Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Los días del Septuagésimo Tercero aquí están contados —estaba diciendo Andrew—.

El gobernador me ha dicho hoy que se les ha dado órdenes de ir a la India y que serán reemplazados por el Cuadragésimo Sexto de Infantería a principios del año que viene.

Pensaba que el viejo caballero sería reacio a ver partir a su propio regimiento, pero no es así.

Dice que se están corrompiendo aquí y que están perdiendo de vista su deber militar por intimar demasiado con las clases más bajas.

Y es cierto: son muchos los que frecuentan las tabernas de The Rocks en cuanto terminan su servicio.

—¿Se irían los O’Connell? —preguntó Frances—, ¿y el capitán Antill? Si se fueran, qué triste pérdida.

Vio que su marido y Andrew intercambiaban miradas. Entonces Jasper, con una sonrisa invernal, explicó:

—Su Excelencia no considera al coronel O’Connell un disciplinario lo bastante severo y, para serte franco, querida, teme que Mary O’Connell esté ejerciendo una influencia demasiado grande sobre él.

Es hija de Bligh, y eso es algo que nuestro gobernador no olvida, pero…

—Se encogió de hombros y se sirvió de uno de los platos que le ofrecía la criada.

— No dudo de que volverán, ¿verdad, Andrew?

Y es probable que también Henry Antill. Ambos tienen propiedades considerables aquí, y esta colonia les brinda mejores perspectivas de las que el Septuagésimo Tercero de Su Majestad podría ofrecerles jamás.

—Entonces, ¿vamos a tener un nuevo vicegobernador? —quiso saber Frances.

—Sí —dijo Andrew—. Ese cargo será para el oficial al mando del Cuadragésimo Sexto, el coronel George Molle.

Al parecer, Molle sirvió con él en la India y Egipto y son viejos amigos.

El Cuadragésimo Sexto, dice, es un buen regimiento, con un distinguido historial en la guerra americana bajo el mando del general Wayne.

Frances lo vio lanzar una mirada ansiosa a su esposa. Jenny apenas había tocado su plato, pero, en cuanto interceptó la mirada de su marido, empezó a manejar el cuchillo y el tenedor con una impaciencia bien fingida.

En el breve silencio que siguió, preguntó en voz baja:

—Andrew, ¿mencionó Su Excelencia la expedición que propuso el señor Evans, a la que se unirá Justin?

Andrew vaciló y luego inclinó la cabeza.

—Sí, en efecto, la ha autorizado, pero creo que más por necesidad que por convicción.

Lo tienen obligado la presente sequía y los malditos incendios forestales que tanto daño están haciendo, pero…

—Se dirigió a Jasper Spence.— Debo confesar que me he quedado con la impresión de que, en su fuero interno, no cree que Blaxland y Lawson, cuando le aseguraron que podía construirse una carretera, hubieran estudiado de verdad todas las dificultades prácticas que entrañaría la obra.

—Y mucho menos consideraron lo que costaría —dijo Jasper sin inflexiones—; o si lord Bathurst proporcionaría los fondos para construirla.

—Entonces —sugirió Jenny con desdicha—, ¿Justin podría estar perdiendo el tiempo si acompañara al señor Evans?

—Ninguna exploración es una pérdida de tiempo, mi amor —replicó Andrew con profunda convicción—.

Como Su Excelencia mismo lo expresó: si Evans fuera capaz de encontrar una nueva extensión de país donde la naturaleza sea más pródiga que dentro de los actuales límites de la colonia, y si consigue afirmar que es posible construir una carretera, entonces los fondos aparecerán de algún modo.

Quizás por suscripción local, si su miope señoría se niega a proporcionarlos.

Debemos expandirnos si queremos prosperar.

O, dicho de otro modo: si queremos dejar de ser una carga para la madre patria, como Bathurst claramente pretende que seamos.

Se acercó a Jenny y puso su gran mano en la pequeña mano de su esposa.

—Anímate, Jenny, cariño, quizá estemos a punto de hacer realidad ese sueño tuyo por fin.

Jenny le sonrió distraída.

—Las llanuras fértiles —añadió en voz baja.

Jasper llenó las copas y levantó la suya.

—Brindemos por ello —propuso—, por tu sueño, Jenny, y por el gobernador Phillip. Ese sueño también era suyo, ¿verdad?

—Sí —confirmó Jenny—, sí que lo era, pero incluso yo debo admitir que mi fe se ha tambaleado en algunos momentos.

He llegado a dudar y a perder la esperanza, pero, ahora —con la cabeza en alto, dirigió a Frances sus brillantes ojos—, ¡brindo por la esperanza renovada, por la nueva tierra y por el camino que, con la ayuda de Dios, nos llevará hasta allí!

—Amén a eso —susurró Frances. Se persignó y rezó en silencio para que, por esa vez, el doctor Redfern se hubiera equivocado.

* * *

El viernes 19 de noviembre de 1813, la expedición estaba en el vado Emu, al otro lado del río Nepean, con todos los suministros empaquetados.

George Evans, con un mosquete colgado del hombro y sus mapas e instrumentos en una mochila, miró a los miembros de su grupo y sonrió.

—Estamos bien provistos de todas las comodidades y de todo lo que necesitaremos. Habrá suficiente para que, en un punto adecuado, podamos reservar una parte para nuestro viaje de regreso. Descansad todos mientras podáis, y preparaos, si os place, para ascender la primera cresta mañana al amanecer.

El ayudante del agrimensor de la colonia, George Evans, era un hombre pequeño, de cara redonda, tez rosada y un pelo castaño rojizo y ralo.

Por lo que Justin pudo deducir, tendría unos treinta y cinco años.

Estaba curtido por la naturaleza de su trabajo y era muy competente, aunque, quizá, demasiado concienzudo.

Si bien tenía la designación oficial para presidir esa expedición, era tímido y propenso a formular sus órdenes como amables peticiones.

Se inclinaba a ceder el mando al cazador de canguros, Lucky Byrne, quien tenía una mayor experiencia.

Byrne, irrespetuoso y malhablado como siempre, aprovechaba al máximo la aparente inseguridad de Evans.

Con Lawson y Blaxland se había permitido pocas libertades, recordó Justin, y había desempeñado bien su papel.

En ese momento, sin embargo, bebía a escondidas de una petaca que guardaba en un amplio bolsillo de su raído chaleco de cuero.

Y los perros, que eran su responsabilidad, estaban fuera de control y gruñían y ladraban a los demás miembros del grupo.

Además de Evans, Byrne y él mismo, había otros cuatro: un joven colono de rostro fresco llamado Richard Lewis y tres sirvientes convictos: Tygh, Cooghan y Grover.

Después de conocerlos, Justin tuvo que concluir que habían sido elegidos más por su físico que por su inteligencia, pero todos eran bastante agradables.

Ese día, Tygh, el más viejo de los convictos y quien hacía de cocinero, les sirvió un apetitoso estofado de carne de canguro. Lo comieron antes de retirarse.

A la mañana siguiente se despertaron envueltos en una espesa niebla que se arremolinaba en torno al campamento.

La cresta que habían planeado escalar estaba oculta tras una espesa cortina de humedad.

Evans habría pospuesto la partida, pero los caballos ya estaban cargados, y los hombres, ansiosos por ponerse en marcha.

Byrne confiaba en que, con niebla o sin ella, podría conducirlos a su destino: el campamento que el grupo de Blaxland había establecido en la cima de la cresta.

Apenas se habían puesto en marcha cuando cayó una fuerte tormenta que los caló hasta los huesos.

Byrne los guiaba maldiciendo y refunfuñando, y, como era de esperar, los condujo por mal camino.

Su jactancia quedó revelada tal y como era.

Cuando, por fin, cansados y desanimados, tropezaron con los restos de la vieja hoguera, llevaban más de cinco horas escalando.

Justin se llevó a Evans a un lado y, en pocas palabras, le dijo:

—Conozco la ruta tan bien como Byrne, pero yo puedo mantenerme sobrio. Deja que el viejo Lucky cace para nosotros, que es lo que sabe hacer mejor, y que yo haga de guía.

—Desde luego, señor Broome —aceptó el topógrafo sin vacilar—, la suya es una sugerencia excelente.

Al atardecer del miércoles 24 de noviembre habían cruzado la primera cordillera.

Luego, sobre la pista que el grupo de Blaxland había despejado con tanto esfuerzo, al quinto día habían llegado al punto más extremo de la expedición anterior.

Allí, ocupado con sus mapas y mediciones, George Evans se veía muy animado.

En su mapa empezaron a aparecer nombres: el monte Blaxland, por las montañas al pie de las cuales acamparon, así como los panes de azúcar de Lawson y Wentworth, dos extraños pináculos que había a ambos lados del riachuelo en el que se refrescaron.

A su alrededor, había hierba fresca y verde, limpia de árboles y bien regada, tal como Justin la recordaba.

Lucky Byrne cogió a sus perros y se fue de caza.

Poco después del anochecer, regresó con un canguro joven y un par de patos.

A pesar de que llovía casi sin parar, se dieron un gran festín con la caza cocinada al abrigo de un saliente rocoso.

El tiempo mejoró por la mañana y, aunque seguía habiendo neblina, avanzaron a buen ritmo.

Cuatro días después, habían pasado por encima de la cordillera divisoria principal y se encontraban contemplando una extensión de cuarenta o cincuenta millas de los mejores pastos que ninguno de ellos había visto jamás.

Todo el grupo se sentía animado mientras Evans se extasiaba añadiendo nombres a su mapa.

Descendieron a la llanura sin inmutarse por el regreso de la lluvia, y siguieron el curso de un hermoso río abundante en peces.

Más adelante, ese río confluía con otro, brillante por los zarzos que crecían en grupos a lo largo de sus orillas.

Los caballos perdían el pie y había que aliviarlos con frecuencia de su carga, pero Evans siguió adelante, sordo a los gruñidos de los sirvientes convictos y a las más ruidosas quejas y advertencias de desastre de Byrne.