Los viernes no son para enamorarse Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Esta es la segura —dijo él—. La que tú elegirías.

—¿Por qué asumes que elegiré la segura?

—Porque tiene estructura, fechas y no incluye ninguna idea que pueda hacerte perder el sueño.

—Yo no pierdo el sueño.

—La última vez respondiste un correo a las tres de la mañana.

—Estaba despierta.

—Eso es exactamente perder el sueño.

Karla pasó a la segunda hoja.

—Esta tiene potencial.

—Esa es la que yo elegiría.

—Entonces retiro lo dicho.

—Sabía que te gustaría.

—No dije que me gustara.

—Dijiste que tenía potencial. En tu idioma, eso es una declaración de amor.

Ella volvió la cabeza hacia él.

Estaban demasiado cerca.

Dante pareció notarlo al mismo tiempo. Su sonrisa se volvió más tenue y por un momento ninguno se movió.

—Estás invadiendo mi espacio —dijo Karla.

—Tu escritorio ocupa demasiado espacio.

—Tú estás sentado sobre él.

—Buen punto.

Dante se levantó.

La distancia regresó.

Karla bajó la mirada hacia las hojas antes de que alguien pudiera notar el calor que había subido a su rostro.

—La tercera —dijo—. Explícala.

Durante la siguiente hora discutieron cada propuesta. Karla tachó ideas, Dante volvió a escribirlas, ella corrigió sus cambios y él añadió otros nuevos en los márgenes. Cuando terminaron, las cuatro rutas se habían convertido en una sola campaña mejor que cualquiera de las originales.

Dante se dejó caer en la silla frente a ella.

—Admite que fue divertido.

—No.

—Sonreíste dos veces.

—Fue una reacción muscular.

—También te reíste.

—Tosí.

—Qué enfermedad tan alegre.

Karla reunió las hojas.

—Tenemos una propuesta.

—Tenemos una buena propuesta.

—Gracias a la estructura.

—Gracias a que rompimos la estructura.

—No la rompimos. La adaptamos.

—Eso es romperla con vocabulario elegante.

Karla negó con la cabeza.

—Eres imposible.

Dante se quedó observándola.

—Y aun así siempre respondes.

La frase fue ligera, pero algo en su tono hizo que Karla levantara la mirada.

—Porque alguien tiene que corregirte.

—Podrías ignorarme.

—No cuando tu trabajo afecta el mío.

—También me respondes cuando pregunto si la piña va en la pizza.

—Porque tu opinión es incorrecta.

—O cuando cambio de lugar tu taza.

—Porque no tienes derecho a tocar mis cosas.

—O cuando silbo.

—Porque lo haces mal.

Dante sonrió lentamente.

—Entonces siempre hay una razón.

—Exacto.

—Qué alivio.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

—Pensé que quizá te gustaba discutir conmigo.

Karla abrió la boca.

La cerró.

Dante esperó.

—No seas ridículo —dijo finalmente.

—Claro.

Se levantó y regresó a su escritorio.

Karla lo observó alejarse.

Durante varios minutos, intentó convencerse de que la pregunta no había significado nada. Dante bromeaba con todo. Era su forma de existir, de evitar silencios y transformar cualquier momento incómodo en algo más ligero.

Sin embargo, cuando la oficina se volvió demasiado tranquila, Karla levantó la vista casi por instinto.

Dante estaba trabajando con audífonos, concentrado en la pantalla. No daba vueltas. No silbaba. No había movido sus notas ni aparecido con una pregunta absurda.

Karla debería haber agradecido el silencio.

En cambio, se sintió inquieta.

Abrió un correo, lo cerró y revisó el calendario. Después bebió café, corrigió una fecha y fingió no mirar el reloj.

Habían pasado veintisiete minutos desde su última discusión.

Demasiado.

Karla tomó una hoja de las propuestas y caminó hasta su escritorio.

Dante se quitó un audífono al verla.

—¿Qué pasó?

Ella dejó la hoja frente a él y señaló una línea.

—Este texto no funciona.

Dante lo leyó.

—Lo escribiste tú.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué vienes a reclamarme?

—Porque aprobaste la versión.

Él la observó durante un segundo.

Después sonrió.

—Ya entendí.

—¿Qué cosa?

—Nada.

—No sonrías así.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo.

—Tal vez sé algo.

—Dante.

—Karla.

Claudia levantó la mirada desde el otro lado de la oficina.

—Nueva discusión a las once cuarenta y siete.

Roberto revisó la tabla.

—Gané.

Karla giró hacia ellos.

—Dije que se acabaron las apuestas.

—Esta es una nueva hoja —respondió Claudia.

—Eso no mejora nada.

—Técnicamente, sí —dijo Dante—. Ya no están usando la anterior.

Karla lo miró.

Él sostuvo su mirada con esa expresión divertida que había logrado irritarla desde el primer día.

—Te odio —dijo ella.

—No parece.

—¿Qué se supone que significa eso?

Dante volvió a colocarse el audífono.

—Nada.

Karla regresó a su escritorio con la sensación de haber perdido una discusión que ni siquiera comprendía.

Intentó concentrarse durante el resto de la mañana, pero una idea siguió apareciendo entre correos, fechas y notas.

Podría ignorarlo.

Podría dejar que llegara tarde, que nombrara archivos de forma absurda y que silbara canciones insoportables sin responder. Podría hacer lo que cualquier persona sensata haría frente a alguien como Dante.

Pero no lo hacía.

Nunca lo había hecho.

Y cuando pasó casi una hora sin que él volviera a molestarla, Karla volvió a levantar la mirada hacia su escritorio, esperando que dijera algo.

Dante la observaba también.

Sonrió.

Ella puso los ojos en blanco.

El día volvió a sentirse normal.