Capítulo 11 #5
La luz se estaba yendo con la urgencia de siempre.
No fue hasta que estuvo a unos cincuenta o sesenta pies de su objetivo que vio al aborigen.
La oscura figura estaba sola y agachada.
No parecía haberse dado cuenta de que Justin se estaba acercando.
Y este, al suponer que el aborigen también iba tras el premio abandonado por Byrne, le gritó que lo dejara.
Al instante, el ágil cuerpo se puso en acción y la punta de su lanza apuntó al pecho de Justin.
Se enfrentaron sin avanzar ni retroceder, pues, por puro instinto, Justin había levantado su mosquete para responder al desafío de la lanza.
El nativo era un niño de unos diez a doce años que sujetaba el arma con torpeza en la mano izquierda.
Incluso en la penumbra, la razón era muy evidente: tenía el brazo derecho fracturado.
La herida era grave, pues el hueso sobresalía de la piel marrón del antebrazo.
La mano colgaba flácida y se notaba muy hinchada.
Justin bajó el mosquete y se acercó con cautela.
Sabía que las pocas frases nativas que había aprendido mientras vivía en el Hawkesbury no le servirían de nada; no obstante, intentó dejar claras sus intenciones. Se detuvo, soltó el mosquete y, con una sonrisa forzada, extendió las manos vacías.
—¡Kamarooka! —suplicó—. ¡Jumbunna !
La lanza no tembló y la invitación a esperar y hablar no fue atendida, pero el miedo del joven nativo era tan evidente como su desconfianza.
Justin se encontró preguntándose si Byrne era el responsable de la herida.
El brazo destrozado bien podría haber sido causado por un golpe de culata de mosquete.
Y si así había sido… Buscó en vano algún medio de tranquilizar al chico y, al final, señaló al canguro.
—¡Koonook ! ¡Cógelo!
Los ojos del chico se abrieron de par en par.
Entonces, de manera inesperada, empezó a tambalearse y la pértiga se le escapó de las manos.
Justin se abalanzó sobre él y lo atrapó antes de que cayera.
No pesaba casi nada. Todo su cuerpo se sentía arder.
El pobre diablillo tenía una fiebre atroz, lo que, al menos, eximía a Lucky Byrne de toda culpa.
El brazo roto, al parecer, lo había sufrido días antes.
Con todo el cuidado que pudo, Justin lo bajó al suelo.
Llevaba un frasco y, un tanto descuidado, vertió el contenido sobre la herida con la esperanza de limpiarla.
El chico no se movió. Al notar que estaba inconsciente y de que, si había alguna posibilidad de ayudarlo, lo mejor era hacerlo en ese mismo instante, Justin arrancó una tira de su camisa para usarla de venda.
Decidió que la lanza, partida en dos, le serviría de tablilla.
Bajo la penumbra del sol poniente, hizo lo que pudo para colocar la lanza, entablillar el brazo y vendarlo.
El niño volvió en sí y gimió apenas, pero no intentó escapar.
Cuando Justin se puso en pie, el niño se levantó con él y se quedó mirándolo con ojos desconcertados.
Su tribu lo encontraría, sin duda; o él la encontraría a su debido tiempo.
El canguro podría quedarse ahí como ofrenda de paz.
Aunque quizás los patos le resultarían más fáciles de transportar.
Justin alcanzó su mochila y depositó los tres cuerpos emplumados a los pies del aborigen.
—¡Koonook! —volvió a decir, sonriendo. Luego, con el mosquete al hombro, cogió al canguro por las patas traseras y se lo echó a la espalda. El chico no dijo nada y no hizo ningún esfuerzo por retener la presa.
Justin ya tenía a la vista el campamento y la hoguera cuando oyó pisadas a sus espaldas. Al volverse, vio que el chico estaba allí, con los patos. Justin maldijo de buen humor.
—Son tuyos, muchacho. ¡Koonook! Vete y llévatelos. ¡Cómetelos!
Esa vez fue evidente que se había hecho entender. El aborigen dejó caer dos de las aves a los pies de Justin, le dedicó una sonrisa y se marchó.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando levantaron el campamento, él estaba allí. Los estuvo siguiendo durante todo el día. Sin mucho énfasis, George Evans dijo:
—Parece que has hecho un amigo, Justin, y no va a dejarte.
—Bueno, si aún está con nosotros cuando estemos de vuelta en el Nepean —declaró Justin—, lo llevaré a casa de mi madre. Podrá quedarse en Ulva hasta que su brazo haya sanado.
El chico, cuyo nombre era Winyara, según supieron al fin, siguió persiguiéndolos hasta que, cruzado el Nepean en el vado de Emu, Justin se separó de los demás. Entonces, sin decir palabra, él también desapareció. Tras una búsqueda superficial, Justin no pensó más en Winyara y partió hacia Ulva.
Sentía un cansancio doloroso, pero estaba feliz por lo que habían conseguido.
A su madre le dijo:
—Hemos encontrado los pastos interminables, mamá; están ahí para ser aprovechados. Con toda franqueza, creo que mantendrán nuestros rebaños y manadas durante, al menos, cien años. Y habrá una carretera. George Evans ha ido a Sídney a decirle al gobernador que sí se puede hacer.
Su madre lo abrazó y él la oyó susurrar:
—¡Ah, gracias a Dios!