Capítulo 10
Sin molestarse más que en quitarse los zapatos y desabrocharse el cuello del vestido, Lucy Cahill se arrojó sobre la desordenada y hundida cama de matrimonio que alguna vez adornara la mansión solariega de su padre en Inglaterra. Hundió la cara en las almohadas y se dispuso a dormir.
Pero el sueño no llegaba. Dios, se dijo con aflicción, Dios la estaba castigando por el terrible mal que le había hecho a Henrietta Dawson.
Y continuaría castigándola, exigiéndole una retribución por su engaño.
Inhaló entre sollozos mientras recordaba un texto que el reverendo Caleb Boskenna había usado años atrás en uno de sus sermones: «No hay paz para los malvados, dijo Jehová».
Y Lucy pensó que no había encontrado paz en Yarramundie, sino soledad y aislamiento, tedio y un matrimonio que hacía tiempo que había empezado a agriarse.
No porque Luke fuera un mal amante. De hecho, parte del problema era que el joven ejercía una fuerte atracción animal sobre ella, y la cultivaba al máximo, aunque sin sensibilidad ni delicadeza al hacer el amor.
Sin faltar, esfumada la pasión, la dejaba enfadada y humillada hasta un grado fastidioso.
Luke no era un buen conversador, no tenía modales y su tosquedad innata, durante la mayor parte del tiempo que pasaban juntos, a ella le parecía insoportable.
El recuerdo nostálgico de la vida que había conocido en Sídney no hacía sino aumentar su desdicha.
Había habido fiestas, desfiles militares, recepciones y cenas; también, un grupo de jóvenes oficiales guapos e ingeniosos que buscaban con ansias sus favores y competían entre sí por su compañía.
Había podido hablar y reír con ellos, disfrutar de su devoción e interesarse por temas distintos de las preocupaciones mundanas que ocupaban toda la atención de Luke.
Él hablaba de pocas cosas que no fueran lo que hacía en la granja, el número de acres arados y sembrados, de tantas ovejas con corderos, de tantas miserables criaturas aquejadas de gripe hepática o de pietín y de los precios que podían esperar por la ternera y el cordero en canal.
Luke estaba sumergido de lleno en el trabajo de la granja. Él y Jethro se habían vuelto como hermanos y se dedicaban el uno al otro más tiempo y, desde luego, más consideración, de lo que ninguno de los dos parecía poder dedicarle a ella; incluso por las tardes, cuando el trabajo había concluido.
Lucy se incorporó y se enjugó mal los ojos con una esquina de la sábana arrugada.
Doblegada por el peso de la culpa tras la muerte de Henrietta, había considerado el aislamiento de Yarramundie como un santuario, y el matrimonio con Luke, como un medio para hacer soportable su exilio forzoso…
, y, tal vez, incluso para convertirlo en un suceso feliz.
Que las cosas no estuvieran saliendo así no era culpa suya.
Su hermana mayor no había aprobado el matrimonio, por supuesto, pero Abigail no aprobaba casi nada de lo que Lucy hacía o pensaba hacer desde hacía mucho tiempo.
Bueno, al menos, no le había negado su consentimiento, pero…
La pequeña y petulante boca de Lucy se tensó con obstinación, pero no le daría a Abigail la satisfacción de poder decir «te lo dije».
Y había tomado la decisión de no admitir ningún error con respecto a su matrimonio por el simple expediente de no escribirle a ella ni a nadie más en Sídney.
Tenía que admitir, no obstante, que esa restricción era ajena a su naturaleza y que estaba cada vez más cerca del momento en que se vería obligada a romperla.
Por su propia cordura, pondría fin a su breve desafío y le diría a Abigail que ya había sufrido bastante y que no podía permanecer allí por más tiempo.
Luke, supuso con indiferencia, se quedaría en Yarramundie.
No le costaría mucho persuadirlo. Ella, con la nueva libertad que le confería su condición de casada, podría volver a la vida y a los círculos sociales que tanto echaba de menos.
No tendría otra preocupación que los remordimientos de conciencia y el temor a un castigo divino ininterrumpido.
No le cabía duda de que ambas cosas seguirían atormentándola; su educación, bajo la tutela de los Boskena, le había dejado un miedo malsano al pecado y a las consecuencias del mal, pero, al menos, en Sídney podía contar con distracciones y, tal vez, olvido.
Estaba claro que Tim Dawson no albergaba sospechas en lo que a ella se refería y aceptaba la muerte de su esposa como el accidente que parecía haber sido.
A principios de año, cuando visitó Yarramundie, no le hizo a Lucy reproches ni acusaciones.
Lucy volvió a tumbarse y cerró los ojos.
El murmullo de las voces en la cocina de abajo acababan de cesar, lo que significaba que Jethro por fin se había ido.
Cuando Luke hubiera terminado de hacer sus interminables cuentas, subiría por la estrecha escalera de madera hasta su dormitorio en el ático.
Igual que siempre, llegaría con intenciones de usarla a su arbitrio.
Era tarde, así que no habría el menor intento de tiernos preliminares, ningún esfuerzo por despertar el deseo, solo un acoplamiento animal.
Él quedaría satisfecho y ella, enferma de deseo.
Él se sumergiría en un sueño que la eludiría por completo.
Luke quería un hijo. Hablaba a menudo de la familia que esperaba sostener, pero ella…
¡Ay, Dios del cielo! Si había deseado algo de ese matrimonio era ternura y afecto por parte de su marido, y también que él comprendiera algo de sus sentimientos.
Ella …
Luke ya estaba en lo alto de la escalera.
Se estaba quitando la camisa y desabrochándose los sucios calzones sin preocuparse siquiera por revelar sus planes.
Llevaba dos días sin afeitarse. Su espeso cabello oscuro estaba revuelto y despeinado.
Las uñas que extendió para retirar la sábana estaban negras por la suciedad del trabajo diario.
Lucy notó el tufo a alcohol en el aliento de Luke. Se incorporó y se apartó. Recordó que él y Jethro habían estado bebiendo. Luego, al oírlo toser, se estremeció; cualquier asomo de deseo había quedado sofocado bajo el estado de embriaguez de su esposo.
—¡Largo! —le dijo con despecho—. ¡Duerme en el pajar o en el cobertizo, que es donde deberías estar!
—Soy tu marido —le reprochó Luke— y mi lugar es tu cama, preciosa.
—Se dio cuenta de que ella no se había desnudado.
Dejó caer sus calzones mofándose y, ya desnudo, se puso sobre ella a horcajadas.
Reía entre dientes mientras le levantaba la falda y usaba esta para sujetarle los brazos a la espalda, contra las almohadas desarregladas.
— ¿Tengo que hacértelo a la fuerza? ¿Es eso lo que quieres?
—¡Apestas a estiércol! —lo acusó Lucy.
—Esto es lo que hago, trabajar entre el estiércol, con cerdos y ovejas. Soy un granjero, maldita sea, y trabajo tu tierra. No fui criado para esto y nunca quise hacer nada por el estilo, pero ¿qué otra opción me queda?
Los reproches continuaron, con él adoptando un tono agraviado y quejumbroso. Lucy perdió la paciencia.
—Te dejo, Luke —le espetó altanera—. ¡Puedes quedarte aquí con tus cerdos, tus ovejas y tu asqueroso estiércol! No quiero saber nada más de ti, ¿me oyes? Me voy a Sídney. Le escribiré a Abigail. Ella tiene una casa allí. Me alojaré con ella hasta que pueda encontrar un lugar propio .
—Te casaste conmigo —señaló él indignado—. Eres mi mujer y tengo derecho a ir contigo.
—No tienes ningún derecho —replicó Lucy con frialdad—. Tienes permiso de deambular, pero eres un convicto, Luke, ¿lo habías olvidado? Aún te quedan cinco años de condena.
Ese fue su último argumento, uno que nunca había utilizado por consideración a los sentimientos de su esposo.
Esa vez se lo espetó sin remordimiento alguno y vio cómo la arrogancia abandonaba a Luke y, con ella, el color rubicundo de sus mejillas.
Sentía que la influencia de su esposo sobre ella solo había sido física, que él había sido demasiado descuidado y egoísta para conservarla.
En Sídney encontraría a muchos otros hombres dispuestos a ocupar su lugar, deseosos de hacerlo: oficiales y caballeros de cuyo cortejo disfrutaría.
Luke empezó a fanfarronear. Sin embargo, Lucy, con gélida dignidad, liberó sus brazos, se incorporó y se acomodó la falda. Le hizo un gesto para que se bajara de la cama.
—Podías haber solicitado mi indulto —le dijo él, herido.
Ella desdeñó la queja y se quedó observando sin ningún asomo de compasión cómo Luke obedecía a su señal y se deslizaba torpe hasta el suelo. Lo vio ponerse de nuevo los calzones que con tanta confianza se había quitado unos minutos antes.
Allí de pie, ese hombre de caderas delgadas y pecho ancho, de cara y cuerpo muy bronceados, aún conservaba algún resto de la atracción que alguna vez había provocado en ella, pero…
Lucy percibió su olor a sudor, retrocedió y se envolvió en la sábana con un súbito gesto de desagrado.
Luke solía lavarse y afeitarse antes de ir a la cama, se recordó a sí misma, y su resolución se endureció.
—Te quiero, Lucy —dijo él, ya con otro tono y con los ojos oscuros suplicantes—. Si he hecho algo que te ofenda, solo tienes que decírmelo y enmendaré mi conducta. Es cierto que acabo de beber con Jethro, pero trabajo con ahínco… Los dos, Jethro y yo. Y trabajamos para ti, Lucy.
—Eres un delincuente convicto, un vulgar falsificador que robó a su patrón —le dijo Lucy con consciente crueldad—. Te enviaron aquí para trabajar, para expiar tu crimen, Luke. Nunca lo olvides.