Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Antes de que niño pudiera dar a entender que había comprendido la pregunta, Julia intervino:

—Oh, seguro que no es necesario llevarlo, ¿verdad? Es demasiado pequeño y estúpido… ¡Lo estropeará todo!

Incapaz de contenerse, Abigail la abofeteó con fuerza. Agarró la mano de Dickon, se lo llevó a rastras y cerró la puerta. Del otro lado quedaron los gemidos de indignación de Julia.

Después de esa escena, no era probable que el picnic tuviera éxito, pensó con pesar. A pesar de todo, los niños Dawson lo habían pedido y debían ir, lo quisieran o no. Y Dickon, por pequeño y estúpido que lo consideraran, también debería ir.

Su determinación no flaqueó ni ante el hosco silencio de Julia y las groserías de Dorothea y Alexander. Jethro ya les tenía la barca preparada. Con sus dos hijastros mayores a los remos, su pequeño en las rodillas y la cesta de picnic bajo el timón, se pusieron en marcha.

—Empezaremos río arriba —decidió Abigail—, mientras contáis con todas vuestras fuerzas. Después de haber merendado, podremos volver a favor de la corriente.

Estar en el río era bastante agradable, tenía que admitirlo, mucho más fresco que en tierra firme.

Una ligera brisa rozaba el agua, salpicada de sol, en tanto que los árboles que crecían sobre sus cabezas en la alta orilla les proporcionaban una placentera sombra.

Los dos niños mayores, llenos de entereza, remaban muy bien.

Poco a poco, su hosquedad fue superada por la belleza y el interés del entorno.

En los árboles había pájaros: bandadas de periquitos de colores brillantes que levantaban el vuelo, alarmados, al ver que la lancha se acercaba.

Vieron también una pareja de urracas y una cacatúa blanca, y, pasando por encima de ellos en una apretada cuña, media docena de patos que, delante del cielo iluminado por el sol, parecían negros.

Alexander afirmó haber oído al pájaro látigo, en tanto que Julia, siempre dispuesta a superarlo, insistió en que un ornitorrinco había pasado a su lado, pero eran discusiones bien templadas, así que Abigail se relajó poco a poco y dejó que la paz de la escena le provocara una tranquila somnolencia.

—Déjame cuidar de Dickon —se ofreció Dorothea—. Esos otros dos están remando y yo no tengo nada que hacer. Lo cuidaré bien, te lo prometo.

El pequeño parecía dispuesto a ir con ella, así que Abigail se lo cedió.

La divertía oír los gorgoritos de placer cuando Dorothea metía la mano en el agua y le salpicaba la carita.

En la popa de la lancha había cojines amontonados, así que Abigail se recostó majestuosa y dejó caer los pesados párpados.

Tal vez, rumiaba somnolienta, si Dickon estuviera más emparentado con los chicos Dawson, estos no se mostrarían tan resentidos.

Y Tim quería que ella tuviera un hijo suyo, él…

—¡No, Dodie, cuidado! —chilló Julia—. ¡Cuidado! ¡Dickon se está resbalando!

Abigail despertó al instante. Vio alarmada que Dickon se había subido a la proa y estaba por perder el equilibrio y caer al río.

Dorothea, había que reconocérselo, actuó con rapidez y valentía.

Se encaramó al lado del niño y, con todas sus fuerzas, tiró para quitar a la pequeña figura tambaleante de donde estaba.

Dickon aterrizó en las tablas inferiores con un ruido sordo, pero el esfuerzo resultó excesivo para su pequeña salvadora.

Con un grito de terror y agitando los brazos, Dorothea cayó de espaldas al agua.

Empezó a luchar con todo su ímpetu contra la corriente que la atrapaba y empezaba a arrastrarla, pero sus forcejeos estaban siendo tan infructuosos como sus gritos.

—¡No sabe nadar! —exclamó Julia—. ¡Ay, Abigail, Dodie no sabe nadar!

Abigail no dudó ni un instante. De repente, vino a su mente la visión de pesadilla del cuerpo de un ahogado cubierto de rojo que, años atrás, había visto desde la cubierta del Fanny.

Se lanzó entonces al agua y, dando brazadas rápidas y fuertes, nadó hacia Dorothea.

Había sido siempre una buena nadadora y, aunque la falda entorpecía sus movimientos, no tardó mucho en tener a la aterrorizada niña entre los brazos.

Dorothea se aferró a ella como una salvaje, así que, de una patada, Abigail se despojó de la falda.

Entonces, ya liberada, consiguió poner a la muchacha boca arriba y agarrarla con firmeza de los brazos para impedir que siguiera forcejeando.

—Quédate quieta, Dodie —le suplicó—. Estás a salvo. No dejaré que te hundas, de verdad que no.

Remando con destreza, Julia y Alexander maniobraron hasta quedar junto a ellas.

Entre los dos sacaron a Dorothea del agua y luego, siguiendo las instrucciones de Abigail, consiguieron mantener la barca firme para que la mujer pudiera trepar por la borda.

Empapada y sin aliento, Abigail cogió en brazos a Dorothea, que seguía muy asustada, y la abrazó con fuerza.

A Julia le ordenó que regresara al embarcadero de Upwey.

—Tan rápido como puedas, Julia. La corriente te ayudará. Y ten cuidado con Dickon, ¿quieres?

—Sí, de acuerdo, Abigail —concedió Julia con voz tenue.

Tim los estaba esperando cuando llegaron al embarcadero. Al ver a su esposa mojada y desaliñada, expresó preocupado:

—¡Por todos los cielos, mi amor! —exclamó—, ¿qué ha sucedido? Dame a esta pobre niña.

Cogió a Dorothea entre sus brazos. Abigail salió de la barca temblando, un poco por el frío y otro poco por la conmoción.

—Hemos tenido un accidente… —empezó, pero fue Julia quien se adelantó a responder la pregunta de su padre.

—Dodie se ha caído al agua, y se habría ahogado si no hubiera sido por Abigail, papá —le dijo con voz sonora—. Deberías estar orgulloso de ella; ¡Papá, es una heroína, de verdad! Le ha salvado la vida de Dodie.

—¡Madre mía! —Tim miró a una y otra con el ceño fruncido.

Luego su rostro se aclaró, dejó a Dorothea en el suelo y tendió los brazos a Abigail.

— No creo, mi querida esposa, que ninguno de mis vástagos vuelva a cuestionar tu autoridad.

Toma esto. —Se quitó la chaqueta y la envolvió.

— Luego se volvió hacia Julia y añadió con voz llana—: A casa las dos, Dorothea y tú.

Rápido, ¿entendéis? Alex, cuida de Dickon.

Los niños lo obedecieron al instante. Al verlos partir, Abigail se animó. Era de esperar que él tuviera razón, solo que estos chicos de carácter tan fuerte quizás volverían a desafiarla. Se abrazó, eso sí, a la noción de que se había ganado su respeto, y eso ya era algo.

Tim le pasó un brazo por debajo del suyo y juntos, tras la estela de los niños, regresaron a la casa.