobre cada superficie disponible. Esperaba encontrar un espacio caótico, una extensión de su escritorio en la oficina, con cables enredados y vasos olvidados.

No era así.

El lugar era amplio, sencillo y sorprendentemente ordenado.

Había un sofá gris frente a una televisión, una estantería llena de videojuegos, libros y pequeñas figuras coleccionables.

Cerca de la ventana descansaban varias plantas saludables y una cama grande para Dog, cubierta con una manta azul.

No estaba impecable, pero sí limpio. Había una taza en la mesa, una sudadera sobre el respaldo de una silla y dos controles junto al sofá, señales de que alguien vivía allí sin que el espacio pareciera abandonado a su suerte.

Karla dejó el bolso sobre una silla.

—No digas nada —advirtió Dante.

—No he dicho nada.

—Estás haciendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La de “esperaba encontrar un basurero”.

—No esperaba un basurero.

—Esperabas algo peor.

—Quizá un poco más de desorden.

—Dog limpia.

El perro se dejó caer sobre la alfombra.

—Dog no puede limpiar.

—Por eso nunca termina.

Karla observó una fila de fotografías sobre la estantería.

En una, Dante aparecía mucho más joven, abrazando a una mujer de cabello oscuro que debía ser su madre.

En otra estaba con Mateo, ambos cubiertos de pintura y sosteniendo una pared recién decorada.

Había también una fotografía de Dog cuando era cachorro, dormido dentro de una caja de zapatos que claramente le quedaba pequeña.

—Era diminuto —dijo Karla antes de pensarlo.

Dante se acercó.

—Por unas tres semanas. Después decidió convertirse en caballo.

—¿Cuándo lo adoptaste?

—Hace cuatro años.

—¿Por qué?

La pregunta salió demasiado directa. Dante no pareció molesto. Se agachó para recoger un juguete mordido y lo dejó en una cesta.

—Lo encontré afuera del gimnasio. Estaba flaco, sucio y seguía a todo el que salía.

—¿Y te lo llevaste?

—Primero intenté encontrar al dueño. Después lo llevé al veterinario. Cuando nadie preguntó por él, se quedó.

Karla volvió a mirar al perro. Dog se había acomodado de lado y movía una pata mientras dormía.

—¿Y nunca pensaste en ponerle otro nombre?

—Pensé en muchos.

—¿Como cuáles?

—Max. Bruno. Apolo.

—Todos mejores que Dog.

—Pero ya respondía a Dog.

—Porque seguramente le gritabas “dog” para que dejara de seguirte.

—Exacto.

Karla negó con la cabeza, aunque una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

Dante la vio.

—Te gusta.

—El perro.

—No especifiqué.

Ella dejó de sonreír.

—No empieces.

—Estoy en mi casa. Aquí tengo derechos.

—Puedo irme.

Dog levantó la cabeza al escucharla y soltó un gemido bajo.

Dante lo señaló.

—Lo vas a hacer sentir mal.

—No uses a tu perro para manipularme.

—Yo no hice nada. Él tiene emociones propias.

Karla volvió a acariciar al animal.

—Cinco minutos —repitió.

—Llevas siete.

Ella miró el reloj.

—Eso no es cierto.

Dante le mostró la pantalla de su teléfono.

—Entraste a las cuatro doce.

—¿Estás cronometrándome?

—Tú lo haces con las juntas.

—Las juntas tienen horario.

—Esto también.

—¿Qué es “esto”?

Él sostuvo su mirada durante un segundo.

—Una visita.

La palabra fue simple, pero Karla sintió que algo se movía bajo sus costillas. Desvió la atención hacia la estantería.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Dante.

—No.

—Tengo café, agua, limonada y una bebida energética que probablemente es ilegal.

—Agua.

—Excelente elección. Muy tú.

Dante caminó hacia la cocina. Dog lo siguió por unos pasos, pero después regresó y se sentó junto a Karla, apoyando el cuerpo contra su pierna.

Ella recorrió el lugar con la mirada mientras esperaba.

En una esquina, junto al escritorio, había una instalación que parecía demasiado sofisticada para alguien que supuestamente solo jugaba “de vez en cuando”.

Dos monitores, un micrófono suspendido en un brazo articulado, luces pequeñas y una cámara estaban acomodados con cuidado.

—¿Eso es para tus streams? —preguntó.

Dante apareció con dos botellas de agua.

—¿Cómo sabes que hago streams?

—Lo mencionaste en la cena.

—Creí que habíamos prometido olvidarla.

—No olvidarla. No hablar de ella.

—Eso dijiste en la imprenta.

—Y sigues mencionándola.

Él le entregó la botella.

—Solo cuando tú lo haces primero.

Karla se acercó al escritorio.

En la pantalla principal había una interfaz abierta con un chat detenido y una imagen de Dante usando audífonos. La miniatura tenía un texto brillante: “Intentando no morir por quinta vez”.

—¿La gente te ve jugar?