Capítulo 11
—No está bien que papá vuelva a casarse a la edad que tiene —declaró Julia Dawson con resentimiento. Se volvió hacia Frances Spence, con los ojos azules brillantes de indignación—. ¿Es justo, tía Frances? Es dieciocho años mayor que Abigail.
—Diecinueve —la corrigió su hermana Dorothea—. El cumpleaños de Abigail es en diciembre. Solo tiene veintidós.
—Bueno, tu abuelo era veinte años mayor que yo cuando me casé con él —señaló Frances—, y la nuestra ha sido una unión muy feliz.
Reflexionó que, durante su matrimonio, no había pedido otra cosa que ser tía y no abuela de los niños Dawson. Miró a Jenny. La vio sonreír, impasible ante la indignación de Julia.
—Mamá no habría aprobado esto —insistió Julia con toda su obstinación—. Sabes que no.
A su madre le habría costado mucho aprobar cualquier segundo matrimonio, pensó Frances.
La pobre Henrietta era una mujer intensamente posesiva, celosa de la amistad de Tim con Jenny Hawley y, más aún, de la indulgencia que él siempre había mostrado con Abigail y Lucy.
La actitud de Henrietta ante el matrimonio de su padre había sido la única fuente de discordia entre los dos. Frances suspiró.
Tratando de cambiar de tema, se volvió de nuevo hacia Jenny.
—¿Has visto a Justin, supongo? ¿Ya ha decidido lo que va a hacer?
Jenny ladeó la cabeza. Había envejecido mucho, pensó Frances.
Su gloriosa corona de pelo castaño rojizo se había salpicado de canas.
Y estaba delgada, demasiado delgada, lo que la hacía parecer mayor de sus cuarenta años.
Como la mujer valiente que era, nunca admitía estar enferma, ni siquiera cansada; sin embargo, había aprovechado una de sus raras visitas a Sídney para consultar al doctor Redfern.
Solo que Jenny no le reveló el diagnóstico a nadie.
Habló, más bien, de Justin y de los terribles sucesos de Yarramundie.
Y en respuesta a la pregunta de Frances, volvía a hablar con orgullo de su hijo mayor.
—Como bien sabes, el gobernador le ha encargado al señor Evans que lo asesore sobre la viabilidad de construir una carretera en las montañas.
Evans está preparando una expedición y ha invitado a Justin a unirse; en parte, para que le sirva de guía, y en parte, para que lo ayude con la investigación.
—¿Y lo hará? —preguntó Frances.
—Esta tarde me ha dicho que sí. —El rostro de Jenny se ensombreció.
— Me temo que su Flinders II es un barco desventurado.
No solo le ha causado graves daños el incendio, sino que, cuando navegaba hacia aquí desde el Hawkesbury, se encontró con una tormenta y perdió uno de los mástiles.
Dice Justin que le podría llevar semanas, o incluso meses, reemplazarlo.
—Abigail —añadió Julia enfurruñada— tendría que haberse casado con Justin, no con mi padre. Eso creo.
Consciente de los sentimientos de Jenny al respecto, Frances le dirigió una severa reprimenda.
—¡Eres una niña tonta, Julia! Y no sabes de lo que hablas.
—Sí, tía Frances —protestó Julia—. Rachel me lo dijo hace siglos… ¿no es así, Rachel?
Rachel Broome, de doce años, enrojeció contrariada, pero no negó haber traicionado la confianza de su hermano. Julia añadió triunfante:
—¿Lo ves?, ¡es la verdad! A Justin siempre le ha gustado Abigail, incluso cuando estaba prometida con el teniente Fortescue.
—Creo —dijo Frances con firmeza— que es hora de que os vayáis a la cama.
—Se levantó sin poner atención a sus objeciones.
— Deberías saber que no te corresponde participar en las conversaciones de tus mayores, Julia; y tampoco deberías dar tu opinión cuando no te la han pedido.
Decid buenas noches y marchaos. Kate Lamerton os dará vuestra leche, pero procurad guardar silencio, no quiero que despertéis a Dickon.
—Dickon no se despertaría ni aunque bailáramos la giga en su cuarto —replicó Julia desafiante—. Es sordo, tía Frances, ¡sordo y mudo!
Frances la reprendió. La hija de Henrietta empezaba a parecerse demasiado a su madre, pensó con pesar, y, sin duda, ella misma también tenía algo de culpa.
En vistas de que era demasiado indulgente con sus sobrinas, Julia se aprovechaba de su blandura, pero las niñas adoraban al pequeño Dickon, y Julia no solía ser malévola.
Ese acto, ese mal comportamiento, podía deberse a la angustia que le causaba el inesperado matrimonio de su padre; y semejante desplante lo había tenido en presencia de Jenny.
Cuando las tres chicas salieron de la habitación, Frances se disculpó:
—Julia no debería haber hablado así, Jenny; lo siento mucho. No ha sido ella misma desde que nos llegó la noticia del matrimonio de Tim. Todos están disgustados, incluso Alexander.
—Pero era cierto, Frances —respondió Jenny—.
A Justin siempre le ha «gustado» Abigail, como ha dicho Julia; y le ha gustado desde que tenía…
, Dios mío, unos dieciséis años. Tengo la impresión de que ha sentido esta pérdida casi tanto como la de su primer barco, pero, para ser justos, no creo que Abigail fuera consciente de su apego.
Ella no es poco amable o insensible por naturaleza, ¿verdad?
Frances negó con la cabeza.
—No, desde luego que no. Abigail me gusta mucho.
Creo que, con los años, será una buena esposa para Tim, y los niños superarán esto y la aceptarán después de un tiempo.
Ya la querían bastante en el pasado, como yo misma.
En cuanto a Lucy, tengo que confesar que tenía mis reservas, pero, pobrecilla, nunca le habría deseado su terrible destino; ni siquiera a mi peor enemigo.
—¿Cómo está ahora? —Preguntó Jenny.
—Más o menos igual, entiendo… Muy conmocionada todavía.
Solo la he visto una vez desde que volvió aquí y su cambio me dejó horrorizada.
—Frances se estremeció sin querer—. Está con Abigail y Tim en casa de Abigail.
Por eso los niños y el pequeño Dickon están aquí conmigo.
Pensamos que así era mejor, dadas las circunstancias.
Lucy no quiere hablar con nadie. El señor Marsden lo intentó, y también el señor Ellis Bent y su esposa, pero Lucy se negó.
¡Y no la culpo! Con toda franqueza, no sé quién se ha vuelto más insufrible, si el capellán o el juez.
Ahora, los dos se oponen con amargura al gobernador y están del todo decididos a deshacer los avances en la integración de los emancipados de buena reputación.
—Ojalá que fracasen. Sería una pena que tuvieran éxito —observó Jenny,
—No creo que triunfen —dijo Frances muy segura—.
El gobernador Macquarie no se desvía de su propósito una vez que ha tomado una decisión, y su política con los emancipados cuenta con un amplio apoyo…
, incluido el mío, como era de esperar. Y es curioso, pero también tiene el del señor George Johnston.
—¿Te refieres al coronel Johnston?
—Al mismo. Causó estupor entre los elitistas cuando se casó con Esther Abrahams, poco después de su regreso a la colonia.
¡Y el señor Marsden no tiene cara con que criticarlo, después de lo que ha opinado en público sobre los males del concubinato!
Además, Esther es una mujer muy guapa y juntos tienen una familia numerosa, como supongo que sabrás.
Frances siguió hablando, contando noticias y cotilleos; sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por distraer a su amiga, Jenny no mostraba más que un educado interés.
No había duda de que tenía otras cosas en la cabeza, pensó Frances: la próxima expedición de Justin a las montañas Azules con el topógrafo Evans, tal vez, o…
Estudió con cierta ansiedad el rostro pálido y delgado de la mujer en busca de alguna pista sobre sus sentimientos, pero no encontró nada.
—Se rumorea —anunció Frances, sonriente— que la señora Macquarie está de nuevo embarazada y que esta vez hay una esperanza real de que pueda llevar el bebé a término. Me parece que será en marzo. Pobre señora, ha sufrido tantas decepciones desde que llegó… ¡Espero que el rumor sea cierto!
La cara de Jenny se iluminó.
—¡Por Dios, que así sea! —exclamó con cálida sinceridad—. Y ojalá que sea un varón.
Era el primer signo real de animación que mostraba. Frances, complacida, se esforzó por aprovechar la ventaja.
—El doctor Redfern ha estado tratando tanto al gobernador como a su esposa y con ello se ha dado otro impulso a la causa de los emancipados —dijo—.
Tiene un gran ascendiente entre Sus Señorías y con frecuencia lo invitan a acompañarlos cuando salen de gira.
Y ha hecho maravillas por el pequeño Dickon.
Por eso te sugerí que lo consultaras, Jenny.
Es un buen médico, el mejor que hay en la colonia. Todo el mundo lo dice.
La animación había desaparecido del rostro de Jenny.
—Siempre he confiado en el doctor Arndell como amigo y médico.
Ha envejecido mucho, por supuesto, y ahora ya no ejerce, aunque hace excepciones con sus viejos amigos.
Él me aseguró que no me estaba pasando nada, aparte del exceso de trabajo y…
, bueno, supongo que la edad. —Sonrió apenas y evitó la mirada de Frances.
— Ahora no trabajo en exceso, ya no lo necesito.
Willie se ocupa de las ovejas, Andrew ayuda en su tiempo libre y, lo mejor de todo, Tom y Nancy Jardine decidieron dejar Long Wrekin y unirse de nuevo a nosotros.
Lo único que hago es criar algunos caballos y eso no sobrecarga mis fuerzas.
Cerró la boca. Con toda intención, mantenía la mirada en otro lado. Frances intervino de inmediato:
—¿Qué me estás diciendo, Jenny querida? ¿Que el doctor Arndell se equivocó y que sí estás enferma?
—El doctor Redfern parece pensar que sí —admitió Jenny, aunque arrastrando las palabras—.
Él… Frances, si te cuento lo que me ha dicho, ¿me prometes que no saldrá de aquí?
No quiero que Andrew lo sepa, ni Justin, y mucho menos Rachel y Willie.
Se preocuparían, y… el doctor Redfern solo me ha visto una vez.
Podría estar equivocado, y no Tom Arndell, que me conoce de casi toda la vida.