Capítulo 4 #2
Elisa regresó con los cafés. Dante se levantó para ayudarla a colocar los vasos y agradeció como si le hubiera hecho un favor enorme.
Después preguntó por una pequeña cortada que la mujer tenía en la mano, le acercó unas servilletas cuando derramó unas gotas y sostuvo la puerta del área de producción para que pudiera pasar con una caja.
Karla lo observaba.
Él fingió no darse cuenta.
—¿Qué? —preguntó cuando Elisa se alejó.
—Nada.
—Llevas un minuto mirándome.
—Pensé que estabas acostumbrado.
Dante sonrió.
—Entonces sí recuerdas la cena.
—Recuerdo que prometimos no hablar de ella.
—Pero no olvidarla.
Karla tomó uno de los cafés.
—No interpretes demasiado.
—Jamás.
—Eso es mentira.
—Casi siempre.
Ella bebió un poco y frunció el ceño.
—Tiene azúcar.
Dante extendió la mano.
—Dámelo.
—¿Para qué?
—Toma el mío. Es sin azúcar.
Karla revisó la tapa.
—¿Y tú?
—Sobreviviré.
—Puedes pedir otro.
—Elisa está ocupada.
—No tienes que cambiarlo.
—Lo sé.
Dante tomó el vaso dulce y dejó el suyo frente a ella. Karla no respondió. Solo sostuvo el café durante varios segundos, como si intercambiar bebidas fuera una operación sospechosa.
—No es una declaración de amor —dijo él.
Ella levantó la mirada.
—No pensé que lo fuera.
—Perfecto.
—Perfecto.
Ambos bebieron.
Las pruebas llegaron diez minutos después.
Karla revisó márgenes, textos y acabados.
Dante se concentró en el color, detectó una diferencia mínima en uno de los tonos y pidió que ajustaran la impresión antes de aprobarla.
Elisa agradeció que lo notaran y prometió tener la corrección lista por la tarde.
—Fue una buena observación —dijo Karla cuando salieron.
Dante se llevó una mano al pecho.
—¿Eso fue un cumplido?
—Fue una observación objetiva.
—Voy a anotarlo.
—No lo hagas raro.
—Demasiado tarde.
Antes de regresar a la oficina, tuvieron que detenerse en una cafetería para enviar las correcciones al cliente. Todas las mesas estaban ocupadas excepto una pequeña junto a la ventana. Karla sacó la computadora y comenzó a trabajar mientras Dante pedía algo de comer.
Regresó con dos sándwiches.
—No tengo hambre —dijo ella.
—No pregunté.
—Entonces ¿por qué trajiste dos?
—La cajera se confundió.
Karla miró el segundo plato.
—Los dos son diferentes.
—Fue una confusión compleja.
Ella abrió el sándwich y revisó el interior.
—No tiene cebolla.
Dante tomó asiento.
—Tal vez la cajera también te conoce.
Karla lo observó.
—Dante.
—Come.
—No necesito que estés pendiente de lo que como.
—No estoy pendiente.
—Recuerdas que no me gusta la cebolla.
—Lo mencionaste varias veces.
—Una.
—Fue una queja muy apasionada.
Karla cerró el sándwich.
—¿Por qué haces estas cosas?
La pregunta lo tomó desprevenido.
—¿Qué cosas?
—El café. La comida. Recordar detalles que nadie te pidió recordar.
Dante sostuvo su mirada. Había muchas respuestas posibles, pero solo una verdadera.
Porque te quiero desde antes de que supieras que yo podía mirarte de otra manera.
—Tengo buena memoria —dijo.
La decepción apareció otra vez en su rostro, breve y casi imperceptible.
Dante bajó la mirada hacia su plato.
Era un cobarde.
Siempre lo había sido con ella.
Karla comenzó a comer sin insistir. Después abrió su libreta de dibujo junto a la computadora y empezó a hacer trazos pequeños mientras esperaba que se cargara un archivo.
Dante intentó no mirar.
No funcionó.
—¿Qué dibujas?
Ella cerró la libreta casi de inmediato.
—Nada.
—Parecía algo.
—Todos los dibujos parecen algo.
—¿Puedo verlo?
—No.
La respuesta fue tan rápida que Dante levantó ambas manos.
—Está bien.
Karla guardó la libreta en el bolso.
—Son cosas mías.
—No iba a burlarme.
—No dije que fueras a hacerlo.
—Lo pensaste.
Ella no respondió.
Dante dejó el sándwich sobre el plato.
—No me burlo de todo.
—Solo del noventa por ciento de lo que hago.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque cuando te burlas de mí, siempre respondo.
Karla lo miró fijamente.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
El archivo terminó de enviarse antes de que ella pudiera preguntar algo más. Karla cerró la computadora, guardó sus cosas y se levantó.
—Tenemos que regresar.
Dante asintió.
Durante el camino de vuelta, Karla eligió la música. No puso nada tranquilo. Escogió una canción ruidosa que Dante había usado semanas antes para molestarla.
Él la miró.
—Pensé que la odiabas.
—La tolero.
—Ese es otro cumplido.
—No te acostumbres.
Cuando llegaron a la oficina, la lluvia había comenzado. Primero fueron gotas suaves contra el parabrisas, pero para cuando estacionaron ya caía con suficiente fuerza para borrar los edificios al otro lado de la calle.
Ambos corrieron desde el automóvil hasta la entrada, cubriéndose con las carpetas y riéndose cuando una rueda pasó sobre un charco y estuvo a punto de empaparlos.
Karla fue la primera en cruzar la puerta.
—No tiene gracia —dijo, aunque estaba sonriendo.
—Tu cara dijo lo contrario.
—Mi cara estaba reaccionando al frío.
—Tienes reacciones muy alegres.
Ella negó con la cabeza y caminó hacia el elevador.
El resto de la tarde transcurrió entre correcciones y correos. Karla trabajó sin detenerse hasta casi las siete. Cuando finalmente apagó la computadora, la oficina estaba casi vacía y la lluvia seguía golpeando los ventanales.
Dante permanecía en su escritorio, terminando una propuesta que podría haber dejado para la mañana siguiente.