Capítulo 3 #2
—Yo digo antes de comer —añadió Claudia.
—No habrá apuestas.
Dante apoyó los codos sobre la mesa.
—Yo apuesto por después de comer.
—No puedes apostar sobre ti mismo.
—Eso parece discriminación.
Karla respiró hondo.
—¿Podemos trabajar?
—Eso intento.
—Estás comiendo.
—Puedo hacer dos cosas.
—No bien.
Dante arrancó otro pedazo de pan y lo colocó sobre una servilleta frente a ella.
—Come.
Karla lo miró.
—No tengo hambre.
—No desayunaste.
—¿Cómo sabes?
—Llegaste con café de máquina.
—Eso no significa nada.
—Cuando desayunas, compras café abajo. Cuando no desayunas, usas el de la oficina porque no quieres perder tiempo.
La sala quedó en silencio.
Karla sintió varias miradas alternar entre ellos.
—¿Por qué sabes eso? —preguntó.
Dante se encogió de hombros.
—Es evidente.
—No para mí —murmuró Claudia.
—Tampoco para mí —añadió Roberto.
Dante empujó la servilleta hacia Karla.
—Come antes de que empieces a insultar a alguien.
—Ya te estoy insultando.
—Exacto.
Karla tomó el pedazo de pan únicamente para que dejaran de observarla.
—Seguimos —dijo.
La reunión duró cuarenta minutos. Durante ese tiempo, Karla corrigió cuatro veces la distribución de tareas, Dante cuestionó tres de sus decisiones y, para frustración de ambos, terminaron construyendo una propuesta mejor al combinar sus ideas.
Siempre ocurría así.
Karla establecía límites, ordenaba el caos y levantaba una estructura suficientemente sólida para que el proyecto no se desmoronara.
Dante aparecía después, empujaba las paredes, cambiaba las ventanas y sugería quitar el techo porque “la luz natural era importante”.
Ella lo obligaba a justificar cada cambio.
Él la obligaba a aceptar que algunos planes podían mejorar si dejaba espacio para lo inesperado.
Era agotador.
También funcionaba.
—La segunda ruta es la mejor —dijo Karla cuando todos salieron.
Dante seguía sentado frente a ella, girando un marcador entre los dedos.
—La segunda ruta es la que rechazaste primero.
—Rechacé tu explicación.
—Era una buena explicación.
—Dijiste: “Imagínate algo raro, pero bonito”.
—Y lo imaginaste.
—Porque tuve que traducirlo a lenguaje humano.
Dante sonrió.
—Hacemos buen equipo.
Karla cerró la computadora.
—No te emociones.
—Eso suena familiar.
Ella se quedó quieta por apenas un segundo.
La cena.
La lluvia.
La chaqueta de Dante todavía doblada sobre una silla de su departamento porque se había negado a pensar demasiado en por qué aún no se la devolvía.
—No sé de qué hablas —respondió.
—Claro que sabes.
—Prometimos no hablar de eso.
—Tú lo prometiste. Yo asentí bajo presión.
—Dante.
—Karla.
Ella levantó la computadora y caminó hacia la puerta.
—Tenemos trabajo.
—Esa frase es tu refugio emocional.
Karla se detuvo.
—Y las bromas son el tuyo.
La sonrisa de Dante desapareció durante una fracción de segundo.
Fue tan breve que podría haberlo imaginado.
—Qué profunda te pusiste un lunes —dijo él.
—Culpa del capuchino.
Karla salió de la sala antes de que él pudiera responder.
Durante el resto de la mañana, trabajaron desde extremos opuestos de la oficina.
O, al menos, eso intentaron. Dante se levantó tres veces para hacer preguntas que podía haber enviado por correo, cambió de lugar dos notas adhesivas en la pizarra solo para ver cuánto tardaba Karla en corregirlas y pasó junto a su escritorio silbando una canción que sabía que ella odiaba.
A la cuarta vez, Karla levantó la cabeza.
—¿No tienes nada que hacer?
—Muchísimo.
—Entonces hazlo.
—Estoy pensando.
—Piensa lejos de mí.
—Aquí hay mejor luz.
—Tu escritorio está junto a la ventana.
—Demasiada luz.
Karla apoyó ambas manos sobre el teclado.
—¿Qué quieres?
Dante dejó de silbar.
—Nada.
—Llevas veinte minutos dando vueltas.
—Estoy estirando las piernas.
—Fuiste al gimnasio esta mañana.
—La circulación no se conserva para siempre.
—Dante.
Él apoyó una mano sobre el divisor de su escritorio.
—¿Sí?
Karla abrió la boca, pero no encontró una respuesta. En realidad, no sabía qué quería preguntarle. Si seguía pensando en la cena. Si había significado algo que insistiera en acompañarla bajo la lluvia. Si recordaba la forma en que la había sujetado cuando resbaló.
La opción sensata era no preguntar nada.
—Muévete —dijo.
Dante sonrió como si hubiera ganado algo.
—Con gusto.
Regresó a su escritorio.
Karla intentó concentrarse, pero el silencio que dejó detrás resultó extrañamente incómodo.
Antes de Amaretto, nunca había analizado demasiado sus discusiones.
Eran parte de la rutina de la oficina, como el ruido de la impresora, los correos de los lunes y las quejas de Roberto sobre el aire acondicionado.
Dante llegaba, decía algo irritante y ella respondía.
A veces discutían sobre fechas, otras sobre colores, nombres de archivos o la forma correcta de pedir comida para todos.
Era un hábito.
Un hábito que ahora se sentía diferente.
A la hora de la comida, Karla abrió el cajón de su escritorio y encontró una pequeña barra de chocolate con cajeta. No tenía nota, pero no hacía falta.
Levantó la vista.
Dante estaba al otro lado de la oficina, concentrado en la pantalla. O fingiendo estarlo. En cuanto ella sostuvo la barra entre los dedos, él miró hacia otro lado con demasiada rapidez.
Karla debería haberle preguntado por qué la había dejado allí.
En vez de eso, abrió la envoltura y tomó un pedazo.
Dante sonrió sin mirarla.
Aquello volvió a irritarla.
El martes, Dante llegó a las ocho veintinueve.
Karla ya estaba en su escritorio revisando correos cuando él entró con una expresión de satisfacción insoportable.
—No estoy tarde.
—Por un minuto.
—Un minuto es una victoria.
—Es el mínimo necesario para cumplir.
—Déjame disfrutar.
Claudia consultó su teléfono.
—Nadie apostó por puntualidad.
—Falta de fe —dijo Dante.
Karla intentó no sonreír.
—¿Trajiste los conceptos?
—Buenos días, Dante. Qué gusto verte puntual.
—¿Trajiste los conceptos?
—Sí.
—¿Tres?
—Cuatro.
Karla levantó la vista.
—Dijiste que tres buenas violaban las leyes naturales.
—Las leyes cambian.
—No en una noche.
—Trabajé inspirado.
Ella quiso preguntar por qué, pero se contuvo.
Dante dejó varias hojas sobre su escritorio. Sus dedos rozaron los de Karla por accidente, y ambos retiraron la mano demasiado rápido.
Claudia observó la escena.
Después miró a Roberto.
Roberto abrió la hoja de cálculo.
—Ni se les ocurra —advirtió Karla.
—No estamos haciendo nada —dijo Claudia.
—Veo la tabla.
—Es una proyección interna.
—Es una apuesta.
—Las palabras son muy importantes para ti.
Dante se sentó en el borde del escritorio de Karla.
—Eso siempre lo ha sido.
—Bájate.
—Todavía no has revisado mis ideas.
—No necesito que estés sentado ahí para revisarlas.
—Puedo explicar el proceso.
—Escribiste notas.
—Mi letra es complicada.
—Tu letra es un delito.
Dante se inclinó un poco más hacia ella y señaló la primera hoja. Karla percibió el aroma limpio de su colonia y tuvo que concentrarse demasiado en no moverse.