Los viernes no son para enamorarse Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Eres predecible —respondió.

Ella pareció decepcionada durante un instante, aunque Dante no supo si lo había imaginado.

—Tú también.

—¿Ah, sí?

—Llegas tarde los lunes, entrenas antes de venir los martes y jueves, y los viernes pasas la mitad de la mañana mirando el reloj.

Dante apoyó la espalda contra la silla.

—Eso fue sorprendentemente específico.

Karla tomó otro bocado.

—Trabajo contigo.

—Exactamente.

Ella negó con la cabeza, pero no discutió.

Los platos principales llegaron poco después. Dante había pedido la lasaña convencido de que cualquier cosa con suficiente queso era una decisión razonable. Karla, en cambio, analizó sus ravioles como si estuviera evaluando una obra de arte.

—¿Vas a comerlos o escribir una reseña? —preguntó.

—Estoy disfrutando la presentación.

—Llevas un minuto mirándolos.

—La comida entra por los ojos.

—La mía está entrando por la boca y funciona bastante bien.

Karla probó uno de los ravioles y cerró los ojos durante un segundo.

Dante sonrió.

—¿Está bueno?

Ella abrió los ojos y recuperó la compostura.

—Aceptable.

—Acabas de tener una experiencia espiritual.

—No exageres.

—Casi lloras.

—Era vapor.

—El vapor no sale de los ojos.

Karla cortó otro raviol y lo dejó sobre su tenedor.

—¿Quieres probarlo?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—¿Me estás ofreciendo comida?

—Quiero que dejes de mirarme.

—No te estaba mirando.

—Llevas toda la noche haciéndolo.

Dante sintió que algo se tensaba en su pecho. Karla lo había dicho sin enojo, casi como una observación casual, pero él bajó la mirada hacia su plato de inmediato.

—Tal vez tienes algo en la cara.

Ella tomó su teléfono y activó la cámara frontal.

—No tengo nada.

—Entonces tal vez estaba mirando detrás de ti.

—Hay una pared.

—Una pared interesante.

Karla lo observó durante un momento más y después dejó el teléfono boca abajo.

—Eres pésimo mintiendo.

Dante no respondió. Tomó un poco de agua y se obligó a concentrarse en la lasaña.

Por primera vez desde que habían entrado, el silencio no se sintió como una competencia. Karla comió con la mirada fija en el plato, y él se preguntó si había notado algo más de lo que debería.

—¿Por qué aceptaste la cita? —preguntó ella de pronto.

—Mateo insistió.

—Eso no responde.

Dante se encogió de hombros.

—Dijo que llevo demasiado tiempo solo.

—¿Y es verdad?

—Probablemente.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Esto es un interrogatorio?

—Estoy intentando conversar.

—Eres intimidante hasta cuando socializas.

—Responde.

Dante movió el tenedor entre las capas de pasta.

—Casi dos años.

Karla levantó las cejas.

—No pareces alguien que pase dos años sin salir con nadie.

—¿Cómo parezco?

—Como alguien que coquetea hasta con las máquinas expendedoras.

—Solo cuando tienen buenas opciones.

Ella sonrió.

—Hablo en serio.

—He salido con personas. Solo no ha sido importante.

La mirada de Karla se suavizó apenas.

—¿Porque no querías o porque no funcionó?

Dante podría haberle dicho que ninguna funcionó porque siempre terminaba comparándolas con ella. Que ninguna discusión le parecía tan divertida, ninguna sonrisa tan difícil de conseguir ni ninguna presencia tan imposible de ignorar.

—Un poco de ambas —respondió.

Karla asintió como si entendiera más de lo que quería admitir.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Siempre sales con alguien distinto cada viernes?

Ella se tensó.

—No siempre.

—Mateo dijo…

—Mateo habla demasiado.

—Eso no lo niego.

Karla giró la copa entre los dedos.

—Es una forma de conocer gente.

—Sin conocerla demasiado.

Su mirada se levantó de inmediato.

—¿Eso qué significa?

Dante supo que estaba acercándose a un terreno peligroso, pero ya había comenzado.

—Que parece un sistema diseñado para no dejar que nadie se acerque.

—No sabes nada de mi sistema.

—Lo suficiente.

—¿Porque recuerdas mi café?

—Porque te vas antes de que algo pueda complicarse.

Karla dejó la copa sobre la mesa con un golpe suave.

—No todo tiene que complicarse.

—No. Pero tampoco todo tiene que terminar antes de empezar.

La expresión de ella cambió. No fue enojo al principio, sino algo más breve y vulnerable que desapareció casi de inmediato.

—No todos necesitamos una relación para sentir que nuestra vida está completa.

—No dije eso.

—Lo insinuaste.

—Solo dije que parece que huyes.

—Yo no huyo.

—Entonces, ¿por qué te molesta tanto?

Karla se quedó quieta. Dante supo que había ido demasiado lejos cuando ella apartó la mirada y se concentró en la lluvia detrás del cristal.

—Olvídalo —dijo él.

—Eso pensaba hacer.

El resto de los platos quedó casi intacto durante varios minutos. Dante buscó algo que decir para reparar el daño, pero ninguna broma parecía adecuada.

Julián se acercó para retirar los platos y preguntó si todo estaba bien.

—Perfecto —respondió Karla con una sonrisa impecable.

Dante reconoció esa sonrisa. Era la que usaba en juntas cuando alguien decía algo que la irritaba y ella no podía contestar lo que realmente pensaba.

—¿Desean ver el menú de postres?

Karla no respondió de inmediato.

Dante miró hacia la vitrina y después al mesero.

—¿Queda pastel de cajeta?

—Solo una porción.

Karla levantó la cabeza.

Dante sonrió.

—Tráigala.

—No hace falta —dijo ella.

—Viniste por eso.

—Ya no tengo hambre.

—Mientes peor que yo.

Julián esperó entre ambos.

—La porción —repitió Dante—. Con dos cucharas.

Karla lo miró cuando el mesero se alejó.

—No necesito que me compres un postre para compensar lo que dijiste.

—No intento compensarlo.

—Entonces, ¿qué haces?

Dante apoyó los brazos sobre la mesa.

—Evito que esta noche sea una pérdida total.

Ella sostuvo su mirada, todavía a la defensiva.

—Eres insoportable.

—Eso ya lo establecimos.

—Y entrometido.

—También.

—Y no tienes derecho a opinar sobre cómo manejo mi vida.

—Tienes razón.

La respuesta pareció desarmarla.

—¿Así de fácil?

—No. Sigo pensando que tengo razón, pero no debí decirlo.

Karla parpadeó.

—¿Eso fue una disculpa?

—No te acostumbres.

—Sonó un poco defectuosa.

—Es una versión de prueba.

La tensión en su rostro disminuyó. No sonrió, pero sus hombros dejaron de estar rígidos.

Julián regresó con el pastel de cajeta. Era una rebanada generosa, cubierta con salsa tibia, nueces caramelizadas y una bola de helado de vainilla que comenzaba a derretirse por los bordes.

Karla lo miró como si acabara de olvidar por completo que estaba molesta.

—Eso es obsceno —murmuró.

Dante tomó una de las cucharas.

—¿En el buen sentido?

—No lo arruines hablando.

Ella probó el primer bocado y cerró los ojos. Esta vez no intentó disimularlo. Dante la observó saborear el postre con una expresión de felicidad tan sincera que sintió algo cálido y doloroso instalarse en el centro del pecho.

—¿Qué? —preguntó Karla al abrir los ojos.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—El vapor.

Ella soltó una risa.

No fue una carcajada ni una burla. Fue una risa breve, limpia, sin defensa. Dante se quedó mirándola un segundo más de lo prudente.

—Prueba —dijo ella, empujando el plato hacia él.

Dante tomó un poco de pastel.

—Está bien.

Karla abrió la boca, ofendida.

—¿Bien?

—Sí.

—Esto es lo mejor que ha salido de esta noche.

—Eso no era difícil.

—No vuelvas a tocarlo.

Ella intentó retirar el plato, pero Dante sujetó el borde con una mano.

—Pedimos dos cucharas.

—Fue tu error.

—Yo lo pagué.

—Dividiremos la cuenta.

—Entonces me corresponde la mitad.

—No funciona así.

—¿Hay reglas especiales para la cajeta?

—Muchas.

Terminaron discutiendo por cada bocado, empujando el plato de un lado a otro y acusándose de tomar porciones demasiado grandes. Para cuando solo quedó una cucharada, ambos la observaron.

—Es mía —dijo Karla.

—Yo pedí el pastel.

—Yo vine por él.

—Yo evité que te fueras.

—Tú también querías quedarte.

Dante sostuvo su mirada.

—Sí.

La palabra salió distinta. Más seria de lo que pretendía.

Karla dejó de sonreír.

Durante un instante, el ruido del restaurante pareció alejarse. Dante podría haber hecho una broma, corregir el tono o fingir que se refería únicamente a la comida.

No lo hizo.

Karla bajó la mirada y empujó el plato hacia él.

—Tómalo.

Dante tomó la cuchara, pero en lugar de comer, dividió el último bocado por la mitad y dejó una parte frente a ella.

—No seas dramático —dijo.

Karla lo observó y después comió su parte sin discutir.

Cuando pidieron la cuenta, la lluvia golpeaba con fuerza los ventanales. Karla insistió en pagar la mitad exacta, incluyendo las entradas y el postre, aunque Dante intentó señalar que él había elegido la lasaña más cara.

—No quiero deberte nada —dijo ella.

La frase le molestó, pero decidió no mostrarlo.

—Tranquila. No voy a cobrar intereses.

Salieron del restaurante juntos. Bajo el toldo de la entrada, varias personas esperaban automóviles mientras la lluvia convertía la calle en una superficie brillante.

—Mi coche está a una calle —dijo Karla.

—El mío también.

—No tenemos que caminar juntos.

—Nunca lo sugerí.

—Bien.

—Bien.

Ninguno se movió.

Dante miró la lluvia y después el vestido de Karla. Ella no llevaba abrigo ni paraguas.

—Vas a congelarte.

—Estoy bien.

—Tiemblas.

—Es indignación.

Dante se quitó la chaqueta y se la ofreció.

—No.

—No seas ridícula.

—No tengo frío.

Un relámpago iluminó la calle y Karla se estremeció.

Dante levantó una ceja.

—La indignación está empeorando.

Ella tomó la chaqueta y se la puso sin agradecerle. Le quedaba grande y las mangas cubrían parte de sus manos. Dante intentó no pensar demasiado en lo bien que se veía usando algo suyo.

Caminaron bajo la lluvia, primero separados y después más cerca para evitar los charcos. A mitad de la calle, Karla pisó mal y resbaló. Dante la sujetó por la cintura antes de que cayera.

Ella apoyó una mano contra su pecho.

Ambos se quedaron inmóviles.

La lluvia golpeaba sus hombros, el cabello de Karla comenzaba a humedecerse y Dante podía sentir su respiración demasiado cerca.

—Puedes soltarme —dijo ella.

—Podría.

—Dante.

Él retiró la mano.

Karla se acomodó la chaqueta y siguió caminando sin mirarlo. Dante fue detrás, sonriendo a pesar de sí mismo.

Aquella había sido, sin ninguna duda, la peor cita de su vida.

También era la primera que habría repetido sin pensarlo.