Los viajeros (Los australianos 8) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

El crimen de Luke, pensó ella, hacía palidecer su propia maldad.

Henrietta habría muerto sin su intervención.

A decir verdad, ella no había hecho otra cosa que acelerar el inevitable final.

Y nadie sabía la verdad, ni siquiera Timothy Dawson.

Estaba a salvo, y que el cielo la ayudara, ¡como si no hubiera pagado el precio!

Dios no podía seguir castigándola. Si pudiera volver a Sídney, si pudiera liberarse de ese lugar y de Luke, llegaría el olvido y volvería a dormir.

Esa era la respuesta a todos sus problemas.

Lo sorprendente era que no la hubiera vislumbrado antes…

—Lucy, eres mi mujer —susurró Luke con la voz entrecortada—. ¡Eres mi mujer y te quiero! Nos amamos, Lucy, sabes que es así. Si vas a dejar Yarramundie, déjame ir contigo.

Estaba de rodillas junto a la cama, angustiado, tembloroso y, por lo que Lucy pudo notar, derrotado. Ella apretó los labios para responder y redondear su victoria, pero no llegó a pronunciar las palabras.

Del patio de abajo llegó un alboroto de voces. Un hombre gritó algo que ella no entendió y, a cierta distancia de la casa, sonó un solo disparo de mosquete seguido de un grito agudo.

Luke se puso alerta en un instante.

—¡Invasores! —gritó—, ¡cerdos fugitivos! —Se puso de pie y apagó la lámpara de inmediato.— Acuéstate y guarda silencio, hagan lo que hagan. Voy a hacerles frente.

Volvía a estar al mando. Era él mismo de nuevo, ya no el trémulo solicitante que acababa de arrodillarse en actitud rogativa ante la mujer con la que se había casado. Era un hombre valiente y sagaz que se preparaba para defender a los suyos.

—Dales lo que quieran —le suplicó Lucy—. Están armados. Lo que hemos oído ha sido un disparo. Dales provisiones; una lancha, tal vez. No… Ay, Luke, no queremos que nadie muera; ¡debemos evitar que haya sangre!

—He dicho que me encargaría de ellos —espetó Luke. Cubrió a Lucy hasta la cabeza—. Y también iré armado, no te preocupes. Ahora, por piedad, cúbrete y no te muevas. No conseguirán nada de nosotros, a menos que sea sobre mi cadáver, ¡te lo prometo!

—Ten cuidado —consiguió pedirle Lucy con voz apagada—. ¡Ten cuidado! —Había sido cruel con él, pensó, cruel hasta lo insufrible, perversa, injusta.— Y… Luke, ¡te quiero!

Pero él ya se había ido. Galopaba escalera abajo hacia la oscuridad. Lucy, encogida bajo la ropa de cama, no estaba segura de si él había oído sus palabras de despedida.

Minutos más tarde, hubo un segundo disparo, mucho más fuerte que el primero y resonó por toda la casa, como si…

Lucy respiró con fuerza. Como si la detonación hubiera ocurrido dentro, en la habitación de abajo.

Luke, pensó, Luke habría abierto fuego contra los intrusos desde la puerta o a través de la ventana.

Agudizó el oído y, entonces, asqueada, oyó el sonido de voces y el golpe de un cuerpo que caía.

Una voz gritó:

—¡Le he dado al hijo de puta!

Esa voz, ella lo sabía, no era la de Luke, ni tampoco eran suyas las pesadas botas que ahora hacían resonar la escalera.

Y eran dos pares de pies, no uno, según le revelaron sus oídos aguzados. Oyó más voces en la habitación de abajo.

Lucy seguía en su sitio, inmóvil, con el corazón palpitándole en el pecho como un animal y la sábana tan apretada sobre la cara que casi la asfixiaba.

—Ay, Dios —rezó en silencio—, querido Dios, ten piedad de mí… ¡ayúdame! Por favor, Dios, ¡no dejes que me encuentren!

Por supuesto, no hubo respuesta a su oración cargada de pánico.

De manera espontánea, otro de los textos favoritos del reverendo Caleb Boskenna resonó en su cabeza y desenterró sus recuerdos infantiles.

Sonó con la misma claridad y rotundidad con que él lo habría escupido, atronador, desde el púlpito: «¡Dios no se burla!

“Pero no se le pasó el enojo, ¡pues siguió con su mano levantada!”».

La mano vengativa, tendida para infligirle un nuevo castigo… Lucy se mordió el labio inferior con frenesí, pero no pudo contener el grito de desesperación que se agolpaba en su garganta cuando el primero de los intrusos terminó de subir la escalera y entró en su alcoba.

La oyó y emitió un gruñido de satisfacción.

—Me parece que aquí tenemos una mujer, Silas. ¡Estamos de suerte, chico!

Unas manos ásperas apartaron la sábana y un aliento caliente y cargado de licor ofendió la mejilla de Lucy, humedecida por las lágrimas. La voz ronca del hombre exclamó:

—¡Aquí está, por Dios! Enciende la lámpara, Silas. Veamos qué tenemos aquí.

Hubo un breve lapso y luego, cuando la lámpara de aceite volvió a encenderse, Lucy vio el rostro oscuro y barbudo que la miraba.

Intentó apartarse, pero las manos la sujetaban como una prensa.

El par de brillantes ojos oscuros se clavaron en los suyos y aumentaron su terror.

El segundo hombre, más joven pero también muy barbudo, se acercó tambaleándose, borracho.

Llegó al lado de la cama con la lámpara en alto.

A la luz parpadeante, Lucy vio que las muñecas de ambos mostraban las cicatrices de los grilletes de presidiario.

El más joven vestía las ropas anchas e informes que hacía poco habían empezado a recibir los delincuentes recién llegados.

Contempló a la asustada muchacha con una mirada lasciva.

—¡Dios todopoderoso! —respiró excitado—. ¡Es joven, y una belleza! No había visto una mujer desde que aquellas cerdas langostas me encerraron en Newgate. Déjame ser el primero, Ben, ¿quieres? Me mataría tener que esperar.

—Muérete, entonces, y vete al infierno —replicó ofensivo el tal Ben, cuyos dedos ya estaban desgarrando los botones del vestido de Lucy—.

Acordamos compartirlo todo y compartirlo por igual, ¿no es así?

¿Comida, licor, mujeres, todo lo que cogiéramos?

Yo he encontrado a esta moza. Podrás quedártela cuando yo termine.

¡Oye! —dijo cuando Lucy empezó a forcejear—.

¡Sujétala, Silas! Deja esa maldita lámpara y sujétala, ¿me oyes?

Lucy gritó. Luchaba como una salvaje por liberarse. En medio del terror, gritó el de nombre Luke. Entonces, el gran convicto barbudo le dio un brutal golpe en la boca con el dorso de la mano.

—Es inútil llamar a Luke o a cualquier otro —le dijo—. Aquí solo estamos nosotros, mi buena señora. Los otros están muertos o han huido. Así que haga lo que queremos y no sufrirá ningún daño. Nos iremos al amanecer.

El grito murió en la garganta paralizada de Lucy. El segundo hombre la sujetó por los hombros para obligarla a permanecer acostada. Ella, consciente de que sus fuerzas menguaban, dejó de forcejear.

—Oh, por favor —consiguió jadear desesperada—. Por favor, se lo ruego… ¡suélteme!

No le hicieron caso. Respirando con dificultad, el tal Ben de cejas negras le arrancó lo que quedaba de la ropa y se echó en la cama junto a ella.

Lucy no se movió y él le gruñó con impaciencia:

—¡Mal rayo te parta, vamos! Ya sabes lo que pasa aquí. Eres casada, ¿no? Pues haz lo que yo te diga, mujer, y deja de hacerte la inocente.

Estuvo casada, pensó Lucy con el corazón a punto de partírsele.

Estuvo estado casada con Luke, pero esos hombres malvados y despiadados lo habían matado…

Y también a Jethro, supuso, si lo habían encontrado.

Y los criados habían huido. No quedaba nadie para ayudarla.

Hizo un vano intento de liberarse. Ben la maldijo y la cogió de las muñecas.

El dolor era tan grande que tuvo que quedarse quieta.

El pesado cuerpo empapado en sudor la cubrió.

El tipo la tomó como un salvaje, sin la menor compasión, sordo a los sollozos.

Cuando hubo terminado, se apartó, gruñendo.

Antes de que Lucy pudiera recobrar la cordura, el otro hombre, el tal Silas, ocupó su lugar.

Ella gritó y forcejeó de nuevo. Entonces él la golpeó una y otra vez hasta que, por fin, la bendita inconsciencia acalló el amargo llanto de la chica.

* * *

Cuando volvió en sí, quién sabe cuánto tiempo después, fue como despertar de un sueño placentero a una horrible pesadilla.

—Esa mujer sigue ahí —aturdida, oyó que decía una voz— y la noche aún es joven, muchachos.

Tomaos vuestro tiempo, ¡Dios! Hay comida y licor en abundancia para llenar vuestras barrigas y saciar vuestra sed.

Que ninguno de vosotros, bribones, diga que no hemos caído de pie al venir aquí, porque eso ha sido, y mucho, pero no olvidéis que estamos huyendo, con todo el mundo en contra nuestra.

Al amanecer tendremos que ponernos en marcha otra vez con todas las provisiones que podamos llevar.

—¿Y la mujer? —preguntó uno de los hombres—. ¿Podremos llevarla con nosotros, Ben?

—Adonde vamos, un saco de patatas será más útil —gruñó Ben.

Lucy tembló ante esa amenaza y el último vestigio de sus esperanzas se desvaneció.

Tenían la intención de matarla, intuyó, pues se trataba de hombres desesperados; fugitivos, según había dejado escapar uno de ellos, del terrible asentamiento del río Coal, al que solo se enviaba a los malhechores más recalcitrantes y endurecidos.

Y ya tenían el asesinato en su conciencia.

Habían matado al pobre Luke y no dudarían en servirse de ella de la misma manera, una vez que dejara de serles útil.