Capítulo 13
William Cox empezó a construir una carretera sobre las montañas Azules en pleno invierno.
A mediados de julio, había reunido en el vado Emu a treinta convictos seleccionados con todo cuidado, algunos procedentes de sus propias granjas.
Todos eran hombres robustos y de confianza, acostumbrados al trabajo de campo.
Para el puesto de superintendente había reclutado los servicios de Thomas Hobby, su antiguo hermano oficial en el Cuerpo de Nueva Gales del Sur.
El viejo Lucky Byrne desempeñaría el doble papel de guía y cazador.
También lo acompañaban un sargento y ocho hombres de la compañía de veteranos para que los protegieran de los ataques de las tribus nativas.
Ellos eran toda su fuerza; bastante escasa, pensó Justin cuando se unió al grupo.
Llevaba consigo los mapas trazados por William Lawson y el topógrafo Evans.
Se enfrentaban a una tarea intimidatoria: el gobernador había especificado que el camino debía tener, al menos, doce pies de ancho «a través del bosque hasta la hermosa extensión de campo recientemente descubierta y que se abre hacia el oeste».
Debía terminar en un lugar destinado para un asentamiento, aquel que Evans había llamado Bathurst. La distancia era de poco más de cien millas.
Las instrucciones pedían a Cox que «arrancara los tocones del bosque y rellenara los agujeros para que cualquier carro de cuatro ruedas pudiera circular sin dificultades ni peligro».
—Nuestra carretera —declaró Cox, después de pasar un día inspeccionando el terreno con Justin y sus mapas—, debe subir más de cuatro mil pies y atravesar más de setenta millas de acantilados y barrancos de arenisca.
Muchos de los árboles que hay que talar son de madera dura.
Es cierto que el camino está marcado, que sabemos adónde ir; el problema es cómo.
Aun así, debemos dar gracias al Señor por las pequeñas misericordias, ¿no es así?
—Señaló el cielo, que se estaba oscureciendo.
— La niebla y la lluvia mantendrán a los aborígenes lejos de nuestro rastro.
Supongo que habrás oído que hace unas semanas tuvimos una batalla con ellos en Mulgoa.
—Sí —confirmó Justin, y por un momento recordó su encuentro con el niño Winyara—.
Me enteré. También hubo ataques en Airds y Appin y un intento de incendiar cultivos en la propiedad de mi padrastro, diez días antes de que yo llegara aquí.
Me dijeron que el pastor de la señora Macarthur murió alanceado en los pastizales.
¿De verdad cree que ocho soldados bastarán para cuidar a sus constructores de carreteras, señor?
—Así tendrá que ser, mi joven amigo —respondió un adusto Cox—, ya que no me darán ni uno más, pero todos son veteranos, hombres a quienes conozco bien; y el sargento, John Chisholm, es un tipo de primera clase. Él mantendrá a su grupo a la altura.
Sin duda, la moral de la partida era alta.
Cox era un humanista y un patrón generoso, en quien los trabajadores confiaban y a quien respetaban.
En su gran finca de Clarendon, empleaba a medio centenar de hombres.
Se había independizado en la medida de lo posible, pues tenía cobertizos propios para esquilar y tejer, herrerías y talleres de carretería, molinos de maíz, prensas de sidra y, según sospechaban algunos, su propia destilería.
Tan dadivoso era en conceder a sus hombres permisos de libre tránsito que otros terratenientes se quejaban de él y se referían a su política con el burlón apelativo de «la libertad de Cox».
Justin no lo conocía bien, aunque se había reunido con su familia mientras estuvo con William Lawson, además de que había visitado Clarendon en varias ocasiones, pero, durante los días siguientes, en los que tuvieron una estrecha colaboración mientras hacían los planes preliminares de la carretera, llegó a respetar al otrora pagador del regimiento por su ingenio y lucidez.
Cox, al repasar el mísero equipo que le había proporcionado el comisariado, se había reído a carcajadas y había afirmado, irónico, que ni siquiera la Oficina Colonial Británica podía quejarse del gasto.
Tocándose los dedos de puntas romas, había contado:
—Un caballo, seis bueyes y dos carros; diez hachas, dos sierras, diez azadas y seis azadones; seis picos, cuatro mazos, dos palancas y seis hachas tomahawk; dos juegos de materiales para voladuras y veinticinco libras de pólvora; seis palas planas y seis de punta…
¡todo listado por triplicado! Es una suerte que yo hubiera podido suministrar mi propio yunque de herrero y fuelles y munición de repuesto para nuestros mosquetes, ¿no?
El gobierno nos envió cuarenta cartuchos para Byrne y los soldados.
No puedo culpar al pobre y viejo virrey, porque es el gobierno nacional quien lo tiene tan apretado.
Al día siguiente, al único caballo de tiro se habían unido cuatro de los suyos. También apareció una buena yunta de bueyes que llevaba a rastras una cabaña de madera prefabricada. En ella, radiante, Cox estableció su dormitorio.
A pesar de la aguanieve y la niebla, puso a sus obreros a trabajar limpiando madera, arrancando tocones, rompiendo rocas y convirtiendo la superficie de tierra en una pista llana.
Avanzaba con lentitud por la meseta y enseguida empezaba a descender por el empinado paso occidental.
Los hombres trabajaban duro. Tom Hobby se ocupaba de que estuvieran bien alimentados y provistos de ropa seca y una generosa ración de bebidas alcohólicas cuando la oscuridad ponía fin a las labores.
Justin se quedó con ellos más tiempo del previsto.
La madera que necesitaba para completar las reparaciones de su Flinders escaseaba en Sídney.
Sin embargo, allí, entre los predominantes eucaliptos, había macizos de palo fierro y cedro.
Puesto que Cox le dijo que lo ayudaría con el transporte de una pequeña carga hasta el río, cuando las carretas de bueyes volvieran a por provisiones frescas, se puso a recoger la que necesitaba.
A cambio, ayudó con la voladura de rocas y trazó la ruta; a veces con Hobby, a veces con el propio Cox.
En dos ocasiones, cuando estaba solo, el niño nativo Winyara lo encontró y lo siguió.
Su brazo estaba curado, aunque muy rígido y lleno de cicatrices.
El muchacho no hablaba, pero sonreía y ayudaba en lo que podía.
Se alejaba en silencio cuando aparecían los soldados o alguno de los hombres de Cox.
Un día dejó pescados de regalo, se marchó y no volvió a aparecer.
El domingo 4 de septiembre, el camino se acercaba a la marca de las dieciocho millas.
Estaban llegando al mojón de piedras dejado por William Dawes.
Allí se encontraron con un empinado barranco que había que salvar si querían que el camino fuera transitable para el tráfico rodado.
Resultó ser una tarea tediosa y larga, pero Cox había elegido bien a sus hombres.
A pesar del frío y las inclemencias del tiempo, completaron el tramo en menos de dos semanas.
De los ochenta pies de longitud, treinta fueron entarimados.
El resto se rellenó con piedra y escombros de las voladuras.
Visto desde arriba, parecía un logro impresionante. Justin subió a la cima del acantilado acompañado de George Evans, que había ido a inspeccionar el progreso.
—El gobernador se alegrará mucho cuando lo informe de esto —dijo el topógrafo—.
Está ansioso por recibir noticias, pero lo peor está por llegar, ¿no es así?
Las próximas dieciséis millas serán una sucesión de colinas empinadas.
No dudo de que recuerdas lo difícil que fue bajar nuestros animales de carga desde el monte York.
—Desde luego que sí, señor Evans —aceptó Justin con emoción—. Según tengo entendido, el señor Cox ha planeado completar el descenso en una serie de zigzags.
—Seguirá siendo peligroso para los vehículos de ruedas —afirmó Evans.
Justin sabía que estaba más que disgustado porque la construcción de la carretera había sido confiada a Cox y no a él.
A pesar de todo, Evans no escatimó elogios para todo lo que había visto hasta entonces.
Cuando por fin se despidió, sus felicitaciones llenaron de placer al infatigable William Cox.
—Es un buen cartógrafo y está versado en todos los aspectos de su profesión —comentó a Justin mientras veían al corpulento topógrafo alejarse a grandes zancadas por el puente nuevo—.
El problema es que George Evans no es ingeniero.
Ve peligros donde no los hay y considera fácil mucho de lo que es difícil.
He ahí la diferencia entre la teoría y la práctica, Justin, muchacho, pero es un buen tipo, por encima de todo, y lo respeto.
—Sonrió un poco incómodo.— Y tiene razón sobre el descenso del monte York, porque nos planteará algunos problemas cuando lleguemos allí.
Mañana, si esta lluvia infernal nos deja en paz, voy a llevar a un grupo de reconocimiento para echarle otro vistazo. ¿Te gustaría venir conmigo?
Justin aceptó entusiasmado, pero una fuerte tormenta y las lluvias torrenciales durante la noche hicieron que Cox cambiara de planes.
—Lo aplazaremos una semana o así —decidió—.
Voy a volver a Clarendon para reparar algunas de nuestras herramientas.
Habrá espacio en el vagón para llevar esa madera tuya.
¿Podrás tenerla lista para cargar en el primer acopio, al mediodía?
Solo tengo que bajar a un par de hombres enfermos, además de las herramientas.
Supongo que podrás hacer arreglos para enviar la madera a Sídney en barco, si la descargamos en este lado del río.
Solo las embarcaciones de poco calado podían navegar río arriba hasta el vado Emu, pero era normal que hubiera, al menos, una o dos disponibles para alquilar. Justin asintió.