Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Inquieta, Jenny se preguntaba si aquella no habría sido una decisión arrebatada, una reacción al matrimonio de Abigail.

Después de buscar en el rostro de su hijo alguna pista sobre sus sentimientos, decidió que no.

Justin no actuaba por impulso; se tomaba su tiempo, pensaba con detenimiento cada cosa que hacía.

Y había tenido mucho tiempo, mientras estaba con los constructores de carreteras del señor Cox, para pensar en el asunto y llegar a la conclusión correcta.

—Tengo muchos deseos de conocerla —dijo—. Ahora, ve a asearte. ¿Quieres tomar algo?

Él negó con la cabeza.

—Le pediré a Nan un poco de té, no te preocupes. ¿Y decías que podía tomar prestado algo del armario de Andrew?

—Me ocuparé de ello —prometió Jenny.

—Gracias. Y, madre…

—¿Sí?

Justin se acercó para cogerle las manos entre las suyas.

—No olvides lo que te he dicho con respecto a llegar al final del camino del señor Cox, ¿quieres? Podrás cabalgar todo el camino. Habrá cabañas de provisiones y buenos campamentos a intervalos regulares. Además, el tiempo tendrá que haber mejorado para marzo.

—No lo olvidaré, Justin.

Y no lo olvidaría, pensó, consciente de un miedo escalofriante. No lo olvidaría, pero aún faltaban seis meses para marzo y ya había recorrido diez del término que el doctor Redfern había pronosticado.

Justin la dejó y ella lo oyó hablar y reír con Nancy Jardine en la cocina.

Cogió una camisa y unos calzones del armario de Andrew, los dejó preparados y volvió a la mecedora.

El viejo Frisky se acomodó a su lado y ella le acarició la cabeza, con la mirada en la oscuridad, los ojos secos, luchando contra el miedo.

Estaba contenta de que Justin hubiera encontrado una chica; contenta de que su hijo hubiera superado el enamoramiento de Abigail sin, por lo visto, salir demasiado malherido. Con la ayuda de Dios, lo vería casado y… Rezó en silencio.

«Por favor, Dios, déjame ir con él hasta el final de ese camino.

—El dolor llegó, como un cuchillo que se clavara entre sus costillas, pero Jenny no gritó.

Al cabo de un rato, el malestar ya había pasado.

Soltó entonces un largo suspiro y terminó la oración.

— Por favor, padre celestial, déjame ver esos interminables pastos antes de morir. »

* * *

—Debes tratar de ser amable y considerada con la tía Lucy —le advirtió Abigail—, como lo eres con Dickon, porque…

—¿Es sordomuda? —interrumpió Julia, insolente.

—No, claro que no, pero ha estado muy enferma. Y queremos pasar una feliz Navidad en familia, ¿no es así?, ¿todos juntos?

—No será una Navidad feliz —dijo Julia muy convencida—. No como solía ser, cuando mamá vivía. Era precioso entonces. Teníamos velas y ponche caliente, y fuera se asaba un buey entero en una gran hoguera para que los sirvientes convictos y los trabajadores de la granja se unieran.

—Bueno, espero que tu padre se encargue de eso este año —sugirió Abigail con tono apaciguador, pero ya estaba a punto de perder los estribos, y Julia, que se daba cuenta, se sumió en un silencio hosco e insensible.

Alexander siguió el ejemplo de su hermana, se acercó a Dickon y lo pellizcó a hurtadillas.

En cuanto el pequeño, con la cara colorada, soltó uno de sus extraños gruñidos, los únicos que podía emitir, Alexander adoptó una expresión de inocencia angelical.

—Creo que Dickon va a vomitar —dijo con desprecio—. ¿Llamo a Kate para que se lo lleve?

—No, no llamarás a Kate —replicó Abigail. Levantó a su pequeño y lo tranquilizó con cariño. Se sentía exasperada por la implacable hostilidad de los niños Dawson. Hiciera lo que hiciera, era incapaz de ganarse su aprobación; ni siquiera su tolerancia, pensó con amargura.

Julia era la causante, por supuesto. Como la mayor de los hijos de Timothy, ejercía una fuerte influencia sobre los otros dos; y Dorothea, que al principio había parecido dispuesta a aceptar a Abigail, era de pronto casi tan difícil y exigente como su hermana.

Tim no comprendía por qué su flamante esposa era incapaz de controlarlos.

—Solo son niños —había dicho más de una vez—. Ejerce tu autoridad, querida.

Abigail suspiró, abrazó a Dickon y lo besó en la coronilla de su oscura y rizada cabeza.

Dickon era un ángel; era cariñoso y dulce, a pesar de su terrible discapacidad, pero los niños Dawson le estaban haciendo la vida imposible.

Incluso con el firme respaldo de Kate Lamerton, a Abigail le resultaba cada vez más difícil controlar a sus hijastros.

La pobre Lucy, por su parte, todavía en un estado de conmoción, entumecida, poco comunicativa, no le hacía las cosas más fáciles.

Era todo muy frustrante. Abigail resistió la tentación de abofetear a Dorothea, que se había echado a llorar sin motivo aparente, y le ordenó con severidad que trabajara en su dechado.

La niña obedeció con desgana. Mientras Julia ayudaba a su hermana a ordenar los hilos de bordar, se hizo el silencio.

Abigail volvió a suspirar. Estaba profundamente enamorada de su marido y no dudaba de que él también estaba muy enamorado de ella.

Habían pasado por unos días de felicidad ideal durante las primeras semanas del matrimonio y Tim había demostrado ser un amante entusiasta y apasionado.

Lucy no se había entrometido en la felicidad de la pareja y Frances había cuidado de los cuatro niños con su habitual bondad desinteresada.

La nueva pareja se había quedado en Sídney a disfrutar de la vida social, a asistir a las cenas y bailes, a recepciones en la Casa de Gobierno, a las carreras de caballos, a fiestas en los jardines y picnics y a los fuegos artificiales.

El regimiento recién llegado, el Cuadragésimo Sexto, había eclipsado incluso a Simeon Lord y John Blaxland con su pródiga hospitalidad.

Todo el mundo estaba de acuerdo en que el coronel Molle y su esposa eran grandes activos para la sociedad de la colonia.

¡Y qué bien lo habían pasado!, reflexionó Abigail.

Tim la había complacido al máximo. Aunque no le gustaban las fiestas, la acompañó sin rechistar a todas a las que fueron invitados, además de que había hecho de anfitrión, con infalible buena voluntad, en las que ella había insistido en que debían ofrecer en reciprocidad, pero aquello no podía durar; y ella, por supuesto, lo sabía.

Tim era terrateniente y tenía tres grandes fincas que administrar.

Además, los Spence estaban haciendo planes para viajar a Calcuta al comienzo del año.

Así que, para Navidad, habían cerrado la casa de Sídney y habían vuelto con los niños a Upwey.

Una vez allí, Tim se dedicaba a sus asuntos desde primera hora de la mañana y hasta bien entrada la noche, y…

Abigail se mordió el labio inferior con fiereza y lo sintió temblar.

Estaba abandonada a su suerte, acompañada de tres niños resentidos y rebeldes.

La casa le gustaba muchísimo. Desde la muerte de Henrietta, Tim la había ampliado.

Ahora tenía otra media docena de habitaciones, una bodega para los vinos —su nuevo experimento—, establos adicionales y un montón de edificios agrícolas cuyo propósito ella aún desconocía.

También, una casita para su fiel Jethro, que habían podido terminar de construir justo antes de que el pastor estuviera de vuelta.

Empleaban mano de obra más que suficiente: un buen cocinero y siete excelentes criados que le dejaban poco que hacer, excepto ejercer su autoridad sobre los niños.

Y Lucy, la pobre e infeliz Lucy, iba a reunirse con ellos por Navidad.

Llegaría con Frances y Jasper Spence en su carruaje desde Parramatta.

—¿No podríamos ir de picnic al río? —La voz chillona de Julia irrumpió en sus pensamientos.

Abigail se puso rígida. Su primer impulso fue negarse.

—Hay que preparar la decoración navideña —dijo con poca convicción— y envolver y etiquetar los regalos.

—Hay tiempo de sobra para eso —argumentó Julia entre pucheros—. Y es muy aburrido sentarse aquí, en la casa, a coser. Cuando mamá vivía, solía llevarnos al río.

—¡Sí, sí! —exclamó Dorothea, en apoyo de su hermana mayor—. Por favor, Abigail, ¿podrías llevarnos? Hace un día precioso.

La negativa de los niños a llamarla madre, como les había pedido, era otra fuente de irritación, pero Abigail prefirió tragarse el resentimiento.

Tal vez, reflexionó, la tensa relación mejoraría si accediera a lo que le estaban pidiendo.

No era mucho. En los viejos tiempos, cuando actuaba como su institutriz, los picnics en el río habían sido tan placenteros para ella como para ellos.

—Muy bien —aceptó—, ya que lo deseáis. Hace un día precioso, demasiado agradable para pasarlo dentro. Vayamos después de comer.

Sus palabras fueron acogidas con gritos de alegría y disiparon algo del resentimiento. Se puso en pie.

—Iré a ver al cocinero. Le diré que almorzaremos temprano y que nos prepare una cesta para el picnic. Alexander, ve a buscar a Jethro y pídele que prepare un bote de remos.

—No vamos a llevar a Jethro, ¿verdad? —Preguntó Julia con desdén.

—Sí, claro que sí —le dijo Abigail en tono cortante—. La corriente del río es fuerte, lo necesitaremos para remar.

—Pero es tan ordinario —objetó Julia—. Y siempre huele a oveja.

—Es pastor, Julia. No puede evitar oler a oveja, ¿verdad?

—Podría lavarse. Además, no podemos hablar con toda libertad cuando él está presente —argumentó Julia con petulancia—. Por otra parte —añadió—, Alex puede remar, y yo también. No necesitamos a Jethro.

Abigail cedió, aunque despreciándose a sí misma. Se soltó a Dickon del cuello y lo dejó en el suelo. Para su consternación, la cara del niño se frunció. Él la miró con los ojos llenos de lágrimas, suplicándole en silencio que no lo dejara.

—Debes quedarte, Dickon, solo voy a la cocina. —Puesta de cuclillas, le hablaba despacio y con cuidado para que el pequeño pudiera leer sus labios.— Iremos de picnic al río, querido. Te gustará, ¿verdad?