Capítulo 13 #2
—Aprovecharé para visitar a mi familia —dijo—. Gracias, señor. Me habrá ahorrado una pequeña fortuna. Una vez que esta madera llegue al astillero, podré tener mi balandro listo para navegar de nuevo en un par de semanas más.
—¿Y entonces nos abandonarás?
Justin sonrió.
—No, señor Cox. Volveré antes de que usted llegue a las llanuras Bathurst. Querré ver el final del camino.
William Cox le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Serás bien recibido, muchacho, porque has contribuido tanto como cualquiera, créeme.
Ahora bien… —Vaciló y miró a Justin con el ceño fruncido.
— A veces me pregunto por qué. Eres marino, y aunque la exploración está en tu sangre, no habría supuesto que también llevarías la construcción de carreteras.
—No, señor, no está en mi sangre. —Bajo el escrutinio del constructor, Justin se ruborizó y arrastró los pies con torpeza.
— Mi madre vino con la primera flota, cuando apenas tenía diecisiete años, y siempre ha soñado, señor, con un gran pastizal más allá de estas montañas.
Y, como por fin lo hemos encontrado, quiero que se construya la carretera para que ella también pueda verlo y sepa que su sueño es una realidad. Mi madre es una mujer extraordinaria.
—Te creo, Justin —dijo Cox—. Bueno, ve a cargar esa madera. Hay cinco millas desde el depósito hasta Emu y quiero estar allí antes del anochecer.
Justin ya estaba en camino, sonriendo. Pensó en llevar consigo a Jessica Maclaine y presentársela a su madre y a Andrew. La perspectiva era agradable, así que su corazón se animó mientras subía la empinada cuesta de la carretera de las montañas Azules.
* * *
Jenny se sentó en su vieja mecedora, el primer mueble que tuvo.
Mientras se balanceaba con un suave vaivén, contemplaba la puesta de sol tras los árboles.
No era frecuente que se quedara sentada sin hacer nada; por lo general tenía, al menos, algo que remendar o tejer para ocupar las manos, pero esa tarde se sentía cansada.
Además, estaba sola y no tenía ninguna necesidad de fingir el saludable vigor que se esforzaba por mostrar delante de su familia.
Andrew había salido a visitar el campamento de los constructores de carreteras y sustituir a dos de los guardias de la compañía de veteranos, heridos por un desprendimiento de rocas durante las operaciones de voladura.
Rachel, que estaba en vacaciones por Navidad, había ido a la fiesta de cumpleaños del hijo de un vecino.
Se quedaría allí hasta que Andrew volviera a recogerla, al día siguiente.
Y William… Los labios de Jenny se curvaron en una sonrisa.
William había ido a comprar un carnero a la nueva granja de ganado del gobierno, situada bajo el vado Emu.
Era casi seguro que se tomaría toda la jornada para completar la transacción.
Cuando se trataba de ganado de cría, no era fácil complacerlo.
Tendía a regatear con dureza, pero el resultado de su obstinada cautela podía verse en los prados de ovejas de Ulva y en los precios que alcanzaba su lana.
Esa sonrisa de Jenny reflejaba su orgullo por los logros de William a sus catorce años.
Siempre había sido muy reacio a estudiar, pensó tolerante.
A diferencia de Justin, cuyo deseo de saber era, por lo visto, insaciable, William había faltado a clase siempre que había podido, pues solo quería trabajar en la tierra y con sus ovejas.
Tal vez fuera mejor así, dadas las circunstancias, ya que la contribución al trabajo diario de la granja por parte de la propia Jenny era mucho menor; al menos, en términos de entusiasmo, si no de esfuerzo.
El esfuerzo estaba ahí, era cierto, pero ella se daba cuenta de que su fortaleza física se estaba resintiendo.
Se recostó, cerró los ojos y dejó que su cuerpo se relajara.
El dolor en el pecho era ya solo una leve molestia.
Respiraba con facilidad, pero el doctor Redfern, el inteligente, competente y joven doctor Redfern, había demostrado tener razón.
Por desgracia, solo hacían falta unas cuantas horas a caballo o un paseo hasta el río para darse cuenta de la desagradable verdad.
Gracias al cielo, sin embargo, había podido ocultar esa verdad a todos, incluso a Andrew. Había tenido que mentir; sobre todo, a Andrew, pero…
A su lado, Frisky, el viejo perro collie de William, se despertó de repente.
Con las patas rígidas y gruñendo, cruzó hasta la barandilla baja de madera de la veranda.
Su hocico canoso se levantó en un gesto agresivo.
Entonces, para sorpresa de Jenny, los gruñidos cesaron y el viejo perro corrió meneando la cola.
Aullaba con estridente alegría al encuentro de una figura manchada de barro y vestida con ropa de obrero que avanzaba por el sendero del jardín hacia la casa.
Pasó un momento antes de que Jenny reconociera a Justin y saltara ansiosa a su encuentro.
El movimiento repentino hizo que un espasmo le recorriera el pecho de un lado a otro, pero, acostumbrada a esos ataques, contuvo la respiración hasta que se le pasó.
Entonces pudo ir a saludarlo con una voz casi normal.
Él la abrazó. En apariencia, no notó nada singular. La estrechó contra sí y se disculpó, pesaroso, por haber llegado sucio y sin afeitar.
—Acabo de bajar de la carretera, madre, y he estado cargando y descargando madera para el Flinders en medio de una de las peores tormentas que hemos tenido. ¡Y Dios sabe que hemos tenido muchas!
—Mientras aquí nos quejamos de la sequía —le dijo Jenny.
Mantuvo a su hijo a distancia y lo estudió preocupada—.
Pobre Justin, estás empapado hasta los huesos y pareces agotado.
Le pediré a Nancy que ponga a hervir la tetera grande y podrás darte un baño caliente en cuanto el agua esté lista.
Andrew tendrá algo de ropa que prestarte hasta que la tuya esté lavada y seca.
Por cierto, ¿lo has visto? Salió a la carretera al amanecer.
Él asintió.
—Sí, por un instante. Él subía y yo bajaba, y la lluvia no paraba de caer, así que solo intercambiamos saludos, pero le dije que venía aquí. Deduzco que espera estar de vuelta mañana por la tarde.
—¿Y te quedarás por un tiempo, espero?
Justin se disculpó entre sonrisas.
—Solo un par de días. Tengo que llevar esa madera al astillero de Simeon Lord, pero me alegro de tenerte para mí solo, madre. Tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor? —Jenny frunció el ceño. Rara vez Justin le pedía algo; se las arreglaba a su manera y daba mucho más de lo que se lo podía convencer de aceptar, ya fuera por parte de Andrew o de ella misma.— Justin querido, seguro que sabes que solo tienes que decirme de qué se trata.
—En ese caso… —Enrojeció un poco.— Hay una chica, una que me gusta mucho.
En los últimos tiempos lo ha pasado muy mal.
La historia es bastante larga y ya te la contaré algún día.
El caso es que me gustaría que te conociera, porque estoy seguro de que le sería de mucho provecho.
Eres muy valiente, mamá, y siempre pareces capaz de afrontar los contratiempos y los desastres sin despeinarte.
—¿Yo? —Jenny lo miró incrédula.
Había un desastre inminente y aún no había encontrado el valor para encararlo, pensó con culpabilidad.
Por supuesto, de eso no podía hablar con Justin.
Era la última persona en el mundo con la que podría hablar del tema.
Un año, un año o quizás dos, le había dicho el doctor Redfern, y ella ya llevaba diez meses…
Forzó los labios rígidos en una sonrisa alentadora.
—Estaré encantada de conocerla. ¿Podrías traerla aquí, a Ulva, Justin, o quieres que vaya a Sídney?
—Me gustaría traerla conmigo cuando regrese.
El señor Cox cree que terminará la carretera a Bathurst Plains poco después de Navidad y quiero estar allí en ese momento.
—Justin vaciló y la miró ansioso.— Espero que tú también estés en ese lugar, madre, para ver esos pastos de los que siempre has hablado; porque están allí y se extienden hasta donde alcanza la vista.
Recuerdo cómo me hablabas de ellos cuando era niño.
No es que yo tuviera una idea clara de lo que querías decir; solo sabía que creías en su existencia.
—Sí —asintió Jenny—. Creía que existían y que algún día los encontraríamos.
—Sintió de pronto un nudo en la garganta y apoyó la mejilla en la áspera barba incipiente de Justin.
— Pero nunca soñé que tú serías uno de los que los encontrarían.
Querido Justin, sabes lo orgullosa que me siento, ¿verdad?
Y cuánto deseo estar ahí contigo cuando el camino quede terminado.
Él la apartó con delicadeza.
—Mamá, estoy sucio y no me he afeitado en más de una semana.
Jenny se echó a reír y volvió a controlar sus emociones. Llamó a la cocina, a Nancy Jardine, jocosa:
—Nan, Justin está aquí y dice que está sucio y que no se ha afeitado en una semana. Pon la tetera, ¿quieres? —Se volvió hacia Justin y preguntó—: Y esta chica tuya, ¿cómo se llama?
—¿No te lo he dicho? Se llama Jessica, Jessica India Maclaine. Su padre era soldado del Septuagésimo Tercero y murió en la batalla de Seringapatam. Ella llegó aquí con Sus Excelencias, como doncella de la señora Macquarie.
Por lo tanto, estaba muy lejos de Abigail, pensó Jenny con cierto alivio. Tal vez, con el favor de Dios, esa chica no perseguiría a Justin sin descanso para nada, como su anterior amor.
—¿Podrías traer a Jessica para Navidad? —preguntó.
—Creo que es posible. Mmm…, no es mi chica en ese sentido, mamá, pero yo… —La cara sin afeitar de Justin volvió a encenderse. Luego, con una sonrisa, continuó—: Aún no he pedido permiso para cortejarla. Es una moza muy dulce, y creo que estarás de acuerdo conmigo cuando la conozcas.