Capítulo 3
Guerra de oficina
Karla descubrió que Dante era insoportable un lunes a las ocho con cuarenta y tres de la mañana.
No fue una revelación repentina ni dramática. No hubo una discusión monumental, una traición profesional o una humillación pública. Solo un vaso de café mal colocado, un archivo sin nombrar y una sonrisa demasiado tranquila para alguien que acababa de arruinarle cuarenta minutos de trabajo.
Ocurrió casi tres años antes de la cita en Amaretto, durante la primera semana de Dante en la agencia.
Karla llevaba desde las siete y media revisando la presentación de una campaña importante.
Había organizado cada diapositiva, corregido cada texto y preparado dos versiones adicionales por si el cliente decidía cambiar de opinión a mitad de la junta, cosa que los clientes siempre hacían.
Faltaban diecisiete minutos para empezar cuando Dante apareció a su lado con una taza de café en una mano y una memoria USB en la otra.
—Hice unos cambios —dijo.
Karla levantó la mirada lentamente.
—¿Qué cambios?
—Mejoré algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Detalles.
—Dante.
Él sonrió como si ya disfrutara la forma en que ella pronunciaba su nombre.
—Karla.
—La presentación estaba aprobada.
—Ahora está mejor.
—Eso no responde qué cambiaste.
Dante conectó la memoria a la computadora y abrió una carpeta titulada FINAL_DE_VERDAD_AHORA_SÍ. Dentro había siete archivos con nombres parecidos, ninguno con fecha ni versión.
Karla sintió que algo palpitaba detrás de su ojo izquierdo.
—¿Cuál es el correcto?
—El último.
—Todos dicen “último”.
—El más último.
—Eso no existe.
—Claro que existe. Es el que modifiqué al final.
—¿Y cómo voy a saber cuál fue?
Dante tomó un sorbo de café y se inclinó hacia la pantalla.
—Por intuición.
Karla lo miró.
Después miró la hora.
Después volvió a mirarlo.
—Tienes treinta segundos para decirme qué archivo abrir antes de que te golpee con el teclado.
Dante señaló uno al azar.
—Ese.
No era ese.
Tampoco el siguiente.
Cuando por fin encontraron la versión correcta, faltaban ocho minutos para la junta y Karla descubrió que Dante había cambiado tres diapositivas, eliminado dos gráficos y reemplazado el cierre que ella había preparado con una animación que incluía una explosión de confeti.
—No —dijo.
—Ni siquiera lo has visto completo.
—No.
—El confeti tiene sentido en contexto.
—No existe contexto en el que esto tenga sentido.
—Estás siendo cerrada a nuevas ideas.
—Estoy siendo responsable.
—Responsable es una palabra triste para decir aburrida.
Karla cerró la computadora con tanta fuerza que varias personas al otro lado de la oficina levantaron la cabeza.
—Vas a usar la presentación original.
—La original no tiene ritmo.
—La original tiene datos.
—Los datos pueden tener ritmo.
—No con confeti.
Dante se apoyó en el borde de su escritorio.
—Mira, confía en mí.
Karla soltó una risa sin humor.
—Te conozco desde hace cuatro días.
—Precisamente. Todavía no te he dado motivos para desconfiar.
—Acabas de renombrar siete archivos como “último”.
—Eso es creatividad administrativa.
Aquella fue la primera vez que toda la oficina dejó de fingir que no escuchaba.
La discusión duró seis minutos y terminó con una solución intermedia: conservaron los gráficos de Karla, añadieron dos de los cambios de Dante y eliminaron el confeti.
El cliente aprobó la campaña, felicitó la claridad de la presentación y mencionó que las dos diapositivas nuevas eran sus favoritas.
Karla debería haber estado satisfecha.
En cambio, pasó el resto del día molesta porque Dante tenía razón en una proporción que consideraba inaceptable.
Tres años después, el problema seguía siendo exactamente el mismo.
—Llegas tarde —dijo Karla sin levantar la vista de la computadora.
Era lunes y el reloj marcaba las ocho con treinta y seis. Dante acababa de entrar a la oficina con el cabello todavía húmedo, una mochila colgada de un hombro y cuatro cafés acomodados en una bandeja de cartón.
—Buenos días para ti también.
—La junta empieza en veinticuatro minutos.
—Qué suerte que faltan veinticuatro minutos.
—Deberías estar aquí desde hace seis.
—Técnicamente, estoy aquí desde hace treinta segundos.
Karla dejó de escribir.
—Ese cálculo no ayuda.
—Depende de la perspectiva.
—Los horarios no tienen perspectiva.
—Todo tiene perspectiva.
—No. Las ocho treinta son las ocho treinta.
—Y las ocho treinta y seis son una oportunidad para practicar la flexibilidad.
Desde el escritorio de enfrente, Claudia levantó la mirada y presionó algo en su teléfono. Roberto hizo lo mismo desde el área de diseño.
Karla lo notó.
—¿Qué hacen?
Claudia escondió el teléfono junto al teclado.
—Nada.
—Acabas de enviar algo.
—Un correo.
—Mirabas a Dante.
—Coincidencia.
Dante dejó la bandeja de cafés sobre el escritorio de Karla y tomó uno.
—Están apostando.
Karla giró hacia él.
—¿Apostando qué?
—Cuánto tardábamos en discutir.
Claudia levantó una mano con culpabilidad.
—Yo dije antes de las ocho cuarenta.
Roberto sonrió desde su silla.
—Yo aposté por los primeros tres minutos.
—Entró hace menos de uno —dijo Karla.
—Entonces gané —respondió él.
Karla observó la oficina. Varias personas apartaron la mirada al mismo tiempo. Incluso Patricia, que trabajaba en contabilidad y rara vez se interesaba por algo que no incluyera facturas, tenía una hoja de cálculo abierta con nombres y horarios.
—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?
Nadie respondió.
—¿Cuánto?
—Ocho meses —admitió Claudia.
Dante tomó otro café de la bandeja y se lo entregó a Roberto.
—Al principio solo apostaban los lunes. Luego se volvió diario.
—¿Tú lo sabías?
—Claro.
—¿Y nunca me dijiste?
—Pensé que lo sabías.
—¿Por qué iba a saber que mis compañeros han creado un sistema de apuestas alrededor de mi sufrimiento?
—Porque observas todo.
Karla se levantó de la silla.
—Esto se termina hoy.
Un coro de protestas recorrió la oficina.
—No puede terminar hoy —dijo Roberto—. Hoy hay acumulado.
—¿Acumulado?
Claudia señaló a Dante.
—La semana pasada llegó temprano dos días. Nadie acertó.
Karla lo miró con sospecha.
—¿Por qué llegaste temprano?
—Tenía hambre.
—¿Viniste temprano por hambre?
—La cafetería de abajo vende pan de elote recién hecho antes de las ocho.
Karla negó con la cabeza, aunque no pudo evitar mirar la bandeja.
Había cuatro vasos. Uno era americano, uno tenía leche, otro era probablemente demasiado dulce y el último llevaba una pequeña marca en la tapa.
C.
Dante tomó el vaso marcado y lo colocó frente a ella.
—Capuchino sin azúcar.
Karla cruzó los brazos.
—No estoy de mal humor.
—No dije que lo estuvieras.
—Solo me compras capuchino cuando crees que estoy de mal humor.
—También cuando llego tarde.
—Entonces esto es un soborno.
—Es una disculpa líquida.
—No acepto sobornos.
—Llevas mirándolo treinta segundos.
Karla desvió la mirada.
—La junta.
—Veintidós minutos.
—Veintiuno.
—Eso fue rápido.
Claudia volvió a tocar su teléfono.
—Nueva discusión a las ocho treinta y ocho.
—No fue una discusión —dijo Karla.
—Hubo corrección de tiempo —respondió Roberto—. Cuenta.
—No cuenta.
—Acaban de discutir si cuenta —señaló Dante.
Varias personas rieron.
Karla tomó el café y regresó a su silla con toda la dignidad que pudo reunir.
—Se acabaron las apuestas.
—Claro —dijo Dante.
El tono condescendiente la hizo girar.
—¿Qué significa ese “claro”?
—Nada.
—Sonó a algo.
—Solo dije claro.
—Lo dijiste como si no fueras a obedecer.
—No puedo controlar las decisiones financieras de la oficina.
—Tú las fomentas.
—Yo solo existo.
—Ese es el problema.
Dante sonrió.
Karla dio un sorbo al café.
Estaba exactamente como le gustaba.
Eso la irritó todavía más.
La junta comenzó a las nueve y terminó a las diez con una nueva campaña, tres fechas de entrega imposibles y una petición del cliente de “hacer algo fresco, pero no demasiado diferente”.
Karla salió de la sala de reuniones con una libreta llena de notas y la certeza de que nadie más había anotado la mitad de las indicaciones.
—Necesitamos dividir tareas —dijo mientras caminaba hacia el área común.
—Ya tengo una idea —respondió Dante detrás de ella.
—Primero dividimos tareas.
—La idea podría ayudarnos a dividirlas.
—Primero necesitamos saber qué tiene que hacer cada uno.
—Eso mata el impulso creativo.
Karla se detuvo tan abruptamente que Dante casi chocó con ella.
—El impulso creativo no entrega proyectos a tiempo.
—Yo sí.
—Después de cambiarlo todo tres veces.
—Eso se llama evolución.
—Se llama falta de planificación.
Dante inclinó la cabeza.
—¿Todavía estás molesta por aquella primera presentación?
—No estoy molesta.
—Lo mencionas cada vez que alguien dice “versión final”.
—Porque todavía nombras archivos de forma absurda.
—Ahora uso fechas.
—En formatos diferentes.
—Eso mantiene la mente activa.
Karla reanudó la marcha.
—Sala de proyectos. En cinco minutos.
—¿Es una invitación?
—Es una orden.
—Mucho más emocionante.
La sala de proyectos era un espacio pequeño con una mesa redonda, una pared cubierta de pizarras y demasiados marcadores secos. Karla entró primero, conectó su computadora a la pantalla y comenzó a organizar las tareas antes de que el resto del equipo llegara.
Cuando Dante apareció, llevaba una bolsa de pan de elote.
—No puedes desayunar durante la reunión.
—Tú tienes café.
—Es diferente.
—Porque es tuyo.
—Porque no hace ruido.
Dante abrió la bolsa. El aroma dulce se extendió por la sala.
Karla intentó ignorarlo.
—Tenemos cuatro días para presentar propuestas —dijo mientras los demás tomaban asiento—. Diseño necesita entregar primeras versiones mañana por la tarde, contenido trabaja hoy en conceptos y Dante…
—Improvisa una solución brillante.
—Dante no improvisa nada.
Él arrancó un pedazo de pan.
—Qué limitante.
—Dante revisará las ideas del equipo y preparará tres rutas creativas con justificación.
—Puedo preparar dos buenas o tres mediocres.
—Tres buenas.
—Eso viola leyes naturales.
—Tienes hasta mañana.
—Ahora viola derechos humanos.
Roberto levantó una mano.
—¿Podemos apostar cuánto tarda en cambiar el brief?
Karla lo señaló con el marcador.
—No.