Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 12 #5
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Capítulo 12 #5

—Ahora —la invitó con palabras suaves—, cuéntamelo, Jessica India. Si puedo ayudarte, si puedo servirte de alguna manera, ten por seguro que lo haré.

Ella empezó a hablar. Hacía un valiente esfuerzo por explicarle las cosas con calma y contener las lágrimas. Se dio cuenta de que aún tenía el recorte de periódico, aunque no recordaba haber salido de la casa con él. Se lo dio a Justin y, mientras el joven lo leía, lo vio fruncir el ceño.

—¿Campbell?, ¿tu padrastro te ha mostrado esto sin ponerte bajo advertencia? —Su tono era acusador.

Jessica asintió con tristeza.

—Sí. Yo no tenía ni idea. Agnes ha dicho que él quería hacer las paces conmigo antes de que el regimiento se fuera, y yo… Yo le he creído. Ella insistía en que el hombre había cambiado, pero no ha cambiado, Justin.

—Todavía hay tiempo para hacerlo pagar —sugirió Justin, mortificado—. Las tropas no embarcarán hasta mañana; y créeme, me encantaría darle otra lección.

Jessica negó con la cabeza.

—No, deja que se vaya, por favor, Justin. Eso solo traería problemas para ti, para Agnes y las niñas, y yo ya no quiero eso. Se irá y, cuando zarpen los barcos…, estará tan… muerto para mí como el pobre Murdo.

Justin estaba lo bastante enfadado para discutir, pero ella consiguió, por fin, persuadirlo de que dejara atrás el asunto.

—Supongo que solo me estaba diciendo una verdad, y yo tenía que estar enterada, y… Podré superarlo cuando se haya ido. —Logró sonreír por primera vez desde que ambos entraron en el camarote.— Ha sido la conmoción, he dejado que me afectara, pero hablar contigo me ha ayudado.

Para su sorpresa, él se inclinó hacia delante y la abrazó.

Le dio un beso suave y poco exigente, más destinado a consolarla que a cortejarla, pero una oleada de ternura se apoderó de ella.

Por un momento, Jessica se aferró a Justin y disfrutó de su olor a mar limpia y fresca y a la reverencia con que él la abrazaba.

Y él también parecía haber sentido una extraña sacudida. Con estudiada contención, le dijo:

—Eres una chica dulce, Jessica India, y creo que he estado ciego, pero… —Se puso en pie de un salto y extendió sus fuertes manos morenas para ayudarla a levantarse.— Te llevaré a la Casa de Gobierno. Dicen por ahí que la señora Macquarie ha tenido un hijo, ¿es verdad?

—Sí —confirmó Jessica—, es cierto.

Y su ama estaría deseando verla, pensó ella con culpabilidad, pues recordaba lo traumático del parto. Ya había estado fuera demasiado tiempo.

Al llegar al pórtico, Justin le dijo:

—Me gustaría llevarte pronto a Ulva para que conozcas a mi madre, Jessica. Iré cuando se empiece a construir la carretera a través de las montañas. Los ayudaré con el reconocimiento final y las mediciones. ¿Te concederían permiso para venir?

Jessica reflexionó en que nunca había pedido un favor semejante, pero la señora Macquarie ya le había hablado de contratar a una enfermera para el bebé, así que…

—Creo que sí —respondió con una confianza recién adquirida.

—Bien —reconoció Justin. Sonrió y le ofreció el brazo. Mientras caminaban juntos por el patio, ella se volvió hacia los barcos y no pudo reprimir un escalofrío.

Justin la comprendió al instante.

—Mañana, a esta hora, ya se habrán ido —observó, y apretó apenas el brazo de la chica—. ¡Y serás libre, Jessica India!

* * *

Recordó esas palabras al día siguiente, cuando vio los dos grandes barcos mercantes salir de la ensenada, con los hombres del Septuagésimo Tercero apiñados en las cubiertas, mientras las gaitas y los tambores los acompañaban en su despedida de Sídney.

En la Casa de Gobierno, desde la ventana del dormitorio de su ama, Jessica los vio desaparecer.

Luego, la guardia de honor se retiró del muelle del gobierno y la figura delgada y encorvada del gobernador condujo a sus oficiales de vuelta a la casa.

Recitó una oración silenciosa por el alma de su hermano y se dio la vuelta, consciente del alivio que sentía.

—¡Jessica! —la llamó la señora Macquarie con suavidad.

La señora Reynolds había traído al bebé y en el rostro cansado del ama había una expresión de radiante felicidad.

Sostenía en sus brazos el pequeño bulto envuelto en un chal—.

Ten la bondad de decirle a Su Excelencia que ahora puede visitar a su hijo.

Querrá ver lo bien que cena. Los barcos se han ido ya, ¿verdad? ¿Se acabó?

—Sí, señora. Las tropas están en marcha y he visto a Su Excelencia caminar de regreso. Se lo diré.

Al llegar a la puerta, oyó la voz de la mujer del gobernador y una pregunta inesperada:

—Deberías casarte y tener hijos como este. Qué egoísta de mi parte mantenerte aquí. ¿No te gustaría casarte, niña?

Jessica vaciló, sorprendida por la pregunta.

—No estoy segura, señora. Tal vez sí.

—¿No hay algún joven galán que te guste? —insistió su ama.

Las mejillas de Jessica se encendieron. Pensó en el beso de Justin y en su invitación. Tartamudeó confusa:

—Hay uno, pero él… No estoy segura, señora.

—No lo dejes para tan tarde como yo, Jessica India —le aconsejó la señora Macquarie. Empezó a darle el pecho al bebé y añadió, con un deje en su cálida voz de las Tierras Altas—: Este niño es un milagro, y lo sabes.