Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 12
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Capítulo 12

Elizabeth se había puesto de parto a las tres de la tarde y su marido esperaba, en una ansiosa incertidumbre, noticias que bien podrían romperle el corazón una vez más… o llenárselo de una alegría como nunca había conocido.

El doctor Redfern, radiante de confianza, había tratado de tranquilizarlo.

—La señora Macquarie ha llegado a término, señor, y los movimientos del bebé son tan fuertes y vivos como nunca he visto.

Dará a luz a un niño sano, no me cabe la menor duda.

Y la señora Reynolds, que es una comadrona muy experimentada, comparte mi opinión.

Intente ser paciente, señor, porque llevará tiempo.

Paciencia, pensó el gobernador con tristeza.

¿Cómo podía tener paciencia cuando todas sus esperanzas dependían del resultado de las próximas horas?

Hacía dos meses que había cumplido cincuenta y tres años; Elizabeth ya tenía treinta y seis.

Si el niño nacía muerto, o, lo que sería más calamitoso, si llegara a morir, como su hija Jane, a los pocos meses de vida, era improbable que ocurriera otro embarazo.

No podía, en conciencia, someter a su pobre Elizabeth a más tormentos, pues ¿no había sufrido ya suficientes decepciones en su valiente denuedo por darle el hijo que él anhelaba?

Macquarie contuvo un suspiro. Ya se había puesto la ropa de gala para la cena, aunque los invitados no llegarían hasta dentro de una hora, por lo menos.

Impaciente, se dirigió a su escritorio con la intención de distraer sus pensamientos durante la espera.

Como siempre, la superficie estaba cubierta de papeles: despachos de la Oficina Colonial, peticiones, solicitudes de concesión de tierras, permisos de construcción, indultos…

Las exigencias eran infinitas. Y había informes alarmantes sobre el aumento de las actividades de los bushrangers en la zona del Hawkesbury y en la Tierra de Van Diemen; sobre todo, en esa última, donde el gobierno del comandante Davey estaba resultando, como había temido, demasiado laxo.

Una banda de fugitivos convictos se había apoderado del bergantín Unity en la ciudad de Hobart; otra banda de desgraciados había pirateado el Speedwell cuando estaba anclado en el río Hunter, en Newcastle, y se había largado con el barco, eludiendo todos los intentos de recaptura.

Era cierto que, gracias a la rápida actuación del joven Justin Broome y de los agentes de Windsor, los granujas que habían asaltado la propiedad de Abigail O’Shea, en Yarramundie, habían sido llevados ante la justicia y…

Chasqueó la lengua. Abigail era ahora la señora de Timothy Dawson.

Debía recordarlo y dejar de llamarla O’Shea. Desanimado, volvió al informe.

Los nativos también se estaban volviendo problemáticos.

Pasaban hambre. La persistente sequía había provocado escasez de pescado y caza, así que los asaltos al ganado y las cosechas de los colonos eran cada vez más frecuentes.

Lo peor de todo era, tal vez, la costumbre de los aborígenes de prender fuego a los cultivos para disuadir a los perseguidores.

La cosecha de esa temporada, bien lo sabía el cielo, iba a ser la más pobre en muchos años.

El gobernador pensó en lo difícil que sería alimentar a la colonia si la sequía continuaba; y también si seguía teniendo dificultades para convencer a la policía civil de esforzarse en proteger de los depredadores las propiedades de los asentamientos periféricos.

Un posible remedio pasaba por organizar una incursión punitiva contra las tribus del Hawkesbury por parte de los militares.

Podría hacerlo una vez que el regimiento del coronel Molle se hubiera asentado e integrado por completo.

Por el momento, el asunto estaba fuera de cuestión; solo había llegado el propio Molle acompañado por un pequeño grupo de avanzada.

Los transportes estaban preparados para recibir al Septuagésimo Tercero, que partiría.

De hecho, el motivo de la inoportuna cena de esa noche era dar la enhorabuena a Maurice O’Connell y su esposa, así como la bienvenida a George Molle y su segundo al mando, pero…

El sonido de unos pasos en la escalera principal hizo que el gobernador se pusiera en pie al instante.

Aguardó lleno de aprensión, pero el sonido pasó de largo.

Supuso, por la ligereza de las pisadas, que Jessica Maclaine, la criada de su esposa, había sido enviada a hacer algún recado a la cocina.

Se obligó a relajarse. Redfern había dicho que el asunto se tomaría su tiempo y le había aconsejado paciencia.

El gobernador sabía que debía hacer lo posible por seguir el consejo del médico.

En busca de distracción, el gobernador Macquarie encontró que sus inquietos dedos se cerraban sobre un manojo de hojas manuscritas.

Lo identificó como el extenso informe del topógrafo George Evans sobre la reciente expedición a las montañas Azules.

Evans había regresado a finales de enero con un relato entusiasta de las excelencias de las tierras que él y su grupo habían encontrado más allá de la barrera montañosa.

Los mapas que había dibujado acompañaban al informe.

Macquarie los hojeó y leyó algunas notas al azar.

El río ha formado ahora grandes estanques. Al cabo de una milla, llegué a una hermosa llanura de tierras ricas, el campo más hermoso que jamás he visto. Supera al puerto Dalrymple […] Lo he bautizado con el nombre del teniente gobernador: llanuras O’Connell.

[…]

A las tres nos detuvimos donde arrancaba una llanura aún más extensa, muy atractiva.

No alcancé a ver su límite norte. El suelo es extremadamente rico y produce la hierba más fina, entremezclada con una variedad de plantas.

Las colinas parecen un parque de jardines extendidos; de hecho, no encuentro palabras para describir su belleza y lo mucho que prometen.

He bautizado esta parte con el nombre de llanuras Macquarie.

[…]

El rastro de ayer nos llevó muy al norte por el oeste.

La llanura que sigue al río tiene una extensión de once millas, con cerca de dos millas de ancho a cada lado.

Toda la tierra es excelente y aquí están los mejores pastos que he visto en cualquier parte de Nueva Gales del Sur.

[…] Los ganaderos podrían criar sus animales aquí con grandes ventajas.

El forraje es excepcional, sobre todo para las ovejas.

Más cosas había en la misma línea. El gobernador se encontró sonriendo mientras continuaba con la lectura. Por supuesto, ya había leído todo antes, pero quizá no con tanta atención. Se había concentrado más en los planes de Evans para la carretera propuesta y su probable coste, pero…

De repente, consciente de lo emocionado que se sentía, Macquarie pasó las páginas. Su atención había quedado retenida en las líricas descripciones de Evans de la tierra recién descubierta.

La carretera a Windsor estaba casi terminada, al igual que la autopista a Liverpool.

Las cuadrillas de trabajadores con grilletes, instituidas hacía poco por el reverendo Samuel Marsden, que sentenciaba a todo delincuente que le pusieran delante a trabajar en las carreteras, habían hecho rápidos progresos.

Podrían emplearse para construir un camino hasta el vado Emu y luego…

El gobernador buscó entre sus papeles una nota que había recibido de William Cox, de Clarendon.

Cox, que había sido teniente y pagador del Cuerpo del Ron, se había retirado antes de la asonada para cultivar sus extensas tierras en la zona de Mulgoa, al sur del Nepean.

Tenía una gran experiencia como constructor y acababa de terminar de edificar la Glebe House en Castlereagh, obra que había sido muy bien acogida.

El gobernador recordó que había discutido con él la posibilidad de trazar una carretera en las montañas, pero se había visto obligado a admitir que no tenía a nadie a quien confiar una empresa tan arriesgada y laboriosa.

Cox no había dicho nada en aquel momento, pues había otras personas presentes y él era un hombre inclinado a la circunspección.

Unos días más tarde, no obstante, había escrito para ofrecer sus servicios y…

¡Qué los demonios se llevaran esa acumulación de papeles! ¿Dónde estaba la nota de ese hombre?

La encontró por fin, extendió la delgada hoja de papel sobre el escritorio que tenía delante y la examinó con detenimiento.

Las condiciones de William Cox eran asaz modestas.

Pedía que se le asignaran treinta convictos, hombres que él mismo elegiría, para el trabajo real de construcción de la carretera.

Especificaba: «Convictos que ofrezcan sus servicios de manera voluntaria y con la condición de que se les conceda el indulto por su trabajo extra», una vez que la carretera estuviera construida.

También solicitaba una guardia militar para proteger a los trabajadores de los ataques de los nativos hostiles, al igual que carretas de bueyes, herramientas de voladura y pólvora, hachas, sierras y azadas «que se especificarían en detalle más adelante».

Además, los servicios de otro veterano retirado del Cuerpo de Nueva Gales del Sur, el teniente Hobby, para que actuara como su ayudante.

Sus propios honorarios los dejaría a discreción del gobernador, pero, según declaró el antiguo pagador con admirable modestia, «no exigiré nada indebido ni poco razonable al Tesoro Colonial».

Ni siquiera lord Bathurst sería capaz de poner reparos a semejante oferta, se dijo Macquarie.

Con todo, se levantó y se paseó de un lado a otro durante varios minutos antes de volver a su escritorio.

Evans había calculado que se tardarían tres meses en construir la carretera; Cox, más prudente, hablaba de seis a ocho meses y prometía una senda que «admitiera el paso de un carro de provisiones».

Al llegar, por fin, a una decisión, el gobernador Macquarie cogió su pluma y una hoja de papel. De inmediato escribió: