Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Las dos niñas, así incitadas, añadieron sus estridentes súplicas y Jessica, al negarse, sintió un remordimiento de conciencia, pero Duncan Campbell aceptó su negativa de buen grado.

—No te reproches, era lo que esperaba que dijeras, ¿y quién diría que te equivocas? Tienes buenas perspectivas aquí, no hay quien pueda negarlo. Y tal vez el hecho de que ese joven gaitero, Mackinnon, te haya dejado y se haya casado con la hija del gaitero mayor tenga algo que ver.

La miraba con una pizca de su antigua malicia.

Jessica se sonrojó y controló el impulso de negar indignada.

Sabía del matrimonio de Fergus Mackinnon.

El joven había cortejado a una chica desde que fuera relevado de su puesto como gaitero personal del gobernador y regresara a la banda del regimiento.

Jessie no le había puesto los ojos encima en meses.

Al encontrarse con la mirada ansiosa de Agnes, respondió sin acalorarse:

—El gaitero Mackinnon nunca me cortejó.

—¿No? Tenía la impresión de que quería hacerlo.

—Duncan Campbell se encogió de hombros y descartó el tema.

Se quedó mirando a Jessica con los ojos entrecerrados, alto e imponente, con el uniforme impecable.

Solo los descoloridos parches de su manga, donde estuvieran los galones de sargento, parecían fuera de lugar.

Jessica pensó que ella se los había cobrado. Ella y Justin Broome. Inhaló con fuerza, pues sentía de nuevo el viejo temor que el soldado le inspiraba, pero, al contrario de lo que ella esperaba, él le hizo una amable oferta:

—¿Quieres comer algo con nosotros?

Jessica dudó mientras buscaba una excusa.

—No, gracias… Me querrán de vuelta, ya ve.

Había sonado poco convincente, incluso para sus propios oídos, pero Agnes acudió en su ayuda.

—Su Excelencia dio a luz a un hijo anoche, Duncan. Necesitan a Jessie allí. —Hizo señas a las dos niñas para que la siguieran y se dirigió a la cocina.— Prepararé una tetera. Al menos, tendrás tiempo de beber una taza antes de irte.

La puerta se cerró tras Agnes y Duncan Campbell sonrió.

—¿No es todo cerveza y bolos en la Casa de Gobierno, entonces? —preguntó—. ¿Tienes cosas que hacer en tu gran trabajo?

—Sí —aceptó Jessica—, pero lo disfruto. La señora Macquarie es muy buena conmigo.

—¿Y ahora tiene un hijo?

—Sí.

—Sí, padre —la reprendió—. Maldita sea, Jessie, ¡soy tu padre! Y quiero que nos separemos en buenos términos. ¿No puedes encontrar en tu corazón la forma de que nos pongamos en un término medio? Hazlo por el bien de tu madre, si no quieres hacerlo por el mío, ¡maldita sea!

Sí, eso habría querido su madre, tal vez, pensó Jessica, mientras su conciencia volvía a atormentarla.

Era poco pedir y su padrastro estaba dando el primer paso para poner fin a la brecha que los separaba.

Al pedirle que viniera para despedirse de ella, se había tragado su orgullo.

Como él había dicho, debían separarse en buenos términos.

Levantó la mirada.

—Sí, padre —dijo con voz ronca—. Quiero que encontremos un término medio.

—¡Estupendo! —reconoció Campbell. Se levantó, aún sonriente, y se dirigió a una pequeña caja de documentos que, junto con otras cajas y paquetes, ya estaba lista para partir. La abrió y extrajo algo que parecía un recorte de periódico. Le echó un vistazo y volvió a su asiento.

—He aquí la razón principal por la que te he mandado llamar, Jessie. Esto me lo dio un amigo, y yo…, bueno, creo que deberías conocerlo. —Le tendió el recorte—. Léelo, muchachita.

Desconcertada, Jessica cogió el trozo de papel arrugado. El informe, fechado nueve meses antes, en junio de 1813, tenía el título «Sentencias de muerte para asaltantes de carruajes postales». Y decía así:

Ayer, en sesión judicial de la corte de Southampton, fueron declarados culpables los tres hombres —de quienes se cree que son miembros de la infame banda de los Vickers— acusados de atracar y robar el vagón de correo de Londres fuera de Winchester, el pasado día 10.

El juez Devereux dictó sentencia de muerte contra Richard John Farmer, Septimus Todd y Murdoch Henry Maclaine. Se espera que el martes de la próxima semana los tres se encuentren con su destino en la prisión de Winchester.

Jessica intentó leer el relato del robo, pero la letra se desdibujaba ante sus ojos anegados en lágrimas.

Asustada, mientras caía en la cuenta poco a poco, dejó caer el recorte.

Murdo, su hermano Murdo, era un salteador de caminos, un ladrón, ¡enjuiciado y condenado a muerte!

No podía ser verdad; Murdo no era un ladrón.

Era… Contuvo las lágrimas y volvió a coger el recorte con la mano trémula.

Se obligó a leer de nuevo el nombre. Sí, allí estaba, en blanco y negro; era él.

Su padre le había añadido el nombre de Henry por el mayor Antill y…

Duncan Campbell dijo en voz baja:

—Sí, es él, es el maldito Murdo, joven bribón. ¡Tu hermano, Jessie!

—¡Pero no puede ser Murdo! —El grito salió de su corazón. Se puso de pie. Temblaba sin control y su voz se había convertido en un delgado susurro.— Debe de haber… algún error. Él… No, no, ¡no puede ser verdad!

—Es su nombre, ¿no? Los periódicos no cometen errores, jovencita.

Jessica comprendió que su padrastro estaba saboreando su triunfo.

Por eso la había hecho ir, no en busca de una reconciliación, no para tranquilizar su conciencia.

El zorro pierde el pelo, pero no las mañas, y Duncan Campbell no había cambiado.

Ese recorte de periódico tenía nueve meses de antigüedad.

Debió de haberlo guardado durante tres meses, al menos, a la espera del momento de mostrárselo, de burlarse de ella, de…

de… El odio volvió a arder, igual que en el pasado: aquel odio inútil e infantil que siempre había sentido por ese hombre.

Se lanzó a golpes con los ojos cerrados, pero él la agarró del brazo y la atrajo, con los ojos brillantes de malicia.

—Está muerto el maldito tonto. ¡Tu precioso Murdo está muerto! Colgado del cuello en la prisión de Winchester, ¿lo entiendes? Nunca volverás a verlo, y que te aproveche. ¡El juicio de Dios ha caído sobre vosotros dos!

El marcado acento barriobajero de Glasgow sacudió los oídos de Jessica y le trajo recuerdos muy ingratos.

Duncan Campbell le soltó el brazo y Jessica tomó distancia.

Se sentía entumecida por la desesperanza.

Él tenía razón, pensó con tristeza, aunque al principio no había podido asimilarlo.

Si el reportero no se había equivocado, si ese nombrado Murdoch Henry Maclaine era, de verdad, su hermano, entonces…

Murdo estaba muerto. Nunca volvería a verlo, porque…

Como si le estuviera leyendo el pensamiento, su padrastro dijo con dureza:

—No los entierran en tierra sagrada, Jessie, así que el pequeño Murdo se pudrirá en la tumba de un delincuente, ¿sabes? Le habrán hecho lo mismo que le hicieron aquí al pobre Johnny Gould y…

Jessica no pudo soportar más. Cuando Agnes entró en la habitación con una bandeja cargada, se despidió con un adiós ahogado. Ignoró la súplica de la mujer de que esperara y se refugió en una doliente huida.

De nuevo en la calle, corrió a ciegas. No tenía consciencia ni rumbo; su único deseo era escapar de la voz amarga y burlona de Duncan Campbell.

En la puerta del astillero de Simeon Lord, Justin se giró al oír los pies que corrían.

Reconoció a Jessica y acudió de inmediato a su encuentro.

Muy preocupado, observó el rostro blanco y cubierto de lágrimas de la moza, pero no le hizo preguntas.

Tan solo la abrazó y la condujo a través del astillero, hasta donde estaba amarrado su Flinders a medio reparar.

—Acabamos de aparejar un palo mayor nuevo —le explicó a modo de disculpa—. El camarote está aún sin tocar, bastante desordenado, me temo; sin embargo, podremos hablar allí en privado, si te apetece, Jessica. Supongo que has estado en casa de tu padrastro.

—Sí —admitió ella con una profunda desolación—. He ido a despedirme de ellos, de las niñas y de él, solo que… —Se atragantó con un sollozo y no pudo continuar.

Justin, que seguía abrazándola, la condujo al camarote y liberó un espacio para ella en el interior abarrotado, ennegrecido por el humo. Se puso de cuclillas frente a ella y la cogió de las manos.