Capítulo 11 #2
Frances sabía que la salud del doctor Arndell estaba en franca decadencia.
Su marido, magistrado él mismo, le había dicho que el viejo médico ya oía pocos de los casos que llegaban al tribunal de Windsor.
Al notar la angustia de Jenny, Frances se puso rígida y le aseguró con absoluta seriedad que respetaría su confianza.
—Jenny, eres mi mejor amiga y la más antigua, y te debo… Ah, tanto que nunca podría pagarte. Déjame ayudarte si puedo; escuchándote, al menos. ¿Qué te ha dicho el doctor Redfern?
Jenny la miró entonces.
—Me ha dicho que tengo una lesión en el pulmón izquierdo. Quizás me la hice cuando caí del pobre Sirius y me fracturé las costillas. Eso fue hace más de cuatro años, y me dolió mucho durante un tiempo, pero las costillas se curaron. Me cuesta creer que hubieran podido causado un daño grave.
Frances era menos optimista, pero se cuidó de no revelarlo.
Recordaba que Jenny había sufrido mucho cuando llegó a Sídney para despedirse de Justin, poco después de su accidente.
No había bailado en la recepción de la Casa de Gobierno y parecía enferma.
No obstante, había participado en la mayoría de los festejos de despedida del gobernador Bligh, así como en la boda de su hija con el coronel O’Connell.
Si llegó a quejarse de algo, fue de cansancio.
Por supuesto, en cuanto la flota zarpó, volvió a las interminables tareas de Long Wrekin, algo que difícilmente habría contribuido a su recuperación.
—¿Y el doctor Redfern te aconsejó algún tratamiento? —Frances se animó a preguntar. Anticipándose a la respuesta, añadió en voz suave—: ¿Aparte de reposo, quiero decir?
—No. —Jenny no cambió de tono. Siguió hablando con voz plana, carente de emoción, aunque con temblores en el labio inferior.
— Me dijo que no había cura, porque había llegado demasiado tarde.
Las costillas rotas se han consolidado y dos de ellas presionan el pulmón.
Por eso me siento tan cansada la mayor parte del tiempo.
Guardó silencio. Al encontrarse con la mirada preocupada y escrutadora de Frances, le mostró una sonrisita forzada y sin gracia. Luego, soltó con amargo retintín:
—Me aconsejó que me convirtiera en una de esas damas que dedican su tiempo al jolgorio, y que lo hiciera para toda la vida. Imagínate, Frances. De verdad, no sabría cómo.
—Podrías intentarlo —la instó Frances—. Podrías vivir aquí, en Sídney.
—¿Y dejar Ulva? —El movimiento de cabeza de Jenny fue rotundo.
— ¡Ay, no! A Andrew le encanta, y a mí también.
William es feliz allí. Rachel terminará pronto la escuela y lo único que quiere es unirse a nosotros en Ulva.
Mira… —Extendió la mano para coger la de Frances y su expresión se suavizó.
— Querida Frances, ya te he dicho que es la única vida que conozco: la granja, el ganado, la tierra…
Eso es lo que tiene sentido para mí, lo que da un propósito a mi existencia.
Y, por lo que queda de ella, no quiero que cambie.
El instinto le dijo a Frances que aún no lo había oído todo. Jenny seguía ocultando algo.
—Jenny, ¿qué más te ha dicho el doctor Redfern?
Los dedos de Jenny se apretaron contra los suyos. Sentada en su silla, muy erguida, contestó con voz serena y controlada:
—Me ha dado un año de vida; a lo sumo, dos. Lo obligué a decírmelo. Él no quería, pero yo tenía que saberlo.
La confesión de Jenny fue mucho peor de lo que Frances había previsto; al tal grado que, por un momento, solo pudo mirarla con lástima y sin palabras.
No era de extrañar, pobrecilla, que hubiera parecido indiferente a las críticas maleducadas de Julia sobre el matrimonio de su propio padre hacía un rato.
Frances dejó atrás sus elogios a la competencia médica del doctor Redfern y tartamudeó con dificultado:
—Podría estar equivocado, Jenny. El doctor Arndell te aseguró que no te pasaba nada grave y él te conoce desde hace mucho más tiempo que el doctoro Redfern, tú misma me lo acabas de decir. Además…
El sonido de voces masculinas en el vestíbulo la interrumpió. Frances se dio cuenta de que Jasper y Andrew acababan de volver de su visita al gobernador y de que estarían esperando la cena. La mano de Jenny se cerró sobre la suya como si se hubiera convulsionado.
—¡Me lo has prometido, Frances, no lo olvides; me lo has prometido! Por favor, ya que valoras nuestra amistad, ni una palabra a Andrew sobre lo que acabo de decirte. No debe saberlo; al menos, no todavía.
—No le diré nada, Jenny querida —respondió Frances. Se levantó y plantó un compasivo beso en la mejilla sonrojada de su amiga. Luego, exigiéndose a sí misma el comportamiento de costumbre, se acercó al aparador para servir bebidas mientras su marido acompañaba a Andrew a la sala.
La cena resultó ser menos tensa de lo que había temido. Ni ella ni Jenny contribuyeron mucho a la conversación, pero los dos hombres, muy preocupados por lo que habían sabido del gobernador, compensaron la omisión.
—Lord Bathurst está demostrando ser aún más ahorrativo que su predecesor en la Oficina Colonial —dijo Jasper indignado—.
¡Al menos, lord Castlereagh estaba dispuesto a escuchar las propuestas de Su Excelencia antes de rechazarlas!
Pero Bathurst parece haberse propuesto retener, por principio, los fondos para edificios y carreteras.
El pobre gobernador ha rogado por los servicios de un arquitecto profesional.
Y va a tener uno, un delincuente convicto llamado Greenway, a recomendación del almirante Phillip, tan pronto como el gobierno nacional pueda organizar su pasaje, pero el estimado secretario colonial ha establecido que los proyectos locales de construcción deben ser pagados con fondos recaudados aquí, especiales para el propósito, con el fin, ha insistido, de reducir el enorme gasto al que esta colonia ya ha sometido a la madre patria.
—Además —añadió Andrew burlón—, mientras que la Casa de Gobierno va a seguir siendo un edificio malogrado, decadente y destartalado, con Su Excelencia en peores alcobas que las de cualquier caballero privado en todo el asentamiento, se le ha dado permiso para reconstruir sus establos.
Y esta decisión un tanto extraña se fundamenta en una brillante sugerencia que el secretario Campbell ha hecho a la Oficina Colonial: construir los establos de tal modo que sirvan como fuerte en caso de un ataque francés.
Incluso Jenny se rio, pero Jasper continuó muy serio:
—Nuestro erudito amigo y juez, el señor Ellis Bent, ha estado molestando mucho al gobernador.
Su casa, para cuyos gastos de construcción recibió quinientas cincuenta libras esterlinas y doscientos galones de aguardiente, ya está terminada.
Es probable que la hayáis visto: un extraordinario edificio en la esquina de la calle Elizabeth, con tejado triangular y doble puerta.
Pues bien, el contrato del señor Bent preveía que el edificio contuviera un alojamiento adecuado y oficinas para los tribunales civiles y penales; sin embargo, para estos espacios esenciales ¡solo ha asignado una pequeña habitación en la planta baja!
El general Macquarie está furioso y, para aumentar su enfado, del todo comprensible, acaba de ser informado por lord Bathurst de que Jeffrey, el hermano menor de Bent, abogado de Lincoln’s Inn con siete años de antigüedad, va a ser nombrado presidente del Tribunal Supremo de la colonia, ¡con un sueldo de ochocientas libras al año!
Ahora Ellis exige que se construya un nuevo palacio de justicia a tiempo para la llegada de su hermano.
—¿Un nuevo juzgado? —preguntó Frances, desconcertada—. ¿No se iba a incluir en el edificio del hospital?
—Eso es lo proyectado —confirmó su esposo—, pero Ellis Bent quiere echar por tierra esa idea.
Ha presentado los planos de un edificio de cien pies de largo, y, en la entrada principal, un pórtico dórico copiado del templo de Teseo en Atenas.
El diseño es obra de un colono llamado Daniel Bering Matthew.
Con toda franqueza, sospecho que estaba ebrio cuando lo concibió.
Esa vez no hubo risas. Mientras Jasper trinchaba la pierna de cordero que constituía el plato principal, Frances se preguntaba cómo había conseguido su marido mantener el sentido del humor a lo largo de los años.
Le pasó el platón a Jenny. Tal vez, pensó, se debiera a que pasaba una parte considerable de cada año en Calcuta.
Como naviero y comerciante adinerado, rara vez se veía afectado, en los negocios o en lo personal, por las actividades rapaces de gente del carácter de Ellis Bent.
Pero a Jasper le caía bien el gobernador Macquarie; y también admiraba a su esposa.
A pesar de la mordacidad de sus comentarios, Jasper resentía en lo más hondo los desaires contra los Macquarie; en particular, los que emanaban de la Oficina Colonial Británica, cuya frugalidad en relación con la colonia siempre lo enfurecía.
Al igual que el marido de Jenny, había dado al gobernador Bligh su apoyo y lealtad.
Se había aliado con Robert Campbell y John Palmer contra los rebeldes, y John Macarthur lo había hecho sufrir por ello.
Sin embargo… Frances sintió que la invadía un cálido torrente de orgullo y afecto por él.
Más que nadie, y eso sin exceptuar a los antiguos amigos de John Macarthur, Jasper se había desvivido por ayudar a la esposa de Macarthur.
Organizaba el envío de sus cartas, importaba para ella ganado de la India o de Cabo siempre que lo necesitaba y la visitaba cada vez que la suponía sola, fuera en Parramatta o en Camden.
Si Abigail era la mitad de afortunada en su matrimonio con Tim de lo que ella había sido en el suyo, pensó Frances, entonces había mucho que decir sobre la diferencia de edad, al margen de lo que Julia pudiera suponer. La chica lo superaría, igual que Justin.