Los viernes no son para enamorarse Capítulo 4
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Capítulo 4

La segunda peor decisión

Dante descubrió que ignorar a Karla era mucho más difícil que discutir con ella.

Durante tres años había aprendido a medir sus mañanas según la cantidad de veces que lograba hacerla levantar la vista de la computadora.

A veces bastaba con llegar tarde. Otras tenía que cambiar de lugar su taza, cuestionar una fecha o mencionar que el color beige no era un color, sino una renuncia.

Karla siempre respondía. Con una corrección, una amenaza o esa mirada afilada que hacía que cualquier persona sensata retrocediera.

Dante nunca había sido sensato con ella.

Sin embargo, después de la cena en Amaretto, ambos habían acordado olvidar lo ocurrido.

No volverían a hablar de la cita, del pastel de cajeta, de la lluvia ni de la manera en que Karla había terminado usando su chaqueta.

El lunes siguiente ella se la había devuelto doblada dentro de una bolsa de papel, limpia, seca y sin una sola nota.

—Gracias —había dicho.

—De nada.

Después se habían quedado mirándose durante dos segundos demasiado largos, hasta que Karla señaló la bolsa.

—Ya puedes irte.

—Estoy en mi área de trabajo.

—Tu escritorio está al otro lado.

Dante se había ido sonriendo.

Aquel intercambio debería haber sido suficiente para restaurar el orden natural de las cosas. Karla volvía a ser la mujer controladora que corregía sus archivos, y él el compañero insoportable que encontraba nuevas formas de hacerla perder la paciencia.

El problema era que ahora sabía cómo se reía cuando no intentaba contenerse.

Y eso lo había arruinado todo.

El miércoles por la mañana, Dante llegó a la oficina con tres cafés y una bolsa de pan dulce. Claudia tomó el suyo sin agradecer porque ya se había acostumbrado. Roberto revisó la bolsa antes de saludarlo y Patricia apareció desde contabilidad atraída por el olor a azúcar.

Karla no levantó la vista.

Dante dejó un capuchino junto a su teclado.

—No pedí nada.

—Buenos días.

—Buenos días. No pedí nada.

—Dos frases amables seguidas. ¿Te sientes bien?

Karla continuó escribiendo.

—¿Por qué me trajiste café?

—Porque compré café.

—Eso no responde por qué hay uno frente a mí.

—Calculé mal la cantidad.

Ella miró los vasos que sostenía.

—Trajiste tres.

—Sí.

—Uno para ti, uno para Claudia y uno para mí.

—Podría ser para Roberto.

Roberto levantó su vaso desde el escritorio.

—El mío tiene leche.

Dante lo señaló.

—Traidor.

Karla observó la tapa de su bebida. Había una pequeña C escrita con marcador negro.

—También calculaste mal la inicial.

—Podría significar “café”.

—Todos contienen café.

—Entonces fui consistente.

Karla sostuvo su mirada. Dante intentó mantener una expresión neutral, aunque por dentro ya se arrepentía de no haber dejado el vaso sobre su escritorio sin decir nada.

Antes de la cena podía llevarle café y disfrazarlo de soborno.

Ahora cada gesto parecía tener una intención que ella podía descubrir si lo miraba durante demasiado tiempo.

Finalmente, Karla tomó el vaso.

—No vuelvas a hacerlo.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Ella dio un sorbo.

Dante se alejó antes de que notara que había recordado pedirlo con menos espuma, tal como la había escuchado solicitarlo la semana anterior.

—Eso fue raro —murmuró Claudia cuando pasó junto a ella.

—¿Qué cosa?

—No discutieron.

Dante se detuvo.

Karla levantó la mirada.

—Sí discutimos.

—No realmente —dijo Roberto—. No hubo insultos.

—Lo llamó traidor —señaló Patricia.

—A mí —respondió Roberto—. No cuenta.

Claudia consultó la hora en su teléfono.

—Llevan once minutos en la misma habitación y todavía no hay una pelea oficial.

—No estamos obligados a discutir —dijo Karla.

—Eso suena preocupante —respondió Dante.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué se supone que significa?

—Nada. Solo que la gente depende de nosotros.

—Nadie depende de tus provocaciones.

—La tabla de apuestas dice lo contrario.

Karla dejó el café sobre el escritorio.

—Se acabaron las apuestas.

—Ahí está —anunció Roberto—. Doce minutos.

Claudia escribió algo en el teléfono.

—Yo tenía once con cincuenta.

—Eso no es justo —protestó Patricia—. Estás usando segundos.

La oficina regresó a su ruido habitual. Dante se sentó frente a su computadora y abrió los archivos del nuevo proyecto, aunque durante varios minutos no hizo nada más que mirar la pantalla.

La discusión había ocurrido.

El día volvía a estar en orden.

Aun así, no se sentía igual.

Antes podía decir cualquier cosa sin pensar demasiado en el efecto.

Ahora recordaba a Karla bajo las luces cálidas del restaurante, hablando de su cumpleaños número ocho y defendiendo la cajeta como si fuera una causa política.

Recordaba la expresión que había tenido cuando él insinuó que huía antes de que alguien pudiera acercarse.

Había sido la primera vez que la veía sin una respuesta preparada.

No quería provocar esa expresión otra vez.

Eso complicaba mucho su trabajo.

A media mañana, el equipo recibió una llamada del cliente. Querían revisar las primeras pruebas impresas antes de aprobar la producción final, lo cual significaba que alguien tendría que ir a la imprenta del centro, recoger las muestras y llevarlas a una reunión esa misma tarde.

Karla apareció junto al escritorio de Dante con una carpeta bajo el brazo.

—Necesito que vengas conmigo.

Él se quitó un audífono.

—¿Es una invitación personal?

—A la imprenta.

—Eso no respondió mi pregunta.

—Necesito que revises los colores antes de aceptar las pruebas.

—Roberto puede hacerlo.

—Roberto tiene que terminar las adaptaciones.

Dante miró hacia el área de diseño. Roberto levantó ambas manos sin apartar los ojos de la pantalla.

—No puedo salvarte —dijo.

Karla ignoró el comentario.

—Salimos en diez minutos.

—¿Tengo opción?

—Sí.

Dante arqueó una ceja.

—¿De verdad?

—Puedes venir por voluntad propia o puedo decirle a Claudia que tienes tiempo libre para ayudarla con los reportes del mes.

Dante se levantó de inmediato.

—Siempre he querido conocer esa imprenta.

Karla giró hacia la salida.

—Nueve minutos.

—Dijiste diez.

—Perdiste uno discutiendo.

—Eso fue una conversación.

—Camina.

El trayecto transcurrió con una normalidad inquietante. Karla conducía con ambas manos sobre el volante, respetando cada límite de velocidad y mirando los espejos con la precisión de alguien que probablemente había leído el manual completo antes de encender un automóvil por primera vez.

Dante ocupaba el asiento del copiloto y trataba de no observarla.

—Puedes poner música —dijo ella después de cinco minutos de silencio.

—¿Me estás dando control sobre algo dentro de tu coche?

—No exageres. Solo música.

—Es un paso importante en nuestra relación.

Karla apretó los labios.

—No tenemos una relación.

—Laboral.

—Tampoco quiero que la describas así.

Dante conectó su teléfono antes de que ella cambiara de opinión. Eligió una lista tranquila, evitando deliberadamente las canciones que solía poner para molestarla.

Karla lo miró de reojo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—Ruido.

—Tengo gustos variados.

—Una vez escuchaste la misma canción durante cuatro horas.

—Estaba trabajando.

—La canción tenía siete palabras.

—Ocho.

—Eso no la mejora.

Dante sonrió y apoyó la cabeza contra el asiento.

—Pensé que habíamos prometido olvidar la cena.

Karla no apartó la mirada de la calle.

—Lo hicimos.

—Entonces, ¿por qué estás tan tensa?

—Estoy manejando.

—Siempre manejas como si transportaras órganos.

—Porque tú te subes a un coche como si los accidentes fueran una teoría.

—Confío en tus habilidades.

Karla giró el volante para cambiar de carril.

—Ese es tu segundo error.

Dante la observó durante un momento.

—¿Cuál fue el primero?

Ella tardó demasiado en responder.

—Aceptar la cita.

La frase sonó ligera, pero Dante sintió el golpe de todos modos. Giró hacia la ventana y contempló los edificios pasar a un lado.

—Sí —dijo—. Probablemente.

Karla apretó las manos sobre el volante.

El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más pesado. Menos cómodo.

Dante supo que debía bromear, cambiar de tema o fingir que no le importaba. Era lo que siempre hacía cuando algo amenazaba con volverse demasiado serio.

En lugar de eso, dejó que la música llenara el espacio entre ambos.

La imprenta ocupaba un local amplio con paredes cubiertas de muestras y el olor intenso de papel, tinta y cartón recién cortado. Una mujer llamada Elisa los recibió en el mostrador y les explicó que todavía estaban preparando dos de las pruebas.

—Pueden esperar unos quince minutos —dijo—. Lamento el retraso.

—No se preocupe —respondió Dante—. Llegamos antes de tiempo.

Karla lo miró.

—Llegamos a la hora acordada.

—Para nosotros eso cuenta como antes.

Elisa sonrió.

—Les ofrezco café mientras esperan.

—No es necesario —dijo Karla.

—Yo acepto —respondió Dante—, pero solo si usted también va a tomar uno. Se ve como si llevara despierta desde ayer.

Elisa soltó una risa cansada.

—Casi.

—Entonces tres cafés.

—Dos —corrigió Karla—. Yo no quiero.

Dante observó el vaso vacío que sobresalía de su bolso.

—Ya terminaste el de la mañana.

—Eso no significa que quiera otro.

—Cuando estás cansada tomas dos.

Karla lo miró con advertencia.

Elisa levantó una ceja entre ambos, pero no hizo ningún comentario.

—Tres cafés —decidió.

Mientras esperaban, Dante revisó algunas muestras colgadas en la pared. Karla abrió la carpeta y repasó las especificaciones por tercera vez.

—Van a estar bien —dijo él.

—No lo sabemos.

—Por eso vinimos.

—Y por eso reviso.

—Ya revisaste en la oficina.

—Ahora estoy confirmando.

—¿Confirmando que el documento no cambió durante el trayecto?

Karla cerró la carpeta.

—¿No puedes estar cinco minutos sin molestarme?

Dante estuvo a punto de responder con alguna provocación, pero notó las sombras suaves bajo sus ojos y la manera en que frotaba el pulgar contra el borde de la carpeta.

—Sí puedo.

Ella pareció sorprendida.

Dante se sentó en una de las sillas cercanas y guardó silencio.