Capítulo 10 #5
Se desató el pandemónium. Como Justin esperaba, el resto del grupo de asaltantes abandonó el escondite que les ofrecía la orilla.
Una barca de remos propulsada con fuerza apareció a mitad de la corriente.
Los hombres que iban en ella intercambiaron disparos.
Alternaban entre la tripulación del Flinders , Dawson y el propio Justin.
Dawson, en cambio, seguía concentrando su fuego en el árbol arrastrado por la corriente.
Cargaba y recargaba tan rápido como podía, pero el cañón de su mosquete ya estaba muy caliente y el colono aún no tenía la satisfacción de ver a los dos pasajeros del árbol deslizarse hacia el agua.
Pronto, uno consiguió nadar hasta sus compañeros en el bote.
El otro ya había desaparecido antes de que el tronco se encontrara con el costado del Flinders en un choque inofensivo.
Enseguida, el árbol siguió flotando, ya despojado de amenazas.
La lancha de remos no consiguió acercarse a menos de treinta yardas de su objetivo.
Atrapados entre el fuego del Flinders por un lado, y el de Dawson y el de Justin desde la elevación de la orilla, los asaltantes huían en busca de seguridad.
Remaban desesperados, gritándose unos a otros y maldiciéndose, hasta que encontraron refugio en la oscuridad, bajo una saliente de la orilla.
Minutos después, Justin los oyó chapotear hasta salir a tierra.
Cuando él y Dawson llegaron al lugar donde habían desembarcado, solo encontraron la barca abandonada.
Un hombre corpulento y de barba negra tosía agonizante, tendido en la proa.
También vieron el cadáver de otro, atrapado entre las raíces de los mangles.
El barbudo consumió su último aliento en maldecirlos y murió con una blasfemia en los labios manchados de sangre. Después, cualquier remordimiento que Justin hubiera sentido por esa muerte se desvaneció cuando, al fin, estuvieron en la granja y Lucy Cahill relató su historia entre sollozos.
Quebrándose de compasión, la cogió en brazos y la alejó del cascarón humeante de lo que una vez había sido su hogar.
Cookie llevó el Flinders al muelle y Justin pudo entonces ceder su lastimosa carga a Abigail.
Volvió para ayudar a Tim Dawson y Seamus con Jethro, que, inconsciente, era la carga más pesada.
Al final, envolvieron el cuerpo de Luke Cahill en una lona y lo depositaron en la bodega de proa.
—Los desembarcaremos a todos en Windsor —decidió Tim Dawson.
Contenía la ira, pero era evidente en el frío acerado de sus ojos—.
El doctor Arndell hará lo que pueda por esta pobre chica.
Si bien Jethro es fuerte y lo superará, dudo que Lucy lo consiga.
—Soltó un largo suspiro.— Le daremos a Luke un entierro cristiano; Henry Fulton se encargará de ello.
Y luego… —Puso una mano en el hombro de Justin.
— Tengo la intención de reunir voluntarios para que me ayuden a llevar a esos asquerosos cerdos ante la justicia. Supongo que vendrás conmigo.
Justin dudó, pero solo un momento. Pensó en la mirada de Abigail cuando vio por primera vez a su hermana y dijo en voz baja:
—Sí, señor Dawson, iré. Y los encontraremos, tarde o temprano, se lo prometo.
* * *
De hecho, pasaron casi tres semanas antes de que el último miembro de la banda de bushrangers de Ben Croaker cayera en unas colinas al norte del río.
Aunque Tim Dawson había iniciado el grupo de búsqueda, esa vez no se había unido, puesto que estaba sufriendo un grave ataque de gota.
fue Justin quien dirigió a los dos agentes y a la media docena de voluntarios en su ardua misión.
Regresó al asentamiento de Windsor sin afeitar, cansado y con dolores de tanto haber montado, pero con sus prisioneros intactos.
Se encontró entonces con algunas noticias dignas de sobresalto.
Consternado, vio que su Flinders flotaba anclado frente al muelle de desembarco con la cubierta y la parte alta de la arboladura retorcidas y ennegrecidas.
La jarcia muerta colgaba en ruinas y la pintura, de la que él se había sentido tan orgulloso, estaba descascarillada y ampollada.
Vio a un Cookie dedicado con denuedo a reparar, al menos, parte de los daños. El viejo marinero le contó con tristeza que Eli Williams le había prendido fuego al balandro en un arrebato de locura por la embriaguez.
—Se volvió loco —explicó el hombrecito—, y era un tipo tan tranquilo que nunca me esperé algo así.
Solo Dios sabe lo que le pasó. Cuando volví, vi que el barco se estaba quemando e hice todo lo posible por salvarlo, con la ayuda de la gente de tierra, pero ya lo ve, señor Justin, el estado en que está.
Creo que podríamos llegar a Sídney navegando solo si nos lo tomamos con calma.
Eso era posible, decidió Justin, después de hacer una inspección exhaustiva: los mástiles tenían daños superficiales y Cookie había conseguido suficiente cordaje para reparar la jarcia muerta.
—¿Qué han hecho con Williams? —preguntó cabizbajo.
—Lo han puesto en la cárcel —le respondió Cookie—, en la misma celda que ese joven irlandés que salvó a la señora Cahill.
Justin asintió abstraído.
—¿Y la señora Cahill?, ¿cómo está?
—Va de vuelta a Sídney. El señor y la señora Dawson se la llevaron. Ellos…
—¿La señora Dawson? —interrumpió Justin, atrapado por una súbita tensión.
—Ah, sí —dijo Cookie con total inocencia—.
La señora O’Shea…, que antes era la señorita Abigail.
El reverendo Fulton los casó una semana después de que te fueras.
A la gente de aquí la tomó por sorpresa, me imagino, pero todo salió muy bien.
Ha sido por compasión, supongo, y han puesto a la venta toda Yarramundie.
A Jethro Crowan, el pastor, se lo llevaron en la Fanny del señor Burdock. Los…
Pero Justin no lo estaba escuchando. Se dio la vuelta y sintió que la sangre le subía a las mejillas. Abigail, pensó con tristeza, su encantadora y adorada Abigail era ahora la esposa de Tim Dawson. Su segunda esposa y la nueva madrastra de sus hijos, que eran casi tan mayores como ella.
Justin sintió un nudo en la garganta. Esa sensación de pérdida superaba incluso el dolor por su barco, pero…
¡al demonio! No debía dejar que Cookie sospechara cuáles habían sido sus sentimientos por Abigail.
Ella nunca le había dado ánimos y él nunca tuvo ninguna justificación real para tantas esperanzas como había abrigado. Y, sin embargo…
Extendió la mano a ciegas y cogió la azuela con la que Cookie había estado trabajando.
Luego, habiendo forzado sus rígidos labios a torcerse en lo que, según esperaba, podía pasar por una sonrisa, caminó hacia la popa.
Cogió la azuela como si fuera un arma y empezó a desbastar las maderas ennegrecidas de la cubierta.