Los viernes no son para enamorarse Capítulo 2 #2
13%

Capítulo 2 #2

La recepcionista tomó dos menús y les indicó que la siguieran. Karla avanzó primero, con los hombros rectos y el mentón ligeramente levantado, como si caminar hacia la mesa fuera una decisión estratégica y no una rendición causada por un postre.

Dante fue detrás de ella.

El restaurante era más elegante de lo que había imaginado. Las luces colgantes proyectaban un resplandor cálido sobre las mesas, una melodía suave sonaba de fondo y el aroma a pan recién horneado hacía difícil recordar que se suponía que aquella noche era un desastre.

La mesa estaba junto a uno de los ventanales. La recepcionista dejó los menús y se retiró después de desearles una buena cena.

Karla tomó asiento sin mirarlo.

Dante ocupó la silla frente a ella.

Durante varios segundos, ninguno dijo nada.

Era extraño verla así, fuera de la oficina. Sin una computadora entre ambos, sin compañeros fingiendo trabajar mientras escuchaban sus discusiones y sin una excusa laboral para observarla. La luz del restaurante suavizaba sus facciones y hacía brillar el collar alrededor de su cuello.

Dante abrió el menú para ocultar que la estaba mirando.

—Esto es incómodo —dijo Karla.

—Solo porque lo mencionaste.

—Era incómodo antes.

—Yo estaba perfectamente bien.

—Te quedaste congelado cuando me viste.

—Pensé que eras otra persona.

—¿Una persona que conoces?

—Una persona que me cae bien.

Karla bajó el menú.

—¿Vas a empezar?

—Todavía no he pedido bebida. Técnicamente, no hemos empezado.

Un mesero se acercó a la mesa con una cesta de pan.

—Buenas noches. Mi nombre es Julián y estaré atendiendo su mesa. ¿Desean comenzar con algo de beber?

Karla abrió la boca, pero Dante habló primero.

—Agua mineral para ella.

Ella giró lentamente hacia él.

—¿Perdón?

Dante se dio cuenta de su error cuando ya era demasiado tarde.

—Siempre pides agua mineral.

El mesero miró de uno al otro.

Karla apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Cómo sabes lo que siempre pido?

—Hemos comido juntos en reuniones.

—Dos veces.

—Tengo buena memoria.

—No recuerdas ni las contraseñas de tus propias cuentas.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

—Las contraseñas no me gritan cuando llego cinco minutos tarde.

Julián seguía junto a la mesa, observándolos con una paciencia admirable.

—Agua mineral está bien —dijo finalmente Karla—. Gracias.

—Para mí también.

El mesero anotó y se alejó.

Karla esperó hasta que estuviera fuera de alcance.

—Eso fue raro.

—Pedir agua no es raro.

—Recordar lo que bebo sí.

—No eres tan misteriosa como crees.

—Y tú eres mucho más extraño de lo que creía.

Dante tomó un trozo de pan y lo partió por la mitad.

—¿Solo porque recuerdo tu bebida?

—Porque también sabías que investigué el menú.

—Todos saben que investigas todo.

—¿Todos?

—En la oficina.

—¿Hablan de mí?

—Constantemente.

Karla dejó el menú sobre la mesa.

—¿Qué dicen?

Dante la observó durante un instante. Podía haber respondido con la verdad. Que todos admiraban su trabajo. Que confiaban en ella incluso cuando se quejaban de sus exigencias. Que él había escuchado más de una vez cómo alguien decía que el equipo se derrumbaría sin Karla.

En lugar de eso, tomó otro pedazo de pan.

—Que escondes una lista con los nombres de las personas que odias.

—La tengo.

—¿Estoy en los primeros cinco?

—Tienes una sección propia.

Él soltó una risa.

Karla intentó mantener el gesto serio, pero la comisura de su boca se movió apenas.

Dante lo notó.

Y, por alguna razón, aquello le pareció más peligroso que todas sus discusiones juntas.

Julián regresó con las bebidas y las colocó sobre la mesa con una cautela que sugería que ya había entendido que cualquier movimiento brusco podía reiniciar la discusión.

—¿Desean que les explique las especialidades de la casa?

—Sí —respondió Karla.

—No —dijo Dante al mismo tiempo.

Ella volvió la cabeza hacia él.

—¿Por qué no?

—Porque ya investigaste el menú.

—Eso no significa que no quiera escuchar.

—Significa que probablemente sabes más que él.

Julián levantó las cejas, pero Karla le ofreció una sonrisa educada.

—Me gustaría escuchar las recomendaciones.

—Por supuesto. Esta noche tenemos ravioles rellenos de ricota y espinaca, risotto de hongos silvestres y salmón en salsa de limón. También contamos con una lasaña de cocción lenta que tarda aproximadamente veinticinco minutos.

—Los ravioles suenan bien —dijo Karla.

—La lasaña —eligió Dante.

Ella lo miró con desconfianza.

—Ni siquiera has abierto bien el menú.

—No necesito estudiar un expediente para pedir comida.

—Luego no te quejes si sabe mal.

—No suelo culpar a otros por mis decisiones.

El comentario fue dicho con ligereza, pero Karla se quedó quieta durante una fracción de segundo. Dante lo notó y se arrepintió de inmediato. No sabía exactamente qué parte había tocado, aunque conocía lo suficiente de su historia para sospecharlo.

Julián intervino preguntando si querían alguna entrada.

—La burrata —dijo Karla.

—Las alcachofas fritas —dijo Dante.

Se miraron.

—La burrata —repitió ella.

—Ya escuchó.

—Yo también pedí algo.

—Pero la burrata combina mejor con el pan.

—Las alcachofas son más interesantes.

—No todo tiene que ser interesante.

—Eso explica muchas de tus decisiones.

Karla cerró el menú con calma y miró al mesero.

—Traiga las dos.

—Excelente elección.

Julián recogió los menús y se alejó con una velocidad que Dante interpretó como instinto de supervivencia.

—Acabas de pedir dos entradas para demostrar que puedes —dijo él.

—Acabo de evitar otra discusión.

—Pidiendo todo.

—Es una estrategia válida.

—Cara, pero válida.

Karla tomó un sorbo de agua y desvió la mirada hacia el ventanal. Desde su mesa podían verse las luces de los automóviles reflejadas sobre la calle húmeda. Había comenzado a lloviznar sin que ninguno lo notara.

Dante jugueteó con la servilleta. Ahora que ya no tenían el menú como escudo, la situación se sentía peligrosamente parecida a una cita real.

—Entonces —dijo él—, ¿qué se supone que hacemos ahora?

—Cenar.

—Las citas suelen incluir conversación.

—Esto no es una cita.

—La recepcionista cree que sí.

—La recepcionista no importa.

—Julián también.

—Julián solo quiere una buena propina.

—¿Y qué te dijo Renata sobre mí?

Karla se acomodó en la silla.

—Que eras amigo de Mateo, divertido y que necesitabas conocer a alguien que no se impresionara fácilmente.

Dante frunció el ceño.

—Eso suena ofensivo.

—Lo fue.

—¿Y aun así aceptaste?

—Por el restaurante.

—Claro. El pastel.

—Principalmente.

—Qué bonito saber que fui el elemento menos importante de mi propia cita.

Karla sonrió apenas.

—No te lo tomes personal. La cajeta compite en otra categoría.

—¿Siempre te ha gustado tanto?

—Desde niña.

—¿Cuánto es “tanto”?

Ella se tomó un momento para pensarlo.

—Mi pastel de cumpleaños número ocho tenía relleno de cajeta, cobertura de cajeta y decoraciones de cajeta.

—Eso suena ilegal.

—Fue perfecto.

—¿Sobrevivieron los invitados?

—Algunos.

Dante soltó una risa. La imagen de una Karla de ocho años, probablemente dirigiendo su propia fiesta y exigiendo porciones simétricas, apareció en su mente con una claridad inesperada.

—Ahora tú —dijo ella.

—¿Yo qué?

—Mateo debió decirte algo sobre mí.

Dante apoyó un brazo sobre la mesa.

—Dijo que eras inteligente, bonita y un poco intensa.

Karla entrecerró los ojos.

—¿Un poco?

—Estoy intentando ser diplomático.

—Tú no sabes ser diplomático.

—También dijo que eras amiga de Renata y que estabas cansada de salir con idiotas.

Ella soltó una risa seca.

—Eso último sí es verdad.

—¿Tantos han sido?

—Los suficientes.

—Tal vez el problema es tu sistema de selección.

—Mi sistema funciona.

—Estás cenando conmigo.

—Fue una falla excepcional.

—Entonces deberías actualizarlo.

Las entradas llegaron antes de que Karla pudiera responder. Julián colocó la burrata en el centro y después las alcachofas. Dante agradeció, pero Karla lo hizo con una amabilidad que contrastaba con la forma en que solía hablarle a él.

—Gracias. Se ve increíble —dijo ella.

Julián sonrió.

—Que lo disfruten.

Dante esperó hasta que se alejara.

—Eres muy amable con él.

—¿Eso te sorprende?

—Un poco.

—No soy desagradable.

—Conmigo sí.

—Tú haces un esfuerzo especial por merecerlo.

Dante tomó una alcachofa y la probó.

—Eso está muy bien.

—¿Vas a admitir que tenías razón?

—Dije que estaba bien, no que fuera mejor.

Karla sirvió un poco de burrata sobre su plato. El gesto fue preciso, cuidadoso, como todo lo que hacía. Dante la observó durante unos segundos y después extendió el plato hacia ella.

—¿Me das?

Ella levantó la mirada.

—¿No decías que las alcachofas eran más interesantes?

—Puedo tener intereses diversos.

Karla le sirvió una porción, aunque lo hizo con la expresión de quien alimenta a un animal que no debería acostumbrarse a recibir comida.

—Gracias.

—No lo hagas raro.

—Solo te di las gracias.

—Lo dijiste demasiado amable.

—Puedo insultarte si eso te hace sentir segura.

—Eso sería más natural.

La conversación se volvió extrañamente sencilla después de aquello.

No agradable, exactamente, pero menos hostil.

Discutieron sobre cuál entrada era mejor, sobre si la piña tenía derecho a estar sobre una pizza y sobre la costumbre de Dante de llegar a las juntas con café para todos menos para Karla.

—Porque nunca sé cuál quieres —se defendió él.

—Siempre pido lo mismo.

—Agua mineral, café americano sin azúcar y, cuando estás de mal humor, capuchino.

Karla dejó el tenedor sobre el plato.

—Otra vez.

Dante se dio cuenta demasiado tarde.

—¿Otra vez qué?

—Sabes demasiadas cosas.

—Trabajo contigo.

—También trabajas con Claudia y no sabes cómo toma el café.

—Claudia toma cualquier cosa que tenga cafeína.

—¿Y Roberto?

—Leche con un poco de café.

—¿Y yo?

Dante sostuvo su mirada.

La respuesta verdadera era que sabía cómo tomaba el café porque la había observado durante años.

Porque recordaba la primera vez que Karla se había quedado hasta tarde terminando una presentación y él había bajado a buscarle algo caliente sin preguntarle.

Porque todavía podía recordar su sonrisa cuando probó el capuchino y dijo que por fin había servido para algo.