Capítulo 11 #4
Justin se contagió del febril entusiasmo del topógrafo y empezó también a aportar nombres al mapa, pues todo eso significaba la realización de sus esperanzas y sueños: era la tierra prometida, la que podría hacer próspera a la colonia.
El optimista informe de William Lawson se vio confirmado.
Las dudas del gobernador sobre su validez quedaron despejadas.
Bajo la lluvia torrencial y haciendo lo posible por proteger el papel, Evans escribía.
Hacía una letra pequeña y pulcra mientras sonreía de placer.
El río Fish fue una elección obvia. Bathurst, Macquarie y O’Connell fueron los nombres con los que quedaron registradas las exuberantes llanuras.
Tras construir un puente con troncos cortados, habían cruzado un segundo río, que entonces se convirtió en el Campbell, en tanto que el tercero, en el que se fusionaban los dos, se había convertido en el Macquarie.
Un modesto afluente recibió el nombre de Evans.
Por su parte, Justin y el joven Lewis dieron los suyos a unas cascadas, e incluso el reticente Byrne recibió honores similares.
El propio Justin tomaba cuidadosas notas sobre la naturaleza del terreno.
La mitad, para su madre; la otra mitad, como pasatiempo.
Lo hacía durante las largas horas de la tarde, en su tienda, entre el frío y la humedad.
A última hora de la tarde del 5 de diciembre, que Evans había declarado día de descanso para hombres y caballos, Justin escribió:
Las noches son muy frías, y las mañanas, brumosas.
Desde que salimos de Emu, ha llovido casi sin parar.
A pesar de la incomodidad que supone tener que viajar con la ropa mojada, lo que hemos visto hasta ahora del país, más allá de la cordillera Occidental, nos ha llenado de esperanzas para el futuro.
Es una buena tierra de pastoreo, bien regada, y se extiende hasta donde alcanza la vista.
Han de ser unas cuarenta o cincuenta millas desde el lugar donde estamos acampados ahora.
El suelo es de limo y parece apto para toda variedad de cultivos.
Desde el primer río, en el campo abundan los suelos de granito rojo y negro.
Todo aquí parece como si hubiera sufrido alguna gran convulsión natural.
Hay colinas amontonadas sobre otras y profundos barrancos entre ellas.
En algunos de esos barrancos corren arroyos.
Todos los altozanos están cubiertos de árboles hasta sus mismas cimas.
Abunda la caza: emús, canguros, zarigüeyas, patos, cisnes negros y gansos, así como una gran variedad de otras aves: cacatúas, chorlitos, oropéndolas, urracas y cuervos. Los perros de Byrne tienen mucho éxito en la caza de canguros, pero, por alguna razón, no intentan perseguir a los emús.
Las tribus nativas no nos han dado ninguna molestia.
Parecen tímidas en extremo y dispuestas a huir en cuanto nos ven.
A los pocos con los que hemos entrado en contacto hemos tenido que persuadirlos para que acepten nuestros regalos.
Hablan una lengua diferente a la de los alrededores de Sídney y Parramatta.
Debido al frío extremo de estas montañas, han aprendido a confeccionarse capas de piel de zarigüeya, cosidas con nervios de canguro y emú.
Cazan con perros salvajes, como hacen sus hermanos de Sídney. De un grupo que se nos acercó ayer, una de las mujeres, una vieja, era ciega. Dos niños la guiaban y parecían mostrarse muy amables con ella.
Mañana nos trasladaremos para seguir el curso de otro río. Es de esperar que exploremos la llanura circundante con vistas a un futuro asentamiento.
Cuatro días más tarde, el 9 de diciembre, acamparon a la orilla del río que Evans había marcado en su mapa como Macquarie. En vistas de que el lugar era perfecto para un nuevo asentamiento, el topógrafo escribió a lápiz el nombre de Bathurst.
—Es posible trazar un camino de carros hasta este punto —le dijo a Justin—. Confirmaré a Su Excelencia que la propuesta es factible y que construir la carretera será, quizás, muy gratificante, pues la tierra es mucho mejor que cualquiera de la colonia.
Sin embargo, el concienzudo topógrafo retrasó el regreso una semana más, pues quería explorar los campos, identificar las variedades de árboles y arbustos, medir pendientes y marcar distancias.
Según sus cálculos, habían recorrido ciento cincuenta millas en terrenos desconocidos y habían ido noventa y ocho millas más lejos de lo que había llegado el grupo de Blaxland cuando hizo un alto en los picos del pan de azúcar.
—Emprenderemos el regreso mañana —declaró por fin—.
Hemos hecho lo suficiente para satisfacer a Su Excelencia.
Me hubiera gustado tener una semana más para seguir el curso del río hacia el oeste, pero…
los caballos están agotados, y Tygh se queja de que solo nos quedan cuatro días de harina.
Será mejor no tentar a la providencia, ¿eh?
Y esta noche debemos cenar bien. Probaré suerte con la caña y el sedal.
Si quieres, Justin, llévate a Byrne y tráenos un canguro o unos patos.
Sin embargo, Byrne había desaparecido, como ocurría con demasiada frecuencia.
Justin dejó a Evans y Lewis pescando tranquilos y partió por su cuenta.
Sabía que, sin los perros, tenía pocas posibilidades de cazar un canguro, pero también sabía que, justo antes del anochecer, los patos solían bajar a los terrenos pantanosos de la confluencia de los dos ríos.
Caminó en esa dirección, con el mosquete cargado y preparado.
La suerte lo acompañó. Dos horas más tarde, había conseguido tres patos de buen tamaño.
Estaba a punto de regresar al campamento cuando oyó a los perros de Byrne ladrar más allá del pantano.
Para su sorpresa, el cazador de canguros apareció y lo vio, solo que no hizo caso a su llamada.
Echó a andar gritando algo que Justin no pudo entender.
Había sonado como una advertencia, pero Byrne se emborrachaba tan a menudo que Justin no se la tomó en serio.
Vio entonces que el hombre había abandonado el canguro muerto que llevaba consigo.
Desconcertado y reacio a dejar una buena comida a los perros salvajes, Justin empezó a rodear el pantano para recuperar el cuerpo.