Capítulo 10 #3
Lucy exhaló un largo y estremecedor suspiro.
¿Por qué no terminar ahora?, se preguntó, aunque solo fuera para evitar más tormento, más humillación.
Si intentara escapar, tendrían que matarla, pero sus ideas llegaban demasiado tarde.
Riendo, con el buen humor recuperado por las palabras de Ben, los hombres empujaron a un muchacho desgarbado de unos dieciséis años por la escalera y lo llevaron hasta la cama.
Ella apartó la cabeza, asqueada, mientras un coro de voces malsonantes ofrecía consejos al muchacho.
Se suponía que los consejos estaban destinados a combatir su inexperiencia.
Nada reacio, el joven se esforzó por poner en práctica las sucias sugerencias que le hacían y a Lucy le provocó feas heridas en el proceso.
Esa había sido la humillación final, algo insoportable. Lucy gritó su agonía en voz alta y el alivio llegó, de la manera más inesperada, cuando una voz gritó desde abajo.
—Viene un maldito velero río arriba, Ben. Parece que se dirige a este lugar.
Al instante, todos los hombres se pusieron alerta.
—Cállale la boca —ordenó Ben con dureza, y la delgada mano del joven se aferró a los magullados labios de Lucy—. ¿Qué clase de velero es? —gritó el líder de los asaltantes.
—Dos mástiles. De navegación marítima, supongo —fue la respuesta—. Es una embarcación de aspecto práctico, Ben, y solo he contado cuatro hombres en cubierta.
Ninguno pasó por alto las implicaciones. Empezaron a clamar por acción.
—Cuatro contra diez, ¡será un paseo!
—Un barco de mar, ¡estamos de suerte, sin duda! Podríamos navegar hasta Timor o hasta Sudamérica.
El tal Silas ya se dirigía a la escalera.
—Dios santo, Ben, ¿a qué esperas? Vamos.
—Tenemos que planear cómo apoderarnos del barco —gruñó Ben, y empujó a Silas—. Voy a echarle un vistazo, y será mejor que vengáis conmigo para que estemos listos si la tripulación desembarca.
—¿Qué hacemos con la mujer? —preguntó el muchacho. Ben ya estaba a medio camino de la escalera—. Córtale el cuello, Seamus, o átala. Hemos acabado con ella y quemaremos la casa antes de marcharnos.
Al quedarse a solas con ella, el joven Seamus recuperó el aliento con un sollozo de indignación.
Lucy, a pesar de lo aterrorizada que estaba, se dio cuenta de que él estaba tan asustado y casi tan conmocionado como ella.
Seamus le quitó la mano de la boca y se quedó mirándola con temblorosa incertidumbre.
—Tú no querrás… Ay, Dios, no piensas matarme, ¿verdad? —dijo—. Por favor, Seamus, ¿quieres que mi muerte pese sobre tu conciencia, además de todo lo demás?
Él sacudió la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Santa Madre de Dios, señora, yo no! Ya será bastante duro vivir con lo que le he hecho. Yo nunca… —Tragó saliva.— Nunca en mi vida había estado con una mujer, pero… ay, ha visto cómo son. Y Ben Croaker es un engendro del infierno.
—Entonces, ¿por qué estás con ellos? —Con las últimas fuerzas que le quedaban, Lucy se incorporó, tiró de la sábana manchada y buscó a tientas sus prendas rotas.
El chico irlandés se estremeció.
—No he tenido elección, señora. Cuando mataron al guardia y huyeron, yo estaba en su grupo de trabajo.
Tuve que ir con ellos, pero… —La miró. La esperanza iluminaba sus ojos enrojecidos y asustados.
— ¿No podríamos huir juntos, usted y yo?
¿No podríamos escondernos y, quizá, llegar a ese barco antes que ellos? Habrá hombres armados a bordo, ¿no?
—No lo sé —dijo Lucy con amargura—, pero podríamos escondernos.
—Estaba demasiado conmocionada para razonar, demasiado aturdida incluso para preguntarse qué barco podría estar remontando el río y quién podría estar a bordo, pero su instinto de conservación era fuerte.
Arregló sus ropas rotas lo mejor que pudo y le tendió al chico una mano temblorosa. Él se la recibió entre las dos suyas.
—¿Podrá caminar? —preguntó él con aprensión—. Si nos ven, se nos echarán encima. Quizá tengamos que correr.
—Puedo caminar —le aseguró Lucy. Echó a andar hacia la escalera; al principio, de forma inestable, apoyándose en él.
Su cuerpo magullado y dolorido amenazaba con traicionarla.
Entonces recobró el valor y, con él, la conciencia de que, fueran quienes fueran los desconocidos del velero de dos mástiles, podrían caer en una emboscada asesina, a menos que ella y Seamus consiguieran ponerlos bajo advertencia.
Al llegar a la escalera se detuvo. Trataba de pensar, de idear alguna forma de prevenirlos.
Ese maldito Ben, Ben Croaker, había dicho que quemarían la casa antes de marcharse, pero…
Soltó un largo y agónico suspiro. Si la vieran ardiendo ahora, la advertencia sería suficiente. Si…
—Deprisa, señora —la instó Seamus.
—Espera —le dijo Lucy. Se soltó del brazo del joven, giró y volvió a la habitación, dando tumbos. Recogió la lámpara y derramó parte del líquido sobre la desarreglada ropa de cama. Luego la arrojó, aún encendida, hacia el combustible.
Las llamas envolvieron la cama en un instante.
Antes de que ella y el joven irlandés hubieran llegado al pie de la escalera, el colchón ya estaba ardiendo.
Cuando salieron al patio trasero con pasos muy cautelosos, la parte superior de la casa estaba en llamas, iluminada como un faro contra el oscuro cielo nocturno.
Sería, sin duda, advertencia suficiente para la tripulación del velero, se dijo Lucy.
Entonces tuvo que reprimir un grito de espanto cuando Seamus tropezó con el cuerpo sin vida de un hombre.
Ella vio que se trataba de Luke. Estaba tendido tal como lo habían dejado sus asesinos, a unas cuantas yardas de la puerta trasera.
Poco después encontraron a Jethro junto a su redil, rodeado de ovejas balantes y sus corderos. Le habían dado una buena paliza y apenas estaba consciente, pero, para alivio de Lucy, vivo.
* * *
Justin vislumbró las llamas que se elevaban desde el tejado de la granja mientras él y Tim Dawson bogaban en la barca de remos del Flinders II hasta ocultarse entre los manglares, a la orilla del río.
—Tenías razón —observó muy serio—. ¡Es un asalto! Pero, con la ayuda de Dios, llegaremos a tiempo.
—No cuentes con eso, Justin —le respondió Dawson entre los labios apretados—.
Estos cerdos fugitivos, que ahora se llaman a sí mismos bushrangers, se mueven por los asentamientos aislados y van en bandas de una docena o más.
Incluso los hemos visto merodeando por Upwey.
Están armados, sin duda. Tendremos que andarnos con cuidado si queremos ayudar a los Cahill.
Por las voces que hemos oído al echar el ancla, es una banda grande… Yo diría que son, al menos, una docena.
Justin recordó los alaridos y las voces alzadas y achispadas que les habían llegado a través de las oscuras aguas del río.
No tenía ninguna duda de que su compañero estaba en lo correcto.
A sugerencia de Dawson, había anclado el Flinders en medio de la corriente, en lugar de amarrarlo al embarcadero de Yarramundie, como solía hacer.
Tim Dawson estaba convencido de que no todo iba bien.
Ante Abigail, había restado importancia a sus temores, aunque sin dejar de insistir con firmeza en que ella debía permanecer a bordo del balandro hasta que él estuviera convencido de que era seguro desembarcar.
Ahora ella estaría en la cubierta, pensó Justin, y la visión de aquellas llamas saltarinas la mantendría en agonía.
El fuego, aunque lejano, se vería desde el Flinders con toda claridad.
Por un momento deseó haberse quedado allí para consolarla.
Ella aún lo mantenía a distancia y no parecía consciente de su devoción, pero…
Hizo una mueca para sí mismo. No era momento de lamentaciones y Abigail no corría peligro.
Cookie y el nuevo marinero, Eli Williams, estaban armados y tenían órdenes claras: cualquier intento de abordar el Flinders sería repelido con fuego de mosquete mucho antes de que los asaltantes se pudieran acercar a nado o en una lancha.
—¿Estás listo? —preguntó Tim Dawson. Impaciente, miró entrecerrando los ojos el cielo que empezaba a clarear—. Amanecerá en una hora.
Justin ató un cabo a una raíz de mangle.
Con el mosquete en una mano, se equilibró sobre la borda de proa y, de un ágil salto, fue a dar a la tierra firme de la orilla.
Tim Dawson lo siguió, solo que, menos hábil, aterrizó entre los manglares con un sonoro chapoteo. Maldijo mientras vadeaba la orilla.
Alarmado por el ruido que había hecho su compañero, Justin lo miró con reproche, pero no dijo nada.
Habían desembarcado río abajo con respecto al embarcadero de Yarramundie y dejado un buen tramo entre el río y los edificios de la granja.
Suponiendo que los asaltantes hubieran abandonado la casa antes de prenderle fuego, Justin contaba con acercarse rápido y en silencio, por si quedaba alguno por allí.
—Soy un torpe idiota —se disculpó Dawson. El agua le escurría por las perneras—. Esos cerdos ya se habrán largado con toda la comida y bebida que hayan podido cargar con ellos. Por lo general, lo último que hacen es pegar antorchas a los edificios con la esperanza de cubrir sus huellas.
—Puede que nos hayan visto venir río arriba —argumentó Justin con una sensación de inquietud—. Y si han descubierto…
—Si nos han visto —afirmó el colono—, tienen aún más razones para escabullirse. Nos dirigiremos a la casa, Justin, y recemos para que Lucy y su marido no sigan dentro.
Tim Dawson tomó la delantera con Justin siguiéndolo de cerca. El colono era uno de los magistrados de los asentamientos del Hawkesbury, y, como tal, conocía mejor que él mismo las depredaciones de los llamados bushrangers , aun así… Justin sintió la aprensión en la garganta,
—Supones que están muertos, ¿verdad? —sugirió en un tenso tono bajo—. ¿Crees que llegaremos demasiado tarde para salvarlos?