Capítulo 11 #3
—¿La traigo con dos cucharas? —preguntó el mesero.
Karla miró a Dante.
La primera vez habían compartido el último postre como si fuera una tregua. Ambos habían fingido que no disfrutaban la compañía y vigilado cada cucharada para asegurarse de que el otro no recibiera más.
Ahora Dante esperaba su respuesta.
No tomó la decisión por ella.
—Sí —dijo Karla—. Dos cucharas.
Cuando el pastel llegó, Dante acercó el plato hacia el centro.
—Deberíamos establecer reglas.
—Pensé que no te gustaban.
—Estoy adaptándome a la relación.
Karla se quedó inmóvil.
Dante también.
La palabra había aparecido sin aviso.
—¿Relación? —preguntó ella.
Él sostuvo la cuchara.
—Era una forma de hablar.
—Ah.
—Todavía estamos en la primera cita.
—Segunda.
—La primera no contó.
—Claro que contó.
—La declaraste un desastre.
—Fue un desastre.
—Entonces esta es la primera oficial.
Karla observó el pastel.
—No quiero empezar desde cero.
Dante dejó la cuchara.
Ella levantó la vista.
—No quiero fingir que los últimos años no pasaron —continuó—. Ni la cena, ni las peleas, ni todo lo demás.
—Eso suena poco romántico.
—No he terminado.
—Perdón.
Karla apoyó las manos sobre la mesa.
—No quiero una versión nueva de nosotros en la que tengamos que comportarnos diferente para que funcione. Quiero seguir discutiendo contigo.
—Eso sí suena romántico.
—Quiero que sigas haciendo nombres absurdos para los archivos.
—Puedo comprometerme con eso.
—Y quiero que me digas cuando algo te importe en lugar de convertirlo en una broma.
Dante asintió.
—Eso será más difícil.
—Lo sé.
—Pero puedo intentarlo.
—Yo también.
Karla tomó la cuchara.
—Entonces no es empezar desde cero.
Dante tomó la otra.
—Es continuar.
—Con correcciones.
—Por supuesto.
—Y límites claros con el postre.
—Eso tendremos que negociarlo.
Ambos probaron la primera cucharada.
El pastel sabía exactamente como Karla lo recordaba.
Quizá un poco mejor.
—Entonces —dijo Dante—, ¿esto significa que somos algo?
Karla se tomó su tiempo antes de responder, solo para verlo impacientarse.
—Significa que estamos en una cita.
—Eso ya lo establecimos.
—Una cita que quiero repetir.
La expresión de Dante se suavizó.
No hizo una broma.
No necesitó hacerlo.
Extendió la mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba.
Karla la miró.
Era un gesto pequeño.
Una invitación.
Nada más.
Colocó su mano sobre la de él.
Los dedos de Dante se cerraron alrededor de los suyos con cuidado, como si todavía le estuviera dando la opción de retirarse.
Karla no lo hizo.
—Tengo una pregunta —dijo él.
—Eso nunca termina bien.
—¿En qué momento exacto te enamoraste de mí?
Karla retiró la mano.
—No dije que estuviera enamorada.
Dante abrió la boca.
—Acabas de invitarme a repetir nuestra primera cita.
—Eso no es una confesión.
—Dijiste que no querías empezar desde cero.
—Tampoco es una confesión.
—Me tomaste de la mano.
—Tú la extendiste.
—Y tú aceptaste.
—Fue un gesto amable.
Dante la miró con incredulidad.
—Karla.
Ella tomó otra cucharada de pastel.
—¿Qué?
—Llevo tres años enamorado de ti.
—Eso fue decisión tuya.
—Eres una persona terrible.
—Y, aun así, aquí estás.
—Estoy reconsiderándolo.
—Perfecto. Dame tu cuchara.
Dante alejó el cubierto.
—No mezcles nuestros problemas sentimentales con el postre.
—Entonces deja de amenazar con irte.
—No amenacé.
—Dijiste que estabas reconsiderándolo.
—Era una expresión.
—Las palabras importan.
—Eso dices cuando te conviene.
Karla estiró la mano hacia el plato.
Dante lo alejó.
—Devuélvelo.
—Admite que estás enamorada de mí.
—Eso es chantaje.
—Es negociación.
—Pésima negociación. El pastel está de mi lado de la mesa.
—El plato está en el centro.
—Dos centímetros hacia mí.
—Eso no establece propiedad.
—Dante.
—Karla.
La pareja de la mesa contigua los miró.
Ninguno bajó la voz.
—Eres insoportable —dijo ella.
—Llevas años diciéndolo.
—Porque es verdad.
—Y aun así me invitaste a cenar.
Karla intentó mantener la expresión seria.
Dante sonreía.
No con cautela.
No con miedo.
Con la misma sonrisa provocadora que había conseguido irritarla desde que lo conoció, solo que ahora no había nada escondido detrás.
Karla sintió que la suya aparecía sin permiso.
—No te acostumbres —dijo.
—Demasiado tarde.
Ella tomó su cuchara y robó la porción más grande.
Dante la señaló, indignado.
—Eso era más de la mitad.
—No establecimos reglas.
—Propuse hacerlo.
—Y yo no acepté.
—Esto va a ser un desastre.
Karla probó el pastel y dejó que la sonrisa permaneciera.
—Probablemente.
Dante tomó otra porción.
—¿El viernes siguiente?
—Depende.
—¿De qué?
—De si eliges un restaurante sin cebolla.
—Eso elimina la mitad de la ciudad.
—Entonces tendrás que esforzarte.
—Ya empezaron las exigencias.
—Puedes irte.
Dante se inclinó sobre la mesa.
—No quiero.
Karla sostuvo su mirada.
La primera vez que habían estado allí, ambos buscaron una razón para escapar.
Esta vez no había lluvia suficiente, postre escaso ni discusión absurda que pudiera hacerlos levantarse.
—Yo tampoco —respondió.
Dante sonrió.
Karla también.
Y continuaron discutiendo hasta que no quedó una sola migaja de pastel.