Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—He hablado con Su Excelencia su marido, señora Macquarie, y confío en haberlo tranquilizado. Beba esto, por favor… —Acercó un vaso a los labios de la señora Macquarie y Jessica la ayudó a levantar la cabeza.— Haremos un alto de media hora y descansará. Después, estoy seguro de que todo irá bien.

—Pero el bebé podría morir —objetó temerosa la señora Macquarie— mientras yo… estoy descansando.

—No tema por eso, créame —respondió sonriente el doctor Redfern. Le pasó el vaso a Jessica y movió sus hábiles manos bajo la sábana que cubría a su paciente—. Está vivo como un saltamontes. No se preocupe, querida señora, no le pasará nada al bebé más esperado de esta colonia.

Obediente, la señora Macquarie se recostó y cerró los ojos, aunque tuvo que abrirlos un instante después.

—¡Doctor Redfern! —susurró con voz ronca—. El joven Macquarie no quiere que descanse, ¡es ahora!

Agarró a Jessica por las manos y flexionó su cansado cuerpo con una nueva urgencia.

El doctor Redfern llamó a la comadrona y, para alegría sin límites de Jessica, la lucha entró en su etapa final.

Los gritos del bebé llenaron la habitación y, poco después, el médico levantó el pequeño cuerpo que se retorcía.

—Es un niño, señora Macquarie —dijo exultante—. ¡Un niño exquisito y sano, el hijo y heredero que su marido tanto había deseado!

Media hora más tarde, con el bebé ya lavado y gorgoteando en su cuna, con la señora Macquarie en camisón y el pelo trenzado con pulcritud, el doctor Redfern hizo entrar al gobernador. El hombre se arrodilló junto a la cama. Su austero y delgado rostro estaba iluminado por una alegre sonrisa.

El doctor Redfern hizo señas a Jessica y a la señora Reynolds para que lo siguieran fuera de la habitación. Entonces, a los O’Connell, que esperaban en ropa de dormir cabe la puerta de la habitación de invitados, les dijo:

—¡Es un niño!

El aliviado y feliz «¡Gracias a Dios!» de la señora O’Connell encontró eco en el corazón de Jessica.

* * *

Agnes Campbell, cuidadosa de no aludir a la relación de Jessica con su padrastro, dijo:

—Duncan desea verte antes de zarpar, Jessie. Sería muy gentil de tu parte que vinieras conmigo a la casa.

Jessica la miraba insegura a través de la fregada mesa de la cocina.

Cuando la señora Ovens la llamó para pedirle que recibiera a alguien, Jessie no esperaba que fuera Agnes, de quien ya se había despedido.

En la cala, los aborígenes estaban ocupados trasladando el equipaje del Septuagésimo Tercer Regimiento.

Al día siguiente embarcarían los hombres y sus familias, igual que, cinco años atrás, recordó Jessica con una punzada, habían embarcado en el Dromedary y el Hindostan para ir allí.

Entonces, aterrorizada por su padrastro, había intentado ocultarse en un armario del barracón, pero… Empezó a sacudir la cabeza.

—Por favor —suplicó Agnes—. ¿Es mucho pedir?

Ha cambiado mucho, ya lo sabes. Estos últimos meses no han sido felices para él.

Ha sentido mucho la pérdida de su rango.

Además, John Gould, el soldado al que colgaron por asesinato, era amigo suyo.

Ver a uno de los suyos despachado como un criminal común ha asestado un golpe al orgullo del regimiento, Jessie.

Te lo digo de verdad, Duncan Campbell no es el hombre que era.

—¿No lo es? —preguntó Jessica. Lo encontraba difícil de creer.

Sabía que el caso del soldado Gould también había conmocionado mucho al gobernador.

Gould, borracho, en un ataque de furia, había asesinado a una mujer llamada Margaret Finnie, con la que cohabitaba.

Luego se había esforzado por ocultar el cadáver y negar saber nada de su paradero.

—Duncan ha dejado la bebida —afirmó Agnes—.

No ha probado una gota desde que lo sentenciaron y degradaron.

—Puso una mano en el brazo de Jessica y añadió suplicante—: Nos iremos dentro de unos días y dudo que volvamos a vernos.

Estaremos en la India, como sabes, y, sin duda, tú prefieres quedarte aquí…

Y no te culpo, porque tienes un buen puesto con Su Excelencia, una dama buena de verdad, pero estás en la conciencia del pobre Duncan, Jessica, y él quiere hacer las paces contigo.

Sería poco generoso rechazar la rama de olivo, pensó Jessica, y no tenía nada que perder. Además, Agnes era una buena mujer y una madrastra ejemplar para las dos niñas.

—Muy bien —dijo—, iré contigo ahora si la señora Ovens me da permiso.

El ama de llaves se lo concedió.

—Has estado despierta casi toda la noche, así que tienes derecho a unas horas libres.

En cualquier caso —añadió con un poco de acritud—, la señora Reynolds parece pensar que es ella quien manda y dudo que esta mañana te deje entrar en la habitación de la señora.

¡Cruzar la puerta es lo único que he podido hacer para echar un vistazo al joven amo Lachlan Jarvisfield Macquarie!

Jessica sonrió. Agnes, que había oído el comentario algo ácido de la señora Ovens, preguntó con impaciencia por el recién llegado. El tema las ocupó mientras caminaban hacia la calle Clarence.

—Esto sí que es un trabalenguas: Lachlan Jarvisfield Macquarie —comentó Agnes con incredulidad—. ¿Es así como Sus Excelencias pretenden llamar al pobrecito?

—Lachlan, sin duda —le aseguró Jessica—; por su padre. No estoy segura del Jarvisfield, pero creo que es el nombre de la finca de Su Excelencia en Escocia.

—¿Ha sido un parto difícil, Jessie?

—Ha sido largo —admitió Jessica—, y mi pobre señora fue puesta a prueba.

—¿Pero el bebé está fuerte y sano? —continuó Agnes.

—Parece que sí, gracias al cielo. —El doctor Redfern había expresado cierta preocupación por la respiración del nuevo bebé, recordó Jessica, y había fruncido un poco el ceño mientras lo auscultaba con un pequeño instrumento que llevaba en el bolsillo.— Por favor, Dios, que esté bien.

—¿Y tú cuidarás de él?

—No lo sé. Ayudaré, tal vez.

Dejaron atrás los terrenos de la Casa de Gobierno y Agnes señaló los dos grandes transportes anclados en la cala.

—No estoy segura de si estaré contenta o afligida de dejar este lugar. Contenta, en cierto modo, supongo, viendo que aquí se me clasifica como convicta emancipada y no se me permite olvidarlo, a pesar de que estoy casada en un matrimonio respetable.

—¿De qué te condenaron? —preguntó Jessica con curiosidad.

Agnes nunca hablaba de su pasado, ni siquiera en los momentos de intimidad, cuando, como en ese momento, estaban solas. Había confesado que había sido viuda, pero eso era todo.

—¿Quieres saberlo? —Los labios de la mujer mayor se curvaron en una extraña sonrisa que contenía una pizca de desafío.

—No, si prefieres no decírmelo. Me lo preguntaba, eso es todo.

—No te hará daño saberlo, Jessie. Me acusaron de haber provocado un incendio; a mí y a otras cuatro pobres.

—¿Provocar un incendio? Supongo que…

Jessica estaba pasmada. Esa tranquila y doméstica mujer era la última persona del mundo a la que habría considerado culpable de semejante delito. Prender fuego era bastante común allí, en la colonia, pero solo se lo permitían los nativos hostiles y los fugitivos.

Agnes dejó escapar un suspiro.

—Incendiamos la mansión de un carbonero en Derbyshire, pero no fue más de lo que se merecía.

Hubo un derrumbe en su mina, una a la que llamaban Long Drift, en Whitwell, y todo fue culpa suya.

Con tal de ahorrar dinero, usó madera podrida para los puntales.

La boca de la mina se derrumbó y sepultó vivos a mi marido, a mis dos hijos y a otra decena de hombres.

Mis hijos eran gemelos, solo tenían ocho años, pobrecitos.

—¡Ay, Agnes! —susurró Jessica. Solo pudo mirarla con impotencia, arrepentida de lo irreflexivo de su pregunta.

Agnes enlazó un brazo con el suyo.

—Todo eso fue hace mucho tiempo, Jessie, y ya he dejado atrás el recuerdo.

En aquel momento, sin embargo, estaba muy dolida.

Tardamos más de una semana en desenterrar todos los cadáveres.

No dejaba de pensar que mi marido, que era el capataz, había rogado una y otra vez al propietario que abandonara los trabajos en la parte delantera hasta que reemplazaran los puntales, pero ese tipo no quería.

—Volvió a suspirar.— No hay mucho más que contar.

Después del funeral, cinco de nosotras, todas viudas, fuimos a la casa grande y la quemamos hasta los cimientos.

Nos arrestaron, por supuesto, y nos declaramos culpables.

El tribunal se mostró indulgente con nosotras, en vista de lo ocurrido.

Las demás recibieron sentencias cortas, pero yo era la cabecilla, así que me condenaron a siete años.

Jessica se quedó sin palabras. Agnes forzó una sonrisa.

—Tu padre… Tu padrastro, quiero decir, me ha salvado de tener que cumplir toda mi condena.

Se casó conmigo y le estoy agradecida; y no solo por eso, sino también por las dos niñas.

Janet y Flora han ocupado el lugar de mis hijos, Jessie.

Me han ayudado a empezar la vida una vez más.

Y, como te he dicho, Duncan Campbell es un hombre nuevo.

—Su mirada volvió a dirigirse a los buques de tropas anclados y su sonrisa se hizo más grande.

— Está deseando volver a la India y olvidar el pasado, como he hecho yo.

Verás el cambio en él, de verdad que sí.

En efecto, cuando su padrastro se levantó para saludarla, Jessica tuvo que reconocer que el cambio en sus modales era muy evidente. Su saludo fue amistoso. Janet y Flora, con quienes el hombre había estado jugando, se sintieron impulsadas a dar la bienvenida a su hermana en tonos casi efusivos.

—No la volveréis a ver hasta dentro de mucho tiempo, mis pequeñas; eso, en caso de que no pueda persuadirla para que venga con nosotros a Calcuta.

Si ese fuera su deseo, sería bienvenida.

¿Qué te parece, Jessie? Aún estás bajo la matrícula del regimiento y no te costaría mucho arreglarlo, si quisieras permanecer con tu gente.