Los viernes no son para enamorarse Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

No lo hizo.

Esperó hasta escuchar el sonido del bolso de Karla cerrándose.

—¿Te vas? —preguntó.

—Esa suele ser la idea cuando guardo mis cosas.

—Puedo acompañarte al coche.

—Está en la entrada. No necesito escolta.

—Podría haber charcos peligrosos.

—Sobreviviré.

Karla se puso el abrigo y se dirigió al elevador.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches.

Dante esperó a que las puertas se cerraran antes de levantarse. Necesitaba agua, o eso se dijo a sí mismo. Pasó junto al escritorio de Karla y entonces vio el cuaderno.

Estaba medio oculto bajo una carpeta, con la cubierta oscura y una cinta elástica alrededor. El mismo que había llevado al restaurante. El mismo que había cerrado con rapidez en la cafetería.

Dante lo tomó.

Podía dejarlo sobre su teclado para el día siguiente. Karla no vivía lejos y probablemente ni siquiera notaría que faltaba hasta llegar a casa.

Sin embargo, la lluvia seguía empeorando.

Y él sabía que dibujar era importante para ella, aunque todavía no entendiera cuánto.

Dante tomó su chaqueta y corrió hacia el elevador.

Las puertas tardaron demasiado en abrir. Bajó mirando los números iluminarse uno por uno, moviendo el pie con impaciencia. Cuando llegó al vestíbulo, Karla ya había salido.

—Genial —murmuró.

El guardia de seguridad levantó la vista.

—Acaba de cruzar la calle.

Dante agradeció y salió bajo la lluvia.

El agua lo empapó casi de inmediato. Corrió hacia el estacionamiento sujetando el cuaderno bajo la chaqueta para protegerlo. Karla estaba a punto de entrar a su coche cuando escuchó su nombre.

—¡Karla!

Ella se volvió.

Dante cruzó los últimos metros, esquivó un charco y llegó frente a ella respirando con dificultad. Tenía el cabello pegado a la frente, la camisa mojada y los zapatos completamente arruinados.

Karla lo miró como si hubiera perdido la razón.

—¿Qué haces?

Dante sacó el cuaderno de debajo de la chaqueta.

—Lo olvidaste.

Ella bajó la vista.

Por primera vez desde que la conocía, no tuvo una respuesta inmediata.

—¿Corriste hasta aquí por eso?

Dante extendió el cuaderno.

—Se te iba a mojar.

Karla lo tomó con cuidado. La cubierta seguía seca.

—Podías dejarlo en mi escritorio.

—Podía.

—O mandarme un mensaje.

—También.

—Estás empapado.

Dante miró su camisa.

—Parece que sí.

Karla sostuvo el cuaderno contra su pecho.

—¿Lo abriste?

La pregunta tenía más miedo que acusación.

Dante negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque dijiste que era tuyo.

Karla lo observó durante varios segundos. La lluvia caía sobre ambos, pero ella parecía haberlo olvidado.

Dante sonrió para aliviar la tensión.

—Además, si dibujas tan mal como organizas tus archivos personales, prefiero no saberlo.

Ella no respondió a la provocación.

Eso lo inquietó.

—Gracias —dijo finalmente.

La palabra salió baja, sincera y completamente distinta a la que había usado al devolverle la chaqueta.

Dante sintió el impulso de decir algo importante. Algo honesto. Algo que no pudiera esconder detrás de una broma.

En vez de eso, se encogió de hombros.

—No fue nada.

Karla miró su ropa mojada.

—Corriste bajo la lluvia.

—Necesitaba cardio.

—Fuiste al gimnasio esta mañana.

—La circulación no se conserva para siempre.

Ella reconoció la frase. Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.

—Eres un idiota.

—Eso suena más normal.

Karla abrió la puerta del coche, pero no entró.

—Puedo acercarte a tu casa.

Dante parpadeó.

—¿Eso es una invitación personal?

—No arruines el momento.

—No sabía que había un momento.

Karla puso los ojos en blanco, aunque no retiró la oferta.

Dante miró hacia el edificio. Su coche estaba en el nivel inferior del estacionamiento y él podía volver caminando sin problema.

—Estoy bien —dijo.

Ella frunció el ceño.

—Te vas a enfermar.

—No funciona así.

—Sube al coche.

—Qué controladora.

—Dante.

Él sonrió.

—Karla.

Ella abrió la puerta del copiloto desde dentro.

—Tienes cinco segundos.

Dante rodeó el coche antes de que terminara de contar.

Durante el trayecto, Karla encendió la calefacción y le indicó que no tocara nada porque estaba mojado. Dante obedeció por primera vez en toda la tarde.

El cuaderno descansaba sobre las piernas de Karla.

Ella mantenía una mano encima, como si quisiera asegurarse de que seguía allí.

Ninguno mencionó la cena.

Ninguno habló de la lluvia ni de la forma en que Dante había protegido el cuaderno bajo su chaqueta.

Pero cuando llegaron a su edificio y él se dispuso a bajar, Karla lo detuvo.

—Dante.

Él se volvió.

—¿Sí?

Ella miró el cuaderno, después a él.

—No dibujo mal.

Dante sonrió.

—Eso espero.

—Algún día te lo demostraré.

La puerta se cerró antes de que pudiera responder.

Dante permaneció bajo la entrada de su edificio, observando las luces traseras desaparecer entre la lluvia.

Había aceptado una cita a ciegas pensando que sería una mala idea.

Después había decidido quedarse a cenar.

Esa había sido la segunda peor decisión.

Porque ahora Karla acababa de prometerle que algún día le mostraría una parte de ella que no enseñaba a nadie.

Y Dante ya sabía que iba a esperar todo el tiempo que hiciera falta.