Capítulo 10 #4
—Eso me temo —admitió Dawson. Se detuvo entre los árboles, al borde de un claro, desde donde podían ver la mayoría de los edificios.
Su gesto en dirección a la granja cogida por un fuego feroz supuraba desesperación—.
Ya está casi calcinada, ¡mira! Y estos hombres no son como los fugitivos comunes.
Son asesinos. Roban, matan y viven como forajidos en el monte durante meses; a veces, durante años.
Los colgamos en cuanto los cogemos o los cazamos a tiros, como animales salvajes, pues en eso se convierten.
—Mientras empezaba a cruzar el claro, añadió en tono lúgubre.
— No tienen piedad con los pobres a quienes roban.
—¿Ni siquiera con las mujeres? —preguntó Justin. Con el estómago revuelto, pensaba en Lucy.
—¡Menos aún con las mujeres, que Dios las ayude!
El significado de eso era claro. No había necesidad de explicar nada más con palabras. Los dedos de Justin se tensaron en la culata del mosquete.
—Abigail quedará destrozada si se entera de que Lucy ha sufrido semejante destino a manos de estos tipos —dijo con voz ronca—. En…
Tim Dawson lo interrumpió.
—No tienes por qué preocuparte por los sentimientos de Abigail O’Shea, Justin. Deja que yo me ocupe de ella, ¿entendido? Y, si descubrimos que a su desafortunada hermana le ha ocurrido lo peor, que no se entere de los detalles. Nadie le dirá la verdad bajo ningún concepto.
Hablaba con la voz entrecortada por la emoción.
Justin lo miró sorprendido, extrañado por su vehemencia.
Sin embargo, antes de que pudiera contestarle, una figura harapienta se ocultó detrás de la oscura masa de la granja, cuando ya tenían las dependencias delante.
Dawson, sin vacilar, se apoyó el mosquete en el hombro, apuntó en un instante y disparó.
La distancia era larga, y su movimiento para apuntar había sido un poco apresurado.
La bala dio en el suelo, inofensiva, a pocas yardas de su objetivo.
La figura se detuvo y levantó ambos brazos en señal de rendición. Una voz joven, llena de miedo, les rogó que no dispararan.
—¡Ven aquí con las manos en alto! —le ordenó Dawson—. Mantenlo en la mira, Justin, mientras recargo.
El sonido del disparo habría alertado a cualquier asaltante que aún pudiera estar en los alrededores, pensó Justin con pesar, pero…
Con el mosquete preparado, observó cómo la figura harapienta se acercaba y se revelaba como un joven delgado y rubio, cuya mirada de espanto iba de un lado a otro.
Parecía estar a la espera de un segundo intento de matarlo.
Al ver que no pasaba nada, se detuvo agradecido delante de Tim Dawson.
—Soy Seamus O’Hare, señor —dijo con un fuerte acento irlandés—. Y la señora, la señora Cahill, me envió a buscarlo. He salido después de ayudarla a escapar, señor, y…
—¡Está viva! —Dawson exclamó.
—Lo está, señor, gracias a Dios. Como le he dicho, la he ayudado a esconderse y…
—¿Dónde está? —espetó Dawson.
El muchacho señaló en la dirección por la que había llegado.
—En el almacén de alimentos, con uno de los granjeros. Jethro, lo llamó. Está malherido, pero ella me ha enviado para ponerlo a usted bajo advertencia, señor. Ellos… es decir, los otros, Ben Croaker y los otros, están planeando apoderarse de su velero. Los he visto cuando venía de la despensa.
—¿Y cómo planean apoderarse de mi barco? —Preguntó Justin.
El chico extendió las manos con impotencia.
—No lo sé, señor, juro por Dios que no lo sé, pero la señora Cahill me ha dicho que hay un bote de remos amarrado debajo del muelle. La última vez que los vi, se dirigían allí.
La vieja lancha podrida de Jethro, recordó Justin.
Solían guardarla debajo del muelle, cubierta con algunos restos de lona.
O así la habían tenido en tiempos de los Boskena, pero era posible que, en los años transcurridos, los Cahill la hubieran sustituido por una embarcación más útil.
Y, si eso habían hecho… Se volvió imperioso hacia Tim Dawson.
—Será mejor que vayamos tras ellos, señor Dawson. Si encontraran la lancha…
Ni siquiera tuvo que completar la frase, pues sabía que Dawson lo entendería.
Menos optimista en cuanto a la capacidad de Cookie y Eli para defenderse a sí mismos y al barco contra un asalto decidido de un número abrumador, y con Abigail a bordo…
En un movimiento brusco, puso sus grandes manos en los hombros de Seamus.
—¿Cuántos son, O’Hare?
—Nueve, señor, sin contarme a mí.
—¿Ibas con ellos? —Dawson lo estaba acusando y su voz había adquirido un filo cortante.— ¡Joven bribón!, Al ver que no huías, ¡pensaba que eras uno de los jornaleros de los Cahill!
El chico quería dar explicaciones, pero Justin lo interrumpió.
—Ahora no tiene importancia, muchacho. Vuelve con la señora Cahill y dile que nos has visto y que estamos advertidos. Asegúrate de que se mantenga escondida. Vendremos a por ella en cuanto podamos, ¿de acuerdo?
—Claro, señor —respondió Seamus—, pero… —Arrastró un poco los pies y miró a Justin con incertidumbre—. Puedo ir con ustedes, si quieren. Están armados. Tienen dos mosquetes.
Y cualquier otra cosa que pudieran haberles robado a los Cahill, pensó Justin. Mandó al muchacho a su recado, consciente de lo que debía de haberle costado desafiar a sus antiguos compañeros para acudir en ayuda de Lucy Cahill.
—Lo has hecho muy bien, Seamus. Ahora, vete y cuida de la señora Cahill y del pastor. No os dejéis ver hasta que volvamos.
—Eso haré, señor —prometió Seamus y, con una rápida sonrisa de gratitud, echó a andar muy obediente.
Tim Dawson dijo con cierta acritud:
—No estoy seguro de que sea de fiar, pero ya que pareces haber tomado el mando, Justin, ¿qué propones que hagamos?
Justin se encogió de hombros.
—Intentemos averiguar qué están haciendo, señor Dawson, y entonces decidiremos qué hacer. El chico ha dicho que se dirigían al muelle, así que sugiero que volvamos al río.
Aprovechando cualquier cosa que les diera cobertura, llegaron a la orilla del río sin haberse topado con ninguno de los asaltantes.
El Flinders, para alivio de Justin, seguía flotando donde lo habían dejado, en medio del lecho.
Se movía dócil a favor de la corriente. Antes de abandonarlo, habían apagado todas las luces.
Por lo que Justin podía distinguir en la oscuridad, los asaltantes aún no habían intentado abordarlo.
Y Cookie, con toda seguridad, estaría vigilando desde la cubierta.
Mientras estudiaba con ojos entrecerrados la oscura y silenciosa embarcación, recordó aquella vez en que David Fortescue y él recuperaron el Dolphin, anclado frente a la isla Gull, en la bahía norte de Hobart, después de que Tobias Cockrell hubiera huido con él.
El joven alférez de marina, Enoch Finch, había hecho una broma mordaz sobre su aproximación: «remos amortiguados y por la popa».
Justin se puso rígido, con todos los sentidos alerta.
Acababa de oír un leve chapoteo y, un momento después, otro.
Esos eran, tal vez, remos amortiguados o nadadores entrando en el agua con cautela.
Aguzó el oído en un vano intento de identificar los ruidos.
Cabe la alta ribera arbolada, el agua estaba en la oscuridad profunda de las sombras.
A cincuenta yardas, a su derecha, el embarcadero permanecía entre tinieblas; desierto en apariencia, aunque también un tanto oculto por un grupo de árboles.
No se veía más que la silueta negra del Flinders, recortada contra la luz que reflejaba apenas la luna creciente; una luna que emergía solo por momentos de una masa de nubes en descenso, pero esa luz era su protección.
Un barco, incluso uno que se acercara desde la orilla en sombras y se dejara llevar río abajo, sería descubierto en cuanto emergiera a las aguas iluminadas por la luna en mitad de la corriente.
Y, de pronto, vio lo que había causado las salpicaduras.
Todo su cuerpo se puso rígido. No era ni un barco ni un nadador lo que estaba entrando en su campo visual, sino un árbol de desmonta lanzado al río.
Se trataba de un eucalipto nudoso, arrancado de raíz, de ramas delgadas y con una corona de hojas plateadas.
Flotaba lento por la corriente y se dirigía hacia la popa del Flinders.
Estirada a lo largo del tronco medio sumergido, había una forma oscura, y, hacia el cielo, algo que, a primera vista, parecía una rama muy recta, pero que bien podía ser el cañón de un mosquete.
Y había una segunda rama que sobresalía de entre las raíces retorcidas.
Justin inhaló con brusquedad y clavó un codo en el costado de Tim Dawson.
—El árbol —susurró—. Hay dos hombres en él, y me imagino que los otros están en un bote, tendidos bajo la borda, esperando para reunirse con ellos.
No necesitaba ninguna respuesta de Dawson.
Apuntó con cuidado y rompió el silencio con el estampido de su mosquete.
La bala dio en el tronco y no pareció haber dañado a ninguno de los hombres que iban aferrados a él.
De inmediato, Dawson siguió el ejemplo y abrió fuego.
Luego, desde la cubierta del Flinders, Cookie soltó un tercer disparo. Él también apuntaba al mismo blanco.