Capítulo 9 #4
Justin se quedó esperando, pero Jessica no se detuvo ni miró atrás.
Giró entonces y, por instinto, miró el sol para calcular cuánto tiempo le quedaba antes del anochecer.
Tres horas, tal vez; lo suficiente para dar una vuelta por el puerto, probar su nuevo balandro bajo las velas de proa y sentir su gobierno.
Luego, tras asearse, visitaría a Abigail O’Shea para ofrecerle sus servicios. Si la mujer estaba preocupada por su hermana Lucy y el joven Cahill, era seguro que quisiera zarpar sin demora hacia Yarramundie, y Justin debía estar dispuesto a adaptarse a sus deseos.
Silbando alegre, partió hacia el patio de Simeon Lord. Al enterarse de que Timothy Dawson lo esperaba allí con una petición de servicio firme en nombre de Abigail, se sintió a la vez complacido y decepcionado. Eso lo privaba de la oportunidad de ir a visitarla.
—Iré contigo, muchacho —añadió el rico colono—. Si todo va bien en Yarramundie, podrás desembarcar en mi casa a la vuelta. Hay existencias que entregar y… —Entró en detalles.—¿Cuándo estarás listo para cargar?
Justin consideró la pregunta. Sentía una controlada urgencia en la voz del hombre.
—Deme veinticuatro horas, señor Dawson —dijo—, y estaré a su servicio.
—¿Tienes tripulación?
—Todavía no, señor, pero esta noche encontraré a los hombres que quiero. A uno de ellos. Necesitaré dos.
Dawson asintió satisfecho.
—¡Bien! Lo dejo en tus manos, Justin, pero sin retrasos. Abigail está ansiosa, ¿entiendes?
—Lo entiendo —le aseguró Justin.
Tim Dawson había cambiado desde la trágica muerte de su esposa, pensó.
Se quedó observando la figura alta y algo ventruda que cruzaba el muelle.
No era tanto el envejecimiento. El hombre parecía más distante y ajeno; y, desde luego, menos accesible de lo que había sido unos años atrás.
Justin recordaba con tristeza que, durante un tiempo, Dawson había sido para él el «tío Tim».
Desde su niñez y hasta que su propio padre estuvo de regreso en la colonia para reclamarlo como hijo, había considerado a Dawson como un familiar cercano.
Luego, Henrietta Dawson había levantado una barrera entre los dos; entre todos, más bien, y ante su madre en particular, a quien la mujer despreciaba sin disimulo y con amargura por ser una antigua convicta y una inferior social.
Y, sin embargo… Justin suspiró. El matrimonio había sido la base de la riqueza de Tim Dawson, de su éxito y de la posición que ocupaba en la comunidad.
Sin el dinero y la influencia de su suegro, en ese momento no sería el propietario de tres granjas bien provistas ni poseería una participación en un excelente barco local que comerciaba entre Sídney y Calcuta.
Y, de no ser por aquel matrimonio, aún sería el tío Tim en lugar de aquel formal «señor Dawson».
Al parecer, así era como él prefería que fueran las cosas.
Justin se encogió de hombros. No era que le importara.
Por el amor de Dios, se dijo, a esas alturas, ya debería estar acostumbrado a ese trato.
¿No había sido así toda la vida? Contrariado, volvió a mirar al cielo.
El viejo Cookie Barnes podría estar en una de las tabernas de The Rocks, y, si el Flinders II debía estar listo para zarpar en veinticuatro horas, como le había prometido a Tim Dawson, más le valía ir en busca del hombrecillo antes de que se emborrachara demasiado.
Su barco navegaría mejor con Cookie como tripulante.
Podrían zarpar con las primeras luces del día para familiarizarse con la conducción y luego ir al muelle público de la bahía Cockle a cargar las provisiones.
Poco después, Abigail subiría a bordo. Justin sonreía mientras cruzaba a paso ligero el congestionado patio de Simeon Lord y ponía rumbo a The Rocks.
A bordo de su propio barco, sería como cualquier otro hombre, convicto o libre, reflexionó con orgullo.
Malditos Sus Señorías del Almirantazgo y maldita la comisión de teniente que se habían negado a concederle.
Y al diablo con Tim Dawson si el tipo tenía la tentación de hacerse el fino.
Él era un chico de la moneda, de acuerdo, pero había vencido al padrastro de Jessica, ese cerdo matón, en una lucha que había sido de todo menos justa; y mañana, la hermosa joven a la que durante tanto tiempo había adorado desde lejos estaría un poco más cerca.
Lo bastante, tal vez, para que lo viera como hombre.
Nil mortalibus ardui est, le había dicho Will Wentworth, un poco en burla, un poco como desafío; y le había explicado el significado de la sentencia: «nada hay demasiado arduo para los mortales».
Con ese espíritu, los dos habían cruzado la gran cordillera divisoria de las montañas Azules y vislumbrado las fértiles llanuras más allá de los desfiladeros sin cartografiar y los imponentes picos coronados de rocas.
Justin levantó la cabeza y sonrió aún más cuando dejó atrás la puerta del astillero.
Por supuesto, era de esperar que todo estuviera bien en Yarramundie y que la ansiedad de Abigail por su hermana se disipara al llegar a la granja, pero… Frunció los labios, silbó alegre y aceleró el paso. Hacía mal viento…