Capítulo 12 #2
Estoy dispuesto a aceptar su generosa oferta para la construcción de un camino de carros desde el vado Emu hasta las tierras recién descubiertas y ahora conocidas como llanuras Bathurst. Por la presente, le confiero plenos poderes y autoridad para llevar a cabo este importante proyecto.
Mi gobierno le proporcionará los medios necesarios para tal fin.
Dirigió la carta a William Cox, caballero, y la firmó con su nombre. Enseguida, la dejó sobre el escritorio para que su secretario la sellara y despachara.
Tenía suficiente tiempo, pensó, para comunicar su decisión a los miserables de la Oficina Colonial.
Ya estaban cuestionando la aptitud de su contrato con el doctor D’Arcy Wentworth para la construcción del nuevo hospital.
Bathurst ya le había transmitido otro ácido comentario del primer ministro sobre la inconveniencia de vincular el proyecto con el comercio de bebidas espirituosas.
Al menos, William Cox no le estaba pidiendo una licencia de importación.
Suspiró hondo y volvió a su inquieto caminar.
De vez en cuando se detenía junto a la puerta para escuchar.
Pero no le llegaba ningún sonido del piso superior; ningún llanto infantil que le alegrara el corazón y pusiera fin a su ansiedad; ni siquiera los ligeros pasos de Jessica Maclaine en la escalera que conducía al vestíbulo.
Malhumorado, Lachlan Macquarie volvió a sentarse frente al escritorio lleno de papeles y, de su archivo privado, sacó la carta más reciente de su hermano Charles.
Releyó las noticias de la guerra, que parecían alentadoras, con Bonaparte «yéndose tan rápido al infierno como su mayor enemigo podría desear», según sir David Baird.
Sonrió también, con un poco de impudor, por un anuncio de su hermano.
Le decía que se había prometido con «una joven muy consumada de Edimburgo, con una fortuna de doce mil libras».
Al parecer, a Charles ya no le importaba que no lo hubieran nombrado vicegobernador de la Tierra de Van Diemen y que el otro candidato que Lachlan había patrocinado para el cargo, Joseph Foveaux, hubiera sido ascendido.
Un golpe en la puerta hizo que el gobernador se pusiera en pie de un salto.
—¿Sí? —soltó al sargento Whalan, que se había quedado enmarcado en el vano—. ¿Sí?
—Su Señoría el coronel O’Connell y su esposa ya están aquí, Su Excelencia —respondió un Whalan inexpresivo—. Los he hecho pasar a la antesala, señor.
—Gracias, sargento. Ah, y no hay noticias del doctor Redfern, supongo.
El rubor en la cara redonda comunicaba la compasión que Whalan no podía expresar con palabras.
—No, señor. El doctor sigue arriba, señor, con Su Excelencia.
Los O’Connell, cuando el gobernador les dio la bienvenida, quedaron encantados con las noticias.
—Me alegro mucho, señor, de que estemos aquí para celebrar el feliz acontecimiento —le dijo Maurice O’Connell. Con cariño, pasó el brazo por los delgados hombros de su esposa y, sonriente, añadió—: Sabemos, ¿verdad, Mary, querida mía?, cuánto puede añadir un hijo a la felicidad conyugal.
El gobernador se inclinó sobre la mano de Mary O’Connell en un esfuerzo por mostrarse sociable.
—¿Y cómo está mi ahijado? —preguntó.
—Me complace decirle que goza de buena salud —le aseguró Mary.
Macquarie recordó que, hacía solo unas semanas, esa mujer había recibido la triste noticia de la muerte de su madre en Inglaterra.
Estaba de luto, pero lucía tan encantadora como siempre en su umbroso vestido negro.
Él se llevó la mano a los labios. Fue un gesto rígido, aunque cortés, con que pretendía limar cualquier diferencia que hubiera surgido entre ellos en el pasado.
Qué suerte tenía Maurice O’Connell, y…, ¡maldita sea, Bligh también, por haber engendrado a una mujer del calibre de Mary!
La lealtad era una cualidad que él mismo siempre había valorado, y si a la hija del exgobernador le resultaba difícil perdonar a quienes habían depuesto a su padre, poca culpa podía achacársele por ello.
—El coronel Molle y su esposa —anunció el sargento Whalan desde la puerta—. El mayor Cameron… El señor Riley y su esposa… La señora Redfern.
Ya estaban llegando los invitados y el gobernador sabía que debía hacer de anfitrión sin tener en cuenta a su pobre Elizabeth, que sufría las agonías del parto en la habitación de arriba.
Recibió a George Molle, estrechó su mano regordeta y lo saludó con toda la cordialidad de un viejo amigo y compañero de armas; se inclinó ante su esposa y ante los Riley.
A la señora Redfern le dio un beso en la mejilla.
Whalan, que interpretaba el papel de mayordomo con precisión militar, anunció a Ellis Bent y su esposa, Eliza.
Los dos entraron como miembros de la realeza.
Se las arreglaron para adelantarse a Henry Antill, que escoltaba a uno de los oficiales recién llegados del Cuadragésimo Sexto.
Justo detrás de ellos entró Samuel Marsden.
El gobernador, irritado de repente, se dio maña para escapar antes de que los Bent pudieran llegar a él y fue a saludar a Timothy Dawson, cuyo nombre Whalan aún no había anunciado.
Abigail estaba con él, radiante, luciendo un vestido de seda verde. Esa joven era una de las favoritas de su esposa, y Macquarie lo sabía. Él mismo disfrutaba de su compañía, y también de la de su pequeño hijo, que, a pesar de su discapacidad, era un niño encantador y lleno de vida.
—¡Dawson! —dijo—, mi querido amigo… y Abigail, ¡mis más calurosas felicitaciones a ambos!
Oyó detrás a Elizabeth exclamar de indignación, así que, satisfecho con el éxito de su estratagema, se dio la vuelta con toda calma para recibirla. Su saludo fue de una frialdad correcta.
—El doctor Milcham —entonó desde la puerta el sargento Whalan—. El señor Campbell y su esposa. El doctor Wentworth, el teniente Wentworth, el señor William Wentworth.
Al fin, en el comedor se sentaron los treinta y ocho invitados para una cena que al señor gobernador le pareció interminable. A las once y media todos se habían marchado, con excepción de los O’Connell, que pasarían la noche en la Casa de Gobierno.
Seguía sin haber noticias del piso de arriba. Cuando se quedó solo, Lachlan Macquarie reanudó su inquieto deambular, ajeno a un desprendimiento de yeso del destartalado techo que las termitas no dejaban de corroer.
* * *
En el gran dormitorio, la única habitación de la Casa de Gobierno que había sido reconstruida, Jessica corría de la cama al lavabo con paños escurridos en agua fría, en un vano intento de aliviar un poco el sufrimiento de su ama.
La señora Macquarie llevaba ya más de catorce horas de parto, con la asistencia constante del doctor Redfern y la comadrona Reynolds, pero era evidente que no podían hacer nada para acelerar el parto y muy poco para aliviar sus tribulaciones.
La señora Macquarie, valiente hasta lo indecible, no emitía queja alguna.
Salvo por algún grito ahogado cuando los dolores superaban su resistencia, había sufrido con estoicismo la larga prueba, pero estaba agotada, por lo que Jessica podía notar.
Ya no era capaz de obedecer las súplicas del doctor Redfern de que aguantara.
A medianoche, en respuesta a una solicitud llegada de abajo, el médico abandonó la habitación para una breve conferencia con el gobernador.
Entonces, la señora Reynolds aprovechó la oportunidad para refrescarse con una botella que llevaba escondida en su bolsa de comadrona.
Había que darle crédito, pensó Jessica: la corpulenta y sudorosa mujer había trabajado duro, pero…
Puso otro paño frío en la frente de su ama y susurró apenas:
—Descanse un rato, señora, para recuperar fuerzas.
—Está tardando mucho, ¿verdad? —preguntó con ansias la señora Macquarie.
—No más de lo habitual, según ha dicho la señora Reynolds —contestó Jessica, aunque no era del todo sincera, pues esa observación de la comadrona había sido hecha varias horas antes—. ¿Puedo traerle algo? ¿Una taza de té o gachas o un poco de brandy?
—Un vaso de agua, tal vez —se las arregló para pedir la señora Macquarie—. Estoy muerta de sed, Jessica.
Pero, cuando Jessica le llevó el agua, la señora Reynolds intervino.
—No, señora, lo siento. No sin que lo haya ordenado el médico.
—Un espasmo provocó que el cuerpo encorvado de la paciente se convulsionara y Jessica saltara de espanto—.
¡Cálmese, señora Macquarie! Su bebé no nacerá a menos que usted lo ayude aprovechando los dolores como es debido.
Tire de esa correa que le he arreglado, ¡tire!
El espasmo pasó y dejó a la pobre mujer exhausta. Jessica secó las gotas de humedad del rostro delgado y pálido de su ama y la oyó decir con tristeza:
—Mi bebé nacerá muerto si esto dura mucho más, ¿no es así, señora Reynolds?
—Es una posibilidad, señora —confirmó la comadrona en tono grave—. Resista cuando le vengan los dolores y todo saldrá mejor. ¡Ahora!
La señora Macquarie cogió el extremo de la correa que habían fijado para ella en la cabecera de la cama y se esforzó con lo que le quedaba de fuerza, pero fue en vano. Desesperada, jadeó:
—¡No puedo! ¡Que Dios me ayude, no puedo!
—Debe intentarlo, señora Macquarie —la reconvino la señora Reynolds.
Cuando se inclinó sobre la cama, Jessica percibió el olor a alcohol.
La comadrona hizo un rápido examen bajo la sábana y chasqueó la lengua con mal disimulada impaciencia—.
Está dilatada por completo; solo necesita un pequeño esfuerzo, señora.
El doctor Redfern volvió y la comadrona se dirigió a él en un susurro sibilante.
Jessica vio que el médico sacudía la cabeza.
Era un hombre amable, gentil con todos sus pacientes, y muy hábil.
La chica recordó que el pequeño Dickon O’Shea lo adoraba.
Lo vio acercarse a la cabecera y decir en voz baja: